lunes, 30 de marzo de 2015

Amor vs. altruismo

La vinculación de un individuo con la sociedad a la que pertenece, presenta dos casos extremos (además de otros intermedios). En el primer caso, esa persona podrá sentirse “cabeza de ratón”, es decir, preferirá ser un individuo diferenciado de los demás, vinculado mediante una actitud cooperativa, sin caer nunca en una postura masificada y siendo poco adepto a formar parte de subgrupos de esa sociedad. En el segundo caso, una persona preferirá sentirse “cola de león”, es decir, elegirá perder su individualidad optando por sentirse una minúscula parte de un conjunto masificado de personas, bajo una actitud parcialmente cooperativa y parcialmente competitiva.

En el primer caso tenemos al individuo que se identifica con la actitud del amor y por ello trata de compartir las penas y las alegrías de quienes le rodean, ya sea que formen parte de la sociedad en que vive o bien que formen parte de la humanidad toda. En el segundo caso tenemos el habitante de una sociedad conflictiva en la cual trata de colaborar con los integrantes de su propio grupo, pero en actitud hostil hacia los restantes componentes de la sociedad tanto como hacia los habitantes de otros países.

Mientras que el amor es una actitud que surge en el proceso de la evolución biológica, como una mejora adaptativa orientada principalmente a promover la actitud cooperativa en los pequeños grupos humanos, el amor cristiano, por el cual se sugiere generalizar tal actitud a todo el género humano, es la mejora más importante que podremos lograr dentro del marco de la evolución cultural de la humanidad.

En cambio, el altruismo se ha promovido en las naciones totalitarias para ser adoptado en beneficio principalmente de los políticos que dirigen al Estado, mientras que, simultáneamente, se predicaba el odio hacia los sectores rebeldes como así también hacia países democráticos. También el altruismo fue (o es) promovido por sectas religiosas que proponen sacrificarse por los miembros adherentes mientras que en forma simultánea promueven el desprecio o la indiferencia hacia los considerados “infieles”.

La palabra “altruismo” deriva de la palabra latina “alter” (otro), quien ha de ser el destinatario prioritario de nuestras decisiones favorables; de ahí que podríamos hablar de “otroísmo”, o mejor, de “altruismo”. Nótese que se trata de una actitud distinta del amor (de lo contrario estaríamos hablando simplemente de tal actitud). Mientras que en el amor existe un beneficio simultáneo entre ambas partes intervinientes, siendo éste un beneficio afectivo, en el altruismo se sostiene que uno debe hacer el bien al otro aun a costa de un malestar o sufrimiento propio.

Al compartir las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias, trataremos de que le ocurra lo bueno a la persona amada, para compartir ese éxito, mientras que trataremos de evitarle lo malo, para no compartir el sufrimiento. De ahí que siempre estaremos dispuestos a favorecer el Bien de los demás y a desalentar las acciones que llevan al Mal. Por el contrario, si beneficiar a alguien nos ocasiona cierto sufrimiento, o indiferencia, se advierte que no existe el amor en grado suficiente. Demás está decir que tendremos poca predisposición a favorecer el Bien y evitar el Mal, por cuanto no compartiremos sus efectos. Nicolás Berdiaev escribió: “Se habla de altruismo cuando el amor se enfría y muere” (De “El sentido de la Creación”-Ediciones Lohlé SA-Buenos Aires 1978).

La palabra “altruismo” aparece primeramente en los escritos de Auguste Comte, quien trató de promover una actitud opuesta al egoísmo en la búsqueda de una ética social, que trascendiera la ética egoísta prevaleciente a nivel familiar y personal. Sin embargo, no tuvo presente que en el “Amarás al prójimo como a ti mismo” ya viene expresada en forma explícita tanto la moral individual como la social, que es otra forma de decir que en realidad existe una sola actitud ética en el individuo, al menos predominante sobre otras actitudes. Auguste Comte escribió: “Las afecciones domésticas se convierten en los únicos intermediarios espontáneos entre el egoísmo y el altruismo, de modo que proporcionan la base esencial del gran problema humano. A partir de ahí, su verdadero perfeccionamiento debe consistir, en general, en convertirse cada vez en más sociales y menos personales, sin perder nada de su intensidad” (Citado en “Diccionario del lenguaje filosófico”-Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).

El error (o la omisión) de Comte se debió, posiblemente, a no saber interpretar adecuadamente el significado del mandamiento cristiano mencionado. Y esto se debe a que, por lo general, a cada expresión bíblica se la rodea de misterios y de complejidades que la hacen ininteligible e impracticable. Además, quienes se propongan aclarar o simplificar tales significados, posiblemente serán considerados como sacrílegos o herejes. Afortunadamente disponemos de la definición del amor enunciada en el siglo XVII por Baruch de Spinoza: “El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada” (De “Ética”-Fondo de Cultura Económica-México 1985).

Podría decirse que el altruismo es un anti-egoísmo ya que la actitud egoísta implica beneficiarse uno mismo sin interesarle los demás, mientras que el anti-egoísmo implica beneficiar a los demás sin interesarse por uno mismo. La actitud egoísta es la causa de muchos males, mientras que el altruismo es en realidad un absurdo. El beneficiario del sacrificio ajeno, no se sentirá bien por esa situación, ya que está permitiendo el malestar de otro. Por ello, a la larga, el altruismo no resulta conveniente.

La puesta en práctica del altruismo, en gran escala, estuvo asociada al marxismo, bajo regímenes socialistas. El lema básico del socialismo es: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad” (Louis Blanc). Ello implica que cada uno debe esforzarse en el propio trabajo para compensar el trabajo deficiente, o nulo, de quienes no pueden o no quieren hacerlo. Luego, si las necesidades básicas serán similares en las distintas personas, vendrá la distribución igualitaria. Se debe sembrar en forma desigual para que, mediante el altruismo, la cosecha se reparta en forma igualitaria. Mariano Grondona escribió: “De esta manera, los que rinden más pueden recibir menos si su necesidad es menor; a la inversa, los que rinden menos pueden recibir más si lo necesitan. Aquí, en esta norma de contenido ético, está la esencia del socialismo” (De “Las condiciones culturales del desarrollo económico”-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1999).

Debido a que en la naturaleza humana no existe una actitud natural como el altruismo, a la corta o a la larga, no será aceptado por una sociedad real. Como son muy escasas las personas que habrán de organizar una empresa, por ejemplo, para, luego, compartir sus beneficios gustosamente con individuos que hicieron muy poco, o nada, para establecerla, la actividad productiva tenderá a caer severamente y será necesaria la amenaza de las armas para que la población trabaje en un nivel aceptable. Andrei D. Sajarov escribe respecto de la ex Unión Soviética: “Sin duda, ni nuestro rendimiento de la producción es el mayor del mundo, ni puede esperar alcanzar en lo inmediato los coeficientes que a este respecto ostentan los países capitalistas adelantados. La nuestra es una economía permanentemente militarizada a un nivel inverosímil en tiempos de paz, que resulta opresiva para la población y peligrosa para el resto del mundo” (De “Mi país y el mundo”-Editorial Noguer SA-Barcelona 1976).

Muchas fueron las victimas producidas bajo los intentos de cambiar la naturaleza humana por la “naturaleza artificial” propuesta por el marxismo. Recordemos que Marx había escrito que “los filósofos hasta ahora han interpretado la naturaleza; desde ahora debemos transformarla”. Andrei D. Sajarov escribió: “Apagados los hornos de Auschwitz, millares de criaturas, sin embargo, dejaban a diario sus vidas en las gélidas minas de Kolima, de Norilsk y de Vorkuta, no menos que en las incontables brigadas estalinistas «de la muerte» (mano de obra procedente de los presidios y destinada a la realización de grandes proyectos públicos). En esos instantes, las víctimas del Gulag alcanzaban ya la espantosa cifra de veinte millones”.

Pareciera que el marxismo predicara una “ética superior” a la cristiana, ya que el altruismo equivale a proponer “amar al prójimo más que a uno mismo”. Sin embargo, para llegar al socialismo, el marxismo sugiere primeramente la eliminación de la clase social incorrecta (la burguesía, o el empresariado) inculcando el odio colectivo. Supone que el individuo habrá de pasar, casi por arte de magia y luego de la revolución, desde el odio intenso hacia una actitud en la cual habrá de amar al prójimo más que a sí mismo.

El altruismo es utilizado en los regímenes colectivistas como un justificativo para que el habitante común se sacrifique, sin protestar, por el Estado (concretamente por quienes dirigen al Estado). No es de extrañar que se realice una generalizada explotación laboral por parte del Estado hacia los trabajadores comunes. Sin embargo, como “el Estado es de todos” no lo consideran de esa manera. Hilda Molina, médica cubana, escribe sobre su país: “Los bribones jefes de la región y de la provincia, integrantes de la elite de poder y también adictos al acoso sexual, se movían con prepotencia en sus jeeps soviéticos impartiendo órdenes y exigiéndonos a nosotros, sus esclavos, más productividad y mayores sacrificios. Una vez finalizada su cotidiana payasada, nos abandonaban a nuestra suerte y marchaban a sus hogares donde, sin que les temblaran las conciencias, comían y dormían cómodamente junto a sus familias”. “Resulta absolutamente imposible lograr un mínimo de paz y de sosiego en un tormentoso ambiente de odio, de ese odio sempiterno que es precisamente la base de sustentación de los regimenes totalitarios” (De “Mi verdad”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2010).

Muchas penurias pasaron los soldados de Napoleón en el verano de Egipto y en el invierno de Rusia, y todo por dar cumplimiento a las ilimitadas ambiciones de poder de un personaje siniestro e irresponsable. También bajo los sistemas totalitarios del siglo XX la vida del individuo era considerada sólo como un engranaje que podía ser reemplazado sin inconvenientes por cualquier otro y cuya importancia residía solamente en ser una pequeña parte de una máquina completa. Para llegar a esa situación, el individuo masificado debía estar convencido previamente que poco importaba perder la vida como tampoco importaba la vida de quienes se oponían a esos objetivos.

La enajenación mental (alienación) del individuo, respecto del mundo real, resulta ser el primer objetivo que se impone el ideólogo totalitario. Hilda Molina escribió: “Porque sólo después de un largo y agónico proceso de maduración y al cabo de múltiples horas de análisis y meditación, yo comencé a conocer la maléfica naturaleza de ese régimen. Hasta entonces permanecí inerme frente al enajenante, prolongado y minucioso proceso de manipulación sentimental, de inoculación de terror y de chantaje psicológico al que han sometido al pueblo cubano, y que ha transformado en marionetas a millones de seres pensantes”

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