lunes, 30 de marzo de 2015

Éticas de la felicidad y de las otras

Se supone, acertadamente, que todo lo bueno que adquirimos y que disponemos tiene un costo, que es la contrapartida necesaria que pagamos por aquello que mucho vale. De ahí que la felicidad, lo que más “cotiza” entre los valores perseguidos por el hombre, habrá de tener también un costo asociado bastante alto, siguiendo la tendencia general del costo proporcional al valor asignado.

El camino que hemos de emprender para llegar a la felicidad ha de ser arduo, aunque no por ello deberá ser sacrificado, es decir, requerirá mucho trabajo intelectual sin que necesariamente deba padecerse un sufrimiento comparable. Esto puede asegurarse por cuanto en el pasado se han puesto a prueba una gran cantidad de métodos de los cuales disponemos sus resultados, por lo que no es necesario ponerlos a prueba nuevamente. Sin embargo, siguen teniendo vigencia tanto los métodos con una buena relación costo-beneficio como aquellos con una pobre relación de ese tipo.

Podemos considerar, en primer lugar, las éticas con beneficios indirectos, como aquella de carácter religioso en la cual la satisfacción no proviene en forma directa de la buena acción realizada, o el sufrimiento de una mala acción, sino que se considera que el Dios que interviene en los acontecimientos humanos ha de considerar las acciones individuales con su incuestionable justicia para distribuir luego el premio o el castigo correspondiente.

Los mandamientos de Moisés consisten esencialmente de prohibiciones; como no matar, no robar, etc. De ahí que desalienten hacer el mal aunque no sugieran explícitamente hacer el bien. Si uno se encierra en una habitación sin establecer comunicación alguna con el resto de la sociedad, cumple los mandamientos estrictamente, ya que no hace el mal a nadie, pero tampoco tiene posibilidades de hacer el bien, al menos en forma directa. De ahí que sean éticamente neutros en un balance entre el bien y el mal realizados.

Los mandamientos de Cristo, especialmente el que sugiere “amar al prójimo como a uno mismo”, apuntan a hacer el bien en forma directa y excluyen la posibilidad de hacer el mal sin necesidad de una posterior recompensa divina. El primer mandamiento, el del amor a Dios, es el vehículo necesario para promover el cumplimiento del posterior mandamiento, que tiene un carácter estrictamente ético.

El amor al prójimo, entendido como la actitud por la cual compartimos las penas y las alegrías ajenas como propias, recompensa con la felicidad inmediata a quienes lo cumplen. Mayor ha de ser la felicidad para quienes la palabra “prójimo” implica personas más allá de su ambiente familiar e incluso social. Cuando se posee tal actitud, la relación costo-beneficio es inmensa. Lo que cuesta bastante trabajo es llegar hasta esa actitud, especialmente para quienes comenzaron con una actitud opuesta a esa tendencia.

Quienes, tratando de cumplir los mandamientos cristianos, no logran un aceptable nivel de felicidad, son aquellos que no lo interpretaron adecuadamente, poniendo en práctica otras actitudes distintas. Incluso algunos “elevan el costo” artificialmente infligiéndose castigos físicos ante la creencia de que un “pago adelantado” les reportará beneficios posteriores. Si bien esto acontece en casos aislados, debe tenerse presente que el cristianismo es una religión para todos los hombres y no sólo para predicadores. Toda creencia, o toda acción, deben ser factibles de realización por parte de cualquiera.

Por lo general, se enfatiza que la carencia de bienes materiales es la principal causa de infelicidad, lo cual puede ser cierto. Sin embargo, no se tiene en cuenta que quien posee bienes materiales suficientes, careciendo de afectos humanos, se encuentra en un estado de pobreza quizás mucho mayor. Esta vez se trata de una pobreza espiritual. La Madre Teresa de Calcuta escribió: “Hay pobres en todas partes, pero la pobreza mayor consiste en no ser amados. Los pobres a quienes hemos de buscar pueden vivir cerca o lejos. Pueden ser pobres materiales o espirituales. Pueden tener hambre de pan o hambre de amistad. Pueden tener necesidad de vestidos o de la sensación de riqueza que representa el amor que Dios les tiene. Pueden necesitar el cobijo de una casa de ladrillo y de cemento o el cobijo de tener un lugar en nuestro corazón” (De “La alegría de darse a los demás”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1995).

Así como existen personas que les cuesta ceder algo de su dinero ante el necesitado, existen muchos que les cuesta ceder una sonrisa o un pequeño gesto que le indique a un desconocido “sé que estás ahí”. Posiblemente tal persona, luego de recibir pequeños gestos de reconocimiento vuelva a su casa un poco mejor que si no los hubiese recibido. Una gota de agua no cambia el nivel del mar, pero el mar no es el mismo de antes.

Cuando un país sufre una severa crisis moral, que tarde o temprano se traducirá en la aparición de muchos pobres, tanto en el sentido espiritual como material, surge la opinión coincidente de que todo ello se solucionará con una mejor “redistribución de las riquezas” o con la creación de bienes materiales abundantes. Si nos atenemos a la “especialista en pobres”, como es el caso de la autora citada, advertimos que coloca en un pie de igualdad a la carencia de afectos como a la carencia de bienes materiales. De ahí que deba encararse la solución de ambos tipos de carencia en forma simultánea.

En cuanto a la prioridad para reiniciar el camino de la recuperación de las personas, puede advertirse que quienes disponen de bienes materiales suficientes, y a veces más que suficientes, pueden carecer de una actitud espiritual adecuada tanto para ser felices como para ayudar a que otros lo sean, ya que no tienen una clara orientación en la vida. Al carecer de tales valores, tampoco podrán dar bienes materiales a quienes los necesiten, aunque a ellos les sobre. De ahí que aparece como prioritaria la adquisición de valores morales como el primer requisito para la salida de toda crisis moral y material. “Es necesario que comprendamos a los pobres porque no sólo existe la pobreza material sino también la pobreza espiritual, más dura y profunda, que anida hasta en el corazón de los hombres más llenos de riquezas”.

Por lo general, uno se “asusta” al conocer la labor realizada por la Madre Teresa de Calcula ya que no todos estamos dispuestos a abandonar nuestra vida confortable para emprender una tarea semejante. Sin embargo, para que las cosas mejoren notablemente, podrán lograrse importantes mejoras en toda la sociedad cuando, sin abandonar muestra vida actual, intentemos orientarnos en la dirección señalada por la monja católica. “Es fácil amar a los que viven lejos. No siempre lo es amar a quienes viven a nuestro lado. Es más fácil ofrecer un plato de arroz para saciar el hambre de un necesitado que confortar la soledad y la angustia de alguien que no se siente amado dentro del hogar que con él mismo compartimos”.

Adviértase que cada acción que beneficia a alguien al menos un poco, nos beneficia también a nosotros en forma simultánea, ya que existe en el ámbito de las interacciones sociales una especie de ley de acción y reacción similar a la vigente en la mecánica. Debemos ayudar a los demás mientras uno sea feliz al hacerlo, porque de esa manera buscaremos la continuidad de nuestra tarea. Cuando aparecen los primeros síntomas de sacrificio, es un indicio de que se termina el amor, y tarde o temprano, finalizará la ayuda. “Si hoy se da una cierta crisis de credibilidad con respecto a organizaciones católicas o de inspiración católica, las causas quizá puedan localizarse en falta de celo y en las motivaciones que tienen que servir de base para el deseo de construir un mundo caritativo. En tanto el amor y la piedad no dejen de informar el trabajo de caridad, ninguna obra fracasará jamás por dificultades económicas o financieras. Por el contrario, apenas se pierda este empuje de amor y piedad, todo trabajo está destinado a sucumbir”.

Además de la poca eficacia que los predicadores cristianos tienen en la difusión religiosa, debido principalmente a la competencia de la publicidad comercial que ofrece al hombre una gran variedad de opciones para mejorar su nivel de felicidad más allá de las pequeñas acciones cotidianas destinadas a los demás, aparecen las ideologías de izquierda que combaten intensamente los dos pilares que tienden a disminuir tanto la pobreza espiritual como la material, tales los ataques al cristianismo y al capitalismo.

El marxismo siempre ha combatido al cristianismo por cuanto, según aducen sus difusores, la religión es un engaño promovido por los capitalistas para explotar de manera más efectiva a los pobres. Pretenden incluso reemplazar la actitud del amor por el altruismo socialista, el cual implica sacrificarse por los demás trabajando arduamente para compensar el trabajo deficitario de quien no puede o no quiere hacerlo. La vida, y el trabajo socialista, sin motivaciones individuales (excepto por el reconocimiento de los lideres políticos) pronto pierde todo interés y valor, de donde provienen los pobres resultados obtenidos por el socialismo.

También el marxismo combate al capitalismo, o economía de mercado, promoviendo de esa manera la pobreza material, ya que se trata de prescindir nada menos que de la actividad empresarial privada. Una sociedad en la que falten empresarios, competencia entre los mismos, creatividad e innovación, nunca logrará buenos resultados. Si bien la economía de mercado por si sola no puede producir milagros, al menos es un marco o ámbito que permite que las acciones de los hombres logren el mejor rendimiento.

La mayoría reclama que sea redistribuida la riqueza poseída por productores y empresarios, pero pocas veces reclama que sea repartida la riqueza mal habida de políticos que utilizan al Estado para enriquecerse a través del robo legalizado por leyes humanas, pero no así por las leyes naturales que contemplan la moralidad de las acciones.

El populismo emergente de las ideologías totalitarias favorece el derroche y la vagancia generalizada, desalentando la inversión, ya que los medios económicos para ese fin han ido a parar previamente al Estado para financiar tanto la corrupción como el pseudo-trabajo con utilidad nula, favoreciendo mayores niveles de pobreza.

La persona decente se preocupa tanto del que sufre por carecer de alimentos como del que sufre por carecer de afectos. El hipócrita, por el contrario, finge sufrir por los pobres por cuanto éstos ocupan un lugar inferior en la escala de valores comúnmente aceptada, mientras que es indiferente al sufrimiento del rico, que ocupa un lugar superior en tal escala. Incluso promueve la sublevación de los pobres en contra de los ricos, ya que el odio y la envidia orientan sus acciones.

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