lunes, 30 de marzo de 2015

Las neuronas espejo

El descubrimiento de ciertas neuronas, denominadas espejo, abre la posibilidad de describir aspectos básicos de nuestra conducta, como es el caso de la empatía. Luego, como la empatía resulta esencial en nuestro comportamiento social, será posible fundamentar una ética objetiva a partir del nivel neurológico y comprender en forma detallada las actitudes básicas del hombre para permitirnos finalmente establecer cierta introspección psicológica que nos hará plenamente conscientes de nuestra naturaleza humana.

Por lo general, se tiende a describir lo desconocido en base a lo conocido. De ahí que se haya creído que nuestro sistema nervioso actúe en forma similar a un sistema de control automático en el cual se distinguen claramente los sensores de los actuadores y de la unidad de control, la que procesa la información y toma decisiones. Como ejemplo podemos mencionar el caso de una casa inteligente, es decir, una vivienda en la cual se han aplicado las técnicas de la domótica (control doméstico). Si se ubica en el jardín de la casa un sensor de humedad, cuando detecta que el pasto está seco, transmitirá esa información a una computadora ubicada en el interior de la vivienda. Luego, la computadora enviará una señal codificada eléctricamente a una electroválvula que se abrirá para permitir el riego del jardín. El sensor informará luego a la computadora cuándo debe finalizar la operación.

Como el sistema nervioso central del ser humano tiene neuronas sensoras y también neuronas motoras, se pensaba que los procesos vinculados con el cerebro humano habrían de realizarse a través de un principio similar. Recordemos que las neuronas admiten dos estados bien definidos: activas o inactivas, como si se tratase de una lámpara que admite dos estados definidos; encendida o apagada. Las modernas técnicas de investigación utilizadas en neurociencia pueden detectar el estado en que se encuentra una neurona particular y la zona del cerebro en donde está ubicada. Marco Iacoboni escribió:

“En la década de 1980, los neurocientíficos enarbolaban el paradigma que sostenía que las diversas funciones del cerebro –de los macacos o de los seres humanos- estaban confinadas en compartimientos estancos. En virtud de tal paradigma, la percepción (ver objetos, oír sonidos y demás) y el movimiento (alcanzar un alimento, asirlo, colocarlo en la boca) van por caminos totalmente separados e independientes entre sí. Existe una tercera función, la cognición, que está un poco «en el medio» de la percepción y del movimiento, y que nos permite planificar y seleccionar nuestro comportamiento motor, prestar atención a cosas específicas que nos atañen, no prestarla a cuestiones foráneas a nuestros intereses, recordar nombres y hechos, entre otras”. “En vez de ello, aplicaron a la investigación un enfoque fresco, abierto, al que denomino fenomenología neurofisiológica. Esta nueva actitud fue el único medio de reconocer que la percepción y la acción constituyen un proceso unificado en el cerebro”.

Las neuronas espejo fueron descubiertas accidentalmente cuando un grupo de investigadores, en Parma, Italia, estudiaban el comportamiento cerebral de ciertos monos. Un día ocurrió algo imprevisto, ya que se advirtió que algunas neuronas de un animal se activaban cuando éste realizaba un movimiento (algo normal), pero también se activaban cuando observaban un movimiento similar realizado por otro individuo (animal o persona). Era un indicio de que una misma neurona actuaba como “sensor” y como “actuador”, o como neurona sensora y motora a la vez. En cuanto al momento del descubrimiento, el citado autor escribe:

“Vittorio Gallese caminaba por el laboratorio durante una pausa del experimento. Había un mono sentado, tranquilo, en la silla, esperando que se le asignara la próxima tarea. De pronto, justo cuando Vittorio tomó algo con la mano –no recuerda qué- oyó una descarga de actividad en la computadora que estaba conectada a los electrodos implantados por vía quirúrgica en el cerebro del mono. Al oído inexperto, tal descarga le hubiera sonado similar a la estática; al oído de un neurocientífico avezado, señaló una activación de la célula pertinente del área F5. De inmediato, Vittorio creyó que la reacción era inusitada. El mono estaba sentado, quieto, sin pretender asir nada, y, sin embargo, esta neurona vinculada con el acto prensil se había activado”.

“Ni ellos ni ningún neurocientífico del mundo podría haber imaginado que las neuronas motoras se activan sólo ante la percepción de las acciones que realiza otra persona, sin que medie ningún movimiento. A la luz del conocimiento y de la teoría del momento, ello no revestía sentido alguno. Las células del cerebro del mono que envían señales a otras células que están conectadas anatómicamente a los músculos no tienen por qué activarse cuando el mono está en perfecto reposo, las manos en el regazo, observando qué hace otra persona. Y sin embargo, se activaron”.

“Veinte años después de aquel registro del laboratorio, una gran cantidad de experimentos bien controlados que se realizaron con monos y luego con humanos (en su mayoría, distintos tipos de experimentos, sin insertar agujas en el cráneo) confirmó el notorio fenómeno. El simple hecho de que un subconjunto de las células del cerebro –las neuronas espejo- se activen cuando una persona patea una pelota, ve que alguien patea una pelota, oye que alguien patea una pelota, y aun cuando sólo pronuncia u oye la palabra «patear», conlleva consecuencias asombrosas y nuevos modos de comprensión”.

“Durante siglos, los filósofos quedaron perplejos ante la capacidad que tienen los seres humanos para entenderse. Su perplejidad era razonable: no contaban con casi ningún elemento científico en el que apoyarse. En los últimos 150 años, los psicólogos, los científicos cognitivos y los neurocientíficos sí contaron con ayuda de la ciencia –y en los últimos cincuenta años, con muchísimos aportes científicos- y durante mucho tiempo no salían de su asombro. Nadie podía comenzar a explicar cuál es el mecanismo por el que sabemos qué hacen, piensan y sienten los demás”.

“Ahora sí podemos. Existen ciertos grupos de células especiales en el cerebro denominadas neuronas espejo que nos permiten lograr entender a los demás: algo muy sutil. Estas células son los diminutos milagros gracias a los cuales atravesamos el día. Son el núcleo del modo en que vivimos la vida. Nos vinculan entre nosotros, desde el punto de vista mental y emocional”. “Hace unos años, un investigador sugirió que el descubrimiento de las neuronas espejo prometía hacer por la neurociencia lo que el descubrimiento del ADN hizo por la biología. Es una aseveración muy osada, ya que, en esencia, todo en biología nos retrotrae al ADN. De acá a varias décadas, ¿todo en la neurociencia se considerará originado en las neuronas espejo?” (De “Las neuronas espejo”-Katz Editores-Buenos Aires 2008).

La importancia que tal descubrimiento implica en psicología es que permite fundamentar el fenómeno básico del comportamiento humano: la inducción, o cambio, de la personalidad. De ahí que la psicología general podría también denominarse psicología del cambio, considerando al resto como distintas derivaciones o especializaciones. “Con el nombre de «inducción de la personalidad» podemos denominar al cambio momentáneo que se produce en una persona ante la presencia o la referencia de otra. Este fenómeno psicológico es el fenómeno fundamental en el comportamiento humano. Cuando conversan dos personas, o aún cuando se miran fugazmente, existe en ellas un cambio en su estado de ánimo. El cambio puede ser ínfimo, o puede gradualmente llegar a ser grande. Este cambio depende de las circunstancias y de las personas que interactúan. El cambio en una persona depende de su capacidad para cambiar de actitud; a esto podemos llamarle sensibilidad. Además, depende de la persona que le produce el cambio”. “La inducción de la personalidad es un fenómeno momentáneo, pero debido a que tenemos memoria, se convierte en permanente. De ahí su gran importancia” (De “Una opinión sobre el mundo” (Teoría psicológica)-Pompilio Zigrino-Mendoza 1978).

La importancia señalada radica, además, en que un posible proceso introspectivo se establecerá a partir de la determinación del cambio que producimos en los demás y del que los demás producen en uno. Si advertimos cambios negativos, debemos tratar de que sean neutros en una primera etapa y positivos en una etapa posterior. “Si nos encontramos con una persona egoísta, nos sentiremos incómodos ante la indiferencia. Y esto puede hacer que centralicemos la conversación en nosotros mismos. El egoísta contagiará un poco de su egoísmo a los demás, y es posible que vea a todos como si fueran egoístas”.

La base de la ética natural es la actitud cooperativa por la cual compartimos las penas y las alegrías ajenas, implicando un cambio en uno mismo ocasionado por la influencia o la referencia de otra persona. Todo cambio, según se ha visto, tiene como fundamento neurológico a las neuronas espejo. De ahí que tengan una cercana vinculación con la ética natural.

La comunicación de las emociones se establece a través del lenguaje gestual. Sir Arthur Conan Doyle escribió: “Los rasgos le son dados al hombre como medio a través del cual expresa sus emociones”. Por su parte, Marco Iacoboni agrega: “Las áreas con neuronas espejo nos ayudan a entender las emociones de los demás mediante alguna forma de imitación interna. De acuerdo con esta «hipótesis de la empatía a través de las neuronas espejo», dichas neuronas se activan cuando vemos a los demás expresar sus emociones, tal como si nosotros estuviéramos haciendo las expresiones faciales que vemos. Mediante esta activación, las neuronas también envían señales a los centros cerebrales de la emoción que se encuentran en el sistema límbico para hacernos sentir lo mismo que los otros”.

“En su famoso cuento «La carta robada», Edgar Allan Poe escribe, a través de las palabras del protagonista C. August Dupin: «Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen de mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara». ¡Cuanta presciencia! Poe no podía haber elegido una mejor manera de penetrar en la vida interna de sus personajes. Sin embargo, no fue el único. En la literatura científica sobre las emociones, la teoría de que la experiencia emocional cobra forma mediante los cambios de la musculatura facial –la «hipótesis de la retroalimentación facial»- tiene muchos antecedentes”.

Todo proceso que integra nuestro organismo, en su momento fue incorporado como una ventaja evolutiva, de donde surge el interrogante de cuál es el objetivo aparente de tal ventaja. En el caso de las neuronas espejo, George Lakoff escribió: “Llegamos al mundo con las conexiones necesarias para la empatía y la colaboración [o cooperación], y la evolución nos preparó para cuidar, no sólo para competir. Entendemos la evolución como la supervivencia de los mejores cuidadores y de los mejores cuidados”.

Amor y empatía

La empatía es una respuesta emocional, considerada por los psicólogos sociales, mientras que el amor es una respuesta sugerida inicialmente por la religión. Si la empatía se define como la capacidad para compartir el sufrimiento de otras personas, el amor es la capacidad para compartir tanto el sufrimiento como las alegrías de los demás, por lo que se trata de la misma actitud. Michael A. Hogg y Graham M. Vaughan escribieron: “La empatía es una respuesta emocional al sufrimiento de otra persona, una reacción al ser testigo de un evento perturbador. Es la capacidad de identificarnos con las experiencias de otra persona, especialmente con sus sentimientos” (De “Psicología Social”-Editorial Médica Panamericana SA-Madrid 2010).

La definición del amor aparece en forma explícita en los escritos de Baruch de Spinoza en el siglo XVII: “El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza: y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada”. Siguiendo el retroceso en el tiempo, llegamos a uno de los mandamientos de Cristo: “Amarás al prójimo como a ti mismo”, expresión que, para ser compatible con la definición anterior, implica “compartir las penas y las alegrías de los demás como propias”.

A partir de la empatía podemos definir la empatía negativa, que implica alegrarse del sufrimiento ajeno, estando el odio vinculado a tal actitud. Baruch de Spinoza escribió: “El que imagina que aquello a que tiene odio está afectado de tristeza, se alegrará; si, por el contrario, lo imagina afectado de alegría, se entristecerá; y uno y otro afecto será mayor o menor según mayor o menor el afecto contrario sea en aquello a que tiene odio” (De “Ética”-Fondo de Cultura Económica-México 1984).

A partir de estas actitudes es posible definir una ética natural objetiva e, incluso, una escala de valores objetiva. Así, los mejores serán los que posean una elevada capacidad para amar, mientras que los peores tendrán una elevada capacidad para odiar. Luego, el amor y el odio, junto al egoísmo y a la indiferencia, completan las cuatro actitudes básicas del hombre.

Los mandamientos de Cristo aparecen también en el Antiguo Testamento, aunque no tienen la relevancia que se les da en los Evangelios, algo similar a lo que ocurre con el amor y la empatía en los libros de psicología. Indagando en otras religiones, encontramos que el amor aparece en la tradición budista y confucionista. Daisaku Ikeda escribió al respecto:

“El concepto budista de jihi da al amor un valor sustancial. Su significado –un profundo sentimiento de benevolencia y empatía- se define, literalmente, como eliminar el sufrimiento de los demás e infundirles felicidad (bakku yoraku)”. “La palabra bakku significa erradicar la causa del sufrimiento oculto en las profundidades de la vida humana. Bakku comienza siendo una corriente de empatía (doku), es decir, sentir el dolor de otro semejante como si fuese el propio pesar, y querer aliviarlo. Sin la vivencia del doku, no habría acciones concretas inspiradas en el deseo de paliar la angustia ajena. Doku requiere de sutil inteligencia y de imaginación, pues, para sentir el dolor de otra persona, hay que ser capaz de crear un lazo emotivo con el prójimo e imaginar su penosa situación, identificándose con ella, poniéndose exactamente en su lugar…Las personas de escasa inteligencia son indiferentes al sufrimiento de otros seres”.

“Doku es la base sobre la cual se desarrolló la vida comunitaria que caracteriza al ser humano. La convivencia grupal cooperativa es común en el mundo de los seres vivos, pero el ser humano es el único que conserva una fuerte individualidad, al mismo tiempo que preserva el grupo en atención a las necesidades de la vida cotidiana. El hombre puede hacerlo, porque percibe el sufrimiento de sus semejantes y comprende que el grupo es una estructura de protección. Pero el sentimiento de doku no debe convertirse en lástima o en mero consuelo, desprovisto de acción. Por eso hay que ir de la empatía (doku) a la eliminación activa de la causa que genera el sufrimiento (bakku)”. “¿Por qué motivo sigue habiendo tantos conflictos y guerras sangrientas, pese a que las grandes religiones del mundo predican el amor en todas las latitudes? Sin duda, no será porque el amor es más débil que el odio. La verdadera razón es que al amor no se le ha dado una expresión práctica, fiel a la naturaleza; se lo mantuvo en el plano de la mera abstracción. Por ese motivo, el odio sacó tanta ventaja” (De “Elige la vida” de Arnold J. Toynbee y Daisaku Ikeda-Emecé Editores SA-Buenos Aires 2005).

En cuanto al confucionismo, el citado autor expresa: “En la historia de la filosofía china, se produjo una polémica en torno de la jerarquía de las distintas formas de amar. El filósofo confuciano Mencio, citando palabras del propio Confucio para convalidar su punto de vista, sostuvo que el amor debía ser distribuido de manera desigual y distintiva; así pues, el amor a los miembros de la propia familia debía estar por encima del amor a los desconocidos y extranjeros. En esta controversia, el antagonista de Mencio era Mo Tzu, para quien el amor del ser humano debía asignarse imparcialmente a todos los individuos y semejantes. Éste es uno de los eternos problemas éticos y sociales de la existencia humana”.

“Las perspectivas de Confucio y Mo Tzu difieren, dado que uno propugna jerarquizar el amor y poner en la cúspide el sentimiento familiar, por sobre cualquier otro tipo de afectividad, y el otro propone un amor universal, dirigido a todas las personas con la misma intensidad con que el individuo se ama a sí mismo. No obstante, tiene usted razón [se refiere a Toynbee] al decir que la sociedad moderna necesita imperiosamente de ambas clases de amor benevolente. En muchos casos, la falta de amor es dolorosamente visible; es común ver personas que no aman a sus padres o a sus hermanos. Y hasta hay padres que no sienten afecto por sus hijos. Esta carencia suele verse reflejada en la conducta de personas que llegan a suicidarse, por considerar su propia vida con profundo menosprecio. ¿De qué sirve la máxima de amarnos como al prójimo, cuando hay personas dispuestas a acabar con su vida por tener el corazón lleno de odio hacia sí mismas?”.

“En lo que respecta a las condiciones internacionales, coincido en que el amor universal de Mo Tzu es absolutamente pertinente en nuestro mundo, tan socavado por el odio, los prejuicios y la incomprensión. Las ideas de Mo Tzu armonizan muy bien con los ideales de la abolición bélica. Su exhortación a que la humanidad abandone los propósitos egoístas y busque metas más altruistas conduce directamente al tipo de política exterior que las grandes potencias harían muy bien en adoptar”.

La postura de Mo Tzu coincide con el mandamiento cristiano del amor al prójimo, el cual debe considerarse como una dirección hacia la cual debemos apuntar sin ser una meta concreta, dada la dificultad que ello conlleva. Arnold J. Toynbee escribe al respecto: “La propuesta confuciana de jerarquizar el amor en círculos concéntricos, de intensidad decreciente, es más afín a la naturaleza humana que el planteo de Mo Tzu, referido al imperativo del amor universal. Cada ser humano sabe, por propia experiencia, que es más fácil amar a los seres cercanos y conocidos que a personas extrañas. Así y todo, la necesidad más acuciante de nuestra época es, precisamente, poner en práctica este mandato ético tan difícil de amar a los desconocidos y de traducir este amor universal en actitudes y conductas cotidianas. Incluso el confucionismo dice que nuestro amor debe ser de alcance universal, aun cuando, en el anillo exterior de la jerarquía concéntrica, sea legítimamente menos intenso que en el núcleo. En este aspecto, el confucionismo adquiere semejanzas con el pensamiento de Mo Tzu”.

“El «motzuismo» es más difícil de poner en práctica que el confucionismo. Pero creo que es Mo Tzu, y no Confucio, el filósofo cuya enseñanza resulta más imprescindible para nosotros en la época actual. En el extremo occidental del Viejo Mundo, Zenón, el fundador de la escuela estoica de pensamiento griego, enseñó que el hombre era ciudadano del universo. En cierta forma, Zenón fue un «motzuista», sin saber que había tenido un predecesor entre los filósofos del Lejano Oriente”.

Si bien se ha logrado un progreso evidente al definir con precisión la meta ética que debemos alcanzar, es imprescindible transmitirla sin agregados y sin oscurecerla con diversos misterios, como ha ocurrido con frecuencia. De esa manera se habrá podido establecer un vínculo entre religiones y entre ciencia y religión. Así, el amor no sólo ha de ser el vínculo entre los distintos seres humanos, sino también entre sus instituciones más importantes. “Amor es la sensación de dolor/que siento al saber/que algo te hace sufrir.”. “Amor es el inmenso placer/que siento al saber/que la felicidad a ti volverá” (De “Una opinión sobre el mundo”-Pompilio Zigrino-Mendoza 1978).

Es de esperar que, a partir de las intensas investigaciones realizadas en el ámbito de las neurociencias, en poco tiempo el amor y la empatía sean entendidos en sus aspectos básicos. Tal conocimiento podrá ser accesible al ciudadano común sin la necesidad de una intermediación religiosa, ya que, desgraciadamente, disponiendo de información muy precisa e importante, las distintas religiones han tenido la triste “habilidad” de sembrar disputas y divisiones en una forma totalmente opuesta a su tarea esencial. Ello no implica el fin de las religiones, sino el umbral de una nueva etapa en la que se resolverá gran parte de los problemas que aquejan a la humanidad. Marco Iacoboni escribió: “La imitación y la sincronía son el adhesivo que nos une. De allí, la aseveración que formulé con toda confianza de que las neuronas espejo son esenciales para la necesidad que tenemos los humanos de encuadrar lo más armónicamente en nuestro contexto social”. “Las necesitamos. Nos permiten reconocer las acciones de otras personas, imitar a otras personas, entender sus intenciones y sentimientos” (De “Las neuronas espejo”-Katz Editores-Buenos Aires 2010).

Puede reproducirse la secuencia básica que va desde el descubrimiento de la empatía (fenómeno natural o biológico) y del amor (fenómeno cultural derivado de la empatía), ignorando involuntariamente algunos descubrimientos no conocidos por el autor:

1- Antiguo Testamento
2- Confucio
3- Buda
4- Cristo
5- Baruch de Spinoza
6- Psicología Social
7- Neurociencias

Seguramente surgirán opiniones descalificadoras ante la presunta quita de valor de la vida y el ejemplo de Cristo. Sin embargo, debe tenerse presente que debemos contemplar la religión en función del destinatario y no de los emisores de la información. De ahí que debemos considerar como un hecho positivo que se corroboren y fortalezcan distintas visiones religiosas, aunque sea parcialmente. En forma de “protesta”, Giovanni Papini escribió: “En el Budismo el amor del hombre al hombre no es más que un ejercicio saludable para desarraigar totalmente el amor a sí mismo, el primero y más fuerte sostén de la existencia. Buda quiere suprimir el dolor, y para suprimir el dolor no encuentra otro medio mejor que sumergir las almas personales en el alma universal, en el nirvana, en la nada. El budista no ama al hermano por amor al hermano, sino por amor a sí mismo, es decir, para apartar el dolor, para vencer el egoísmo, para encaminarse al aniquilamiento. Su amor universal es frío, interesado, egoísta: una forma de la indiferencia estoica tanto en presencia del dolor como de la alegría” (De “Historia de Cristo”-Ediciones del Peregrino-Rosario 1984)

Ideología para el siglo XXI

En cualquier época, el hombre necesita información para poder adaptarse al medio que habita. Entre toda la información que debe disponer, se encuentra aquella que le ha de permitir establecer un sentido para su vida. Durante gran parte de la historia, la religión bastaba para satisfacer este requisito. En la actualidad, las distintas religiones resultan insuficientes para ese fin, por lo que resulta imprescindible encontrar una ideología de adaptación que resulte accesible al hombre de nuestra época.

Para la elaboración de una ideología de adaptación, se ha de recurrir, entre otras, a las ideas que en épocas pasadas dieron buenos resultados, sólo que deberá encontrarse un “vehículo” distinto a los utilizados en el pasado y que sea capaz de permitir una difusión generalizada. En nuestro caso, a la palabra “ideología” se la ha de asociar a la “ciencia de las ideas”, como una síntesis de información lógicamente coherente y compatible con la realidad.

Deberán considerarse ciertos requisitos básicos que responderán a un sentido eminentemente práctico. Una ideología del siglo XXI debe incorporar la mayor parte de los conocimientos logrados por la ciencia experimental, para tomarlos como punto de partida hacia el establecimiento de una ética natural, y objetiva, que sea independiente de las distintas posturas filosóficas y religiosas adoptadas individualmente. Los aspectos básicos considerados no sólo serán el origen de una perspectiva general, sino que constituirán exigencias que deberá cumplir toda ética de validez universal:

1- Complejidad creciente: Asociada a la Ley cósmica de Complejidad-Consciencia, ha sido descripta por Joël de Rosnay de la siguiente forma: “Pierre Teilhard de Chardin sostiene que la materia del universo está organizada en una larga cadena de complejidad creciente. La cadena comienza en las partículas elementales, sigue con los átomos, las moléculas, las células y los organismos individuales; se extiende finalmente a los agrupamientos complejos constituidos por las sociedades humanas. En cada nivel de complejidad se encuentran los elementos constructivos a partir de los cuales se forma el siguiente, más complejo. Aparentemente, Teilhard de Chardin fue uno de los primeros en subrayar que esta clasificación por orden de complejidad creciente correspondía también a una clasificación cronológica”. (De “La aventura del ser vivo”–Gedisa Editorial-Barcelona 1998).

Esta tendencia implica la existencia de un sentido de la evolución y de una finalidad objetiva del universo. También puede establecerse el sentido de la historia de la humanidad como una serie de intentos por lograr mayores niveles de adaptación.

2- Invariabilidad de la ley natural: Sugerido por Auguste Comte, este principio básico de la ciencia experimental implica que todo lo existente está regido por una ley natural. Dicha ley, como un vínculo invariante entre causas y efectos, da lugar a un orden natural. Así como las leyes humanas se establecen bajo cierto espíritu, o finalidad, podemos decir que Dios puede identificarse con el espíritu de la ley natural. Luego, por ser la ley natural invariante, podemos identificar ciencia con religión natural, ya que se excluye toda interrupción de la misma.

3- Adaptación cultural: El hombre no sólo participa del proceso de la evolución biológica, sino que también está inmerso en un proceso de adaptación cultural al orden natural. Julian Huxley escribió: “Es como si el hombre hubiese sido designado, de repente, director general de la más grande de todas las empresas, la empresa de la evolución, y designado sin preguntarle si necesitaba ese puesto, y sin aviso ni preparación de ninguna clase. Más aún: no puede rechazar ese puesto. Precíselo o no, conozca o no lo que está haciendo, el hecho es que está determinando la futura orientación de la evolución en este mundo. Este es su destino, al que no puede escapar, y cuanto más pronto se dé cuenta de ello y empiece a creer en ello, mejor para todos los interesados” (De “Nuevos odres para el vino nuevo”–Editorial Hermes-Buenos Aires 1959).

Así como el medio biológico presiona a la vida hacia una mayor adaptación, el propio orden natural presiona a la humanidad, a través del sufrimiento, a lograr un mayor nivel de adaptación cultural.

4- Cooperación: Puede decirse que el hombre es un partícipe activo en el proceso de la creación, o formación, de la humanidad, estando en la actualidad en una etapa similar a la descripta en el Génesis bíblico. Henri Bergson escribió: “Lo más sublime que Dios ha creado es haber hecho al hombre cooperador suyo en la creación”. Esta es también una insinuación a darle a nuestra vida un sentido religioso y una finalidad acorde al sentido aparente del universo. La actitud ética tiene sentido cuando previamente se encontró un sentido a nuestra vida.

5- Decisiones accesibles: Epicteto escribió: “De lo existente, unas cosas dependen de nosotros; otras no dependen de nosotros”. La acción ética requiere de sugerencias prácticas que sean accesibles a nuestras decisiones. Si tenemos en cuenta esta restricción, será posible dejar de lado planteamientos de tipo filosófico que no conducen a una acción concreta y que sólo llevan a conflictos sin solución.

6- Acción acorde: La verdadera búsqueda de un objetivo depende de la cantidad de esfuerzo dispuesto para ese logro, teniendo poca importancia las declamaciones y los deseos asociados al respecto.

7- Simplicidad: Toda ética propuesta debe ser accesible a la totalidad de las personas, en forma independiente de su nivel intelectual. De ahí la expresión de Cristo: “Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los listos y las has revelado a los insignificantes” (Mt.)

8- Universalidad: Inmanuel Kant escribió: “Actúa como si el motivo que preside tus actos pudiera convertirse, por obra de tu voluntad, en una ley general”.

9- Amor intelectual a Dios: Baruch de Spinoza escribió: “Pero el amor por una cosa eterna e infinita alimenta el alma con una alegría singular y libre de toda tristeza, lo que hace que sea tan deseable y digno de ser buscado con todas nuestras fuerzas”.

10- Inmortalidad: No sólo la felicidad es un aliciente para el logro de una actitud ética adecuada, sino también la existencia de la inmortalidad, como premio a esa acción. Ignace Lepp escribió: “Pero si no hubiera tal eternidad, mi fe en el mundo recibiría un golpe peligroso. ¿Podría concebirse que el mundo evolucione durante miles de millones de años hasta originar la vida espiritual, consciente de sí misma…para que dicha vida vuelva a caer al fin nuevamente en la nada? Todo mi ser se rebela contra tal hipótesis, que rebajaría y reduciría a un absurdo el mundo, en el que tan firmemente creo” (De “La nueva Tierra”–Ediciones Carlos Lohlé-Buenos Aires 1968).

11- Influencia social: Wolfgang Goethe escribió: “Trata a la gente como si fuera lo que debería ser y la ayudarás a convertirse en lo que es capaz de ser”.

12- Respuesta característica: En los seres humanos existe una respuesta, o actitud, característica. Mediante las cuatro componentes emotivas básicas podemos describir el espectro de las respuestas posibles, y ellas son: amor, odio, egoísmo y negligencia. A la primera le asociamos el Bien, y a las últimas el Mal. De ahí que el éxito de la adaptación cultural del hombre al orden natural, está asociado al predominio del Bien sobre el Mal.

13- Sentimientos humanos: Toda actitud ética estará asociada a los sentimientos humanos. La sugerencia práctica del “Amarás al prójimo como a ti mismo”, puede interpretarse como: “Sentirás las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias”.

14- Razonamiento: Por lo general, las ideologías surgidas de la religión requieren del individuo una previa aceptación del emisor del mensaje, en lugar de adoptar una actitud de duda y de razonamiento. La insuficiencia actual de la fe obliga a que toda nueva ideología de adaptación sea compatible con la lógica y el razonamiento. De esa forma dejará de existir una masiva marginación hacia quienes optan por el razonamiento como etapa previa a la aceptación de nueva información. De todas formas, si alguien logra buenos resultados por el método tradicional de la fe, no se vislumbra inconveniente alguno.

15- Prioridad: De todos los objetivos a lograr, la prioridad debe recaer en la adopción, por parte del individuo, de una actitud cooperativa predominante. Cualquier otro objetivo, sin este logro, resultará insuficiente.

16- Calificación: No resulta necesaria una calificación previa del autor de una propuesta ideológica, ya que debe valorarse la efectividad de la misma en base al criterio de prioridad mencionado.

17- Responsabilidad: Toda persona que tenga capacidad de influir en los demás seres humanos, debe prever adecuadamente los efectos de su influencia ya que, en caso de ser negativa, deberá ser considerado como autor intelectual de estos efectos aun ocasionados por otros. Las posibles buenas intenciones no justifican la falta de previsión.

18- Felicidad: La verdadera felicidad es la que puede compartirse con los demás, de ahí que toda ideología exitosa ha de propagarse especialmente por la notoria mejora del nivel de felicidad.

Quienes buscan solucionar los problemas que aquejan a la mayor parte de los países, coinciden en que debe hallarse, en primer lugar, una ética global, para posteriormente buscar, en cada caso, las soluciones económicas y políticas. Mihajlo Mesarovic y Eduard Pestel escribieron: “Las soluciones no pueden obtenerse por los medios tradicionales confinados a un aspecto aislado del sistema mundial, tal como la economía. Lo que se necesita realmente es nada menos que una completa integración de todos los estratos en nuestra visión jerárquica del desarrollo mundial, esto es una consideración simultanea de todos los aspectos de la evolución de la humanidad, desde los valores y actitudes individuales hasta las condiciones ecológicas y ambientales”.

Donald Wilhelm escribió respecto de los autores citados: “Los autores reclaman «una nueva ética global», que incluirá una conciencia mundial para tratar todos los problemas principales; una nueva perspectiva sobre el uso de los recursos materiales «compatible con la era de la escasez que se aproxima»; y una preocupación por las necesidades de las generaciones futuras orientadas a su supervivencia. La ética global requiere también una nueva actitud hacia la naturaleza «basada en la armonía más que en la conquista. Sólo de esta forma el hombre puede aplicar en la práctica lo que ya está aceptado en la teoría, esto es que el hombre es una parte integral de la naturaleza»” (De “Alternativas creativas frente al comunismo”-EUDEBA-Buenos Aires 1981)

Entre el deontologismo y el utilitarismo

Las distintas propuestas éticas consisten esencialmente en sugerir, mediante normas, las acciones que conducen a lograr el bien y a evitar el mal. Esta definición general, aparentemente evidente, presenta, sin embargo, algunos interrogantes ya que, para algunos, la norma que sugiere una acción ha de ser prioritaria a los efectos derivados de su cumplimiento, mientras que para otros la norma ética surge luego de considerar los efectos de las acciones humanas, para tratar de optimizar nuestro comportamiento social. Para aclarar el tema, a fin de encontrar la secuencia adecuada entre normas, conducta y efectos, debemos considerar la siguiente pregunta básica: ¿Me gusta porque es bueno o es bueno porque me gusta?.

Si aceptamos que algo nos gusta porque previamente consideramos que es bueno, en cierta forma estamos considerando prioritaria una norma, un mandamiento o una sugerencia ética que será considerada como nuestra referencia, incluso una referencia más importante que los efectos concretos asociados a nuestra conducta. Por el contrario, si aceptamos que algo es bueno porque nos gusta, en principio estamos priorizando los efectos de nuestra conducta bajo la previa aceptación del principio de felicidad, como la tendencia básica que orienta nuestros actos y nuestra vida.

Consideramos como bueno a lo que nos lleva a la felicidad y malo lo que nos aleja de ese objetivo. Javier Sádaba escribió: “El deontologismo afirma que algo es bueno porque debe hacerse. El utilitarismo afirma que algo debe hacerse porque es bueno. El deontologismo parte de unos principios que considera deberes y sólo lo que se realiza según tales deberes es bueno. El utilitarista pone la vista en las consecuencias de una acción y, si ve que son buenas, concluye que debe hacerse”.

Puede decirse que en el primer caso estaríamos adoptando como referencia la norma, el mandamiento o la sugerencia originada en un ser humano, relegando a la propia ley natural como la referencia obligada (si no se la ha tenido en cuenta), mientras que en el segundo caso adoptamos como referencia a la propia realidad y a la ley natural. Sin embargo, al guiarnos por los resultados de nuestra conducta, nada nos asegura que el nivel de felicidad obtenido sea siempre el adecuado, como es el caso del que encuentra un fugaz bienestar en el juego o en el vicio. Tampoco las sugerencias éticas que provienen de otras personas nos dan una garantía total acerca de su validez. Podemos sintetizar las secuencias seguidas en ambos casos:

a) Deontologismo: Normas -> Conducta -> Efectos
b) Utilitarismo: Efectos -> Normas -> Conducta

El autor citado agrega: “Pero vamos a intentar responder antes a dos objeciones que a buen seguro habrán ido apoderándose de la mente del lector atento:

1- La primera es ésta: si el fin último de la moral es la felicidad, entonces todo el bien o deber que se haga tendrá por objeto ser feliz, luego no es verdad que la moral es algo absoluto; es, más bien, relativa, y un medio o un instrumento para lograr la felicidad.
2- Si existe un segundo nivel, el de las teorías morales, que responde a la pregunta de por qué esto es bueno o malo, también habrá un tercer nivel en el que se pregunte por qué, por ejemplo, las consecuencias son buenas o por qué los principios son buenos. Más aún, podemos imaginar un cuarto nivel, y así hasta el infinito”
(De “La Ética contada con sencillez”-Maeva Ediciones-Madrid 2004)

Desde el punto de vista de los razonamientos, entramos en los laberintos típicamente filosóficos, de ahí que conviene salir de ellos recurriendo a la verificación experimental, acudiendo, por ejemplo, a la psicología social. En este caso, podemos advertir que, afortunadamente, existen sólo cuatro posibles componentes afectivas básicas de nuestra actitud típica, o característica, de la cual debemos elegir una. Así, si a alguien le pasa algo malo, podemos compartir ese dolor (amor), o podemos alegrarnos de ello (odio), o podemos ignorarlo porque sólo nos interesamos por nosotros mismos (egoísmo) o porque poco nos importa lo que le sucede a los demás e incluso a nosotros mismos (indiferencia).

Luego, teniendo presente la natural tendencia hacia el logro de la felicidad, la actitud que mejor se adapta es la primera, por la cual compartimos las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias, que es, esencialmente, el significado del “Amarás al prójimo como a ti mismo”. De esa forma, vemos que dicho mandamiento responde tanto a la postura deontológica (debemos cumplir una norma) como a la postura utilitarista (la norma es buena porque nos orienta hacia la felicidad).

Nuestra respuesta, o actitud característica, es un conjunto de respuestas típicas que pueden variar desde el amor hacia nuestros familiares hasta la indiferencia hacia las personas extrañas pasando por el odio hacia alguna figura popular, o hacia alguien conocido. El mandamiento cristiano nos sugiere al amor como la tendencia que debe predominar sobre las restantes, hasta llegar, incluso, a anularlas.

Es posible que la ética cristiana haya surgido como surgen todos los conocimientos asociados con la conducta humana, es decir, mediante prueba y error, y una posterior selección de lo que produce los mejores resultados. Este supuesto origen “terrestre”, en lugar de una revelación, no cambia esencialmente el contenido del mandamiento, mientras que el mérito de su cumplimiento no radica en creer en su origen sobrenatural, sino en poder aplicarlo en una forma generalizada.

Entre los impedimentos de su cumplimiento, encontramos las diversas interpretaciones que tan sólo confunden al ciudadano común. También la prioritaria consideración de la fe sobre las obras, asumida por algunas iglesias cristianas, relega la ética cristiana a la adhesión a cierta postura filosófica, olvidando que la religión es una cuestión de moral antes que de filosofía.

La ética formaba parte de la religión, en forma exclusiva, hasta hace algunos siglos atrás. Sin embargo, la severa crisis moral que afronta gran parte de la humanidad requiere de cierta claridad conceptual y sencillez para reencausar al ser humano por el camino indicado por la ética natural, o cristiana. No resulta admisible considerar que la propia naturaleza haya impedido que los lineamientos básicos de nuestra conducta moral sean accesibles tan sólo a las personas con una formación intelectual especializada. La religión para monjes no es justamente una religión, sino que lo es solamente cuando los destinatarios son todos los seres humanos.

Una moral desvinculada de los afectos, no es una moral, ya que el cumplimiento de normas por vía puramente racional dará pobres resultados, lo mismo que el cálculo utilitario desligado de los mismos. Además, los estados de ánimo son accesibles a nuestro control y son los indicadores de lo que debemos hacer en cada circunstancia en lugar de tener que decidir en base a un razonamiento previo que ha de adaptar nuestras decisiones a los principios morales conformados bajo la forma de deberes irrenunciables. Como ejemplo de esta postura, puede mencionarse a Immanuel Kant. Al respecto, Armando Ribas escribió: “Tres máximas establece Kant para definir el valor moral, esto es, que tales acciones sean hechas no por inclinación sino por deber:

1- La de procurar cada cual su propia felicidad no por inclinación, sino por deber; sólo entonces tiene su conducta un verdadero valor moral.
2- Una acción hecha por deber tiene su valor moral, no en el propósito que por medio de ella se quiere alcanzar, sino en la máxima por la cual ha sido resuelta.
3- El deber es la necesidad de la acción por respeto a la ley.

“Es importante destacar, entonces, que razón práctica, para Kant, en modo alguno implica un concepto sacado de la experiencia. La popularidad de la razón vulgar ha sido lograda no como un conocimiento surgido empíricamente, sino como una metafísica de las costumbres que tiene su validez universal a priori, más allá de que alguna vez pueda encontrarse una conducta semejante en la experiencia. Kant enfatiza este punto diciendo: «Por todo lo dicho se ve claramente que todos los conceptos morales tienen su asiento y origen completamente a priori, en la razón, y ello en la razón humana más vulgar tanto como en la más altamente especulativa; que no pueden ser abstraídos de ningún conocimiento empírico, el cual por lo tanto sería contingente, que en esa pureza de su origen reside su dignidad de servirnos de principios prácticos supremos….Puesto que las leyes morales deben valer para todo ser racional en general»” (De “Entre la libertad y la servidumbre”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1992).

Max Weber también advirtió la diferencia entre las morales de principios y aquellas orientadas a los resultados, por lo que escribió: “Debemos tener claro que toda actividad de orientación ética puede estar sometida a dos máximas antitéticas, absolutamente opuestas: puede basarse en una «ética de la convicción» o en una «ética de la responsabilidad». Eso no quiere decir que la ética de la convicción sea irresponsable ni que la ética de la responsabilidad carezca de convicciones. En absoluto. Pero sí existe una abismal contradicción entre los actos que se fundamentan en la máxima de la ética de la convicción –para expresarla en términos religiosos: «el cristiano actúa como es debido, el éxito de sus actos está en manos de Dios»- y la máxima de la ética de la responsabilidad: es menester asumir las consecuencias (previsibles) de los actos”.

“La ética de la convicción fracasa precisamente cuando se trata de justificar los medios por los fines”. “Quien sella un pacto con esos medios –sean cuales fueren los fines- está sometido a sus consecuencias. Todo político lo hace, en especial los que luchan por fe, ya sean religiosos o revolucionarios. Citemos con toda tranquilidad algunos ejemplos de nuestra época. Quien desea establecer la justicia absoluta en la Tierra mediante la violencia, necesita de un grupo de seguidores, de una «aparato» humano. Entonces debe ofrecer a dicho grupo unas recompensas internas o externas –terrestres o celestiales- pues de lo contrario la relación no funciona. Recompensas internas: en la lucha de clases modernas, la satisfacción del odio y de la sed de venganza, del resentimiento y de la necesidad de un ergotismo pseudoético, del afán de difamar y calumniar al enemigo. Recompensas externas: la aventura, la victoria, el botín, el poder, las prebendas” (De “El trabajo intelectual como profesión”-Editorial Bruguera SA-Barcelona 1983).

Las éticas de los principios, o de la convicción de su validez, han actuado como justificativos de las grandes catástrofes sociales asociadas a los totalitarismos, por cuanto han suplantado la ley natural inmediata y evidente de nuestros propios afectos individuales por los “elevados principios” de los pueblos, las razas o las clases sociales “superiores”, bajo el tácito criterio de que los grandes fines justifican cualquier medio empleado para establecerlos.

Acerca de la ética

Así como existe una verdad única respecto al conocimiento de cada aspecto de la realidad; verdad a la que nos acercamos paulatinamente, también debe existir una ética capaz de optimizar el comportamiento humano en la búsqueda de la felicidad y de un adecuado sentido de la vida. En realidad, existen muchas propuestas éticas y pueden imaginarse varias más, sin embargo, producirán en el hombre distintos efectos, por lo cual puede decirse que la ética “verdadera” será aquella que produzca los mejores resultados, siendo tal veracidad determinada principalmente por sus efectos antes que por su origen. Nicolás Berdiaev escribió: “El conocimiento ético es la más temeraria de todas las formas de conocimiento, porque en él se revelan al mismo tiempo el valor, el sentido de la vida, el pecado y el mal” (De “La destinación del hombre”-José Janés Editor-Barcelona 1947).

La ética proviene tanto de la religión, como de la filosofía y la ciencia experimental. Como la ciencia describe aspectos objetivos de la realidad, se admite que la ética describe la conducta del hombre considerando su naturaleza humana. Si tenemos en cuenta sólo los aspectos culturales, derivados de la influencia que recibimos del medio social, resulta cuestionable hablar de una “naturaleza humana” objetiva, mientras que, si consideramos los aspectos biológicos de nuestra conducta, tal como los procesos estudiados por la psicología o la neurociencia, entonces podemos afirmar que tal naturaleza humana puede entrar en el campo de estudio de la ciencia experimental. Uno de los fenómenos de interés es la empatía, por la cual podemos compartir las penas y las alegrías ajenas como si fuesen propias, siendo la esencia de la ética cristiana, o ética natural.

En la actualidad podemos asociar el problema ético, consistente en encontrar la mejor ética posible, al proceso general de adaptación al medio, principalmente bajo la perspectiva de la adaptación cultural al orden natural. En principio, puede decirse que el bien y la felicidad implican una plena adaptación, mientras que el mal y la infelicidad implican una desadaptación al mismo. De ahí que debamos hablar de hombres adaptados o no, con una transición gradual entre ambos extremos, en lugar de hablar de hombres buenos o malos, si bien estas denominaciones no dejan de tener validez. Recordemos que Sócrates asociaba el bien al conocimiento y el mal a la ignorancia, debido precisamente a la estrecha relación que existe entre nuestro comportamiento y el conocimiento de las leyes naturales que rigen nuestra conducta y nuestros pensamientos.

Si consideramos la existencia de un orden natural regido por leyes naturales invariantes, debemos admitir que se trata de un proceso autoorganizado, del cual la “mano invisible” que gobierna al mercado (orden económico) habrá de constituir una parte de aquel proceso general. Haciendo una comparación con la economía, puede suponerse la existencia de un proceso autoorganizado (orden social), no implicando que el hombre, necesariamente, esté adaptado al mismo, lo cual es esencial para que se produzcan buenos resultados.

En forma similar a cómo los precios en el mercado (o en el conjunto de decisiones de productores y compradores participantes) tienden hacia una situación de estabilidad, las distintas actitudes y decisiones individuales deberán tender hacia un aceptable nivel de felicidad bajo la previa aceptación de una ética adaptativa. Si no se llega al precio estable en la economía, posiblemente se deba a que existe cierta perturbación inflacionaria que lo impide, mientras que en el caso de la sociedad seguramente existirá una crisis moral vinculada principalmente a una generalizada aceptación del relativismo moral.

En cuanto al proceso social autorregulado, podemos ejemplificarlo en el caso de quien se burla de otra persona, actitud por la cual tiende a alegrarse de los males y defectos ajenos. Luego, con el tiempo, es posible que la persona previamente burlada y degradada llegue a superar en algún aspecto a quien de ella se burló, y que ahora deberá cambiar la burla por la envidia, entristeciéndose por el bien ajeno, provocándose un autocastigo permanente, ineludible y cercano. No hizo falta que un Dios que interviene en los asuntos humanos hubiese actuado para castigar al culpable, sino que las propias leyes psicológicas que rigen nuestra conducta produjeron la compensación “castigando” a quien primeramente produjo el mal en otra persona con la única intención de provocarle sufrimiento.

Por otra parte, quien comparte las penas ajenas también compartirá sus alegrías, de ahí que su nivel de felicidad tenderá a ser el óptimo, “premiándose” a sí mismo al adoptar tal actitud, no siendo necesaria la presencia de un Dios que lo premie por sus obras y por sus actitudes. Tampoco resultará “meritorio” hacer el bien a los demás, ya que resulta ser la única forma permitida por la ley natural para obtener un elevado nivel de felicidad. El reconocimiento social ante las buenas acciones no debe considerarse como el premio que se ha de esperar, sino como un estímulo adicional para continuar haciendo las cosas bien.

El sentido de la vida básico que el hombre debe adquirir, además del sentido de la vida particular, es justamente el que se identifica con una plena adaptación al orden natural, por cuanto ello implica el logro de la felicidad y el pleno acatamiento de las leyes naturales, interpretadas en la religión como las leyes de Dios. De ahí la expresión de Cristo: “Primeramente buscad el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura”, que podemos interpretar como: «Primeramente observa las leyes naturales y el orden natural emergente, adáptate al mismo, que la felicidad plena será la resultante».

Adviértase que detrás de la simbología con que se expresan los distintos mensajes religiosos, puede encontrarse su significado pleno asociándolos a las leyes naturales que rigen nuestra conducta. Debemos considerar como prioritarias tales leyes antes que las simbologías respectivas y, sobre todo, antes que las distintas interpretaciones que a tales simbologías podemos asociar.

El concepto de ley natural no resulta ser algo propio de la ciencia experimental, ya que es empleado también en la religión desde la época medieval, como en el caso de Santo Tomás de Aquino; incluso ya aparece en los escritos de Marco Tulio Cicerón, escritor y estadista romano. Sin embargo, es posible que existan diferencias de interpretación. Podemos decir que la ley natural es el vínculo invariante entre causas y efectos, y que, desde una perspectiva científica, todo lo existente está caracterizado por la existencia de tal tipo de ley. Cicerón escribió: “Esta ley no está escrita, pero es innata; ni la hemos aprendido ni recibido, ni leído, pero la hemos sacado de la naturaleza misma; no hemos sido instruidos por ella, pero somos hechos por ella; no nos ha sido enseñada, pero de ella estamos impregnados totalmente”.

Al no tomarse como referencia a las leyes naturales, resulta imposible todo entendimiento entre las distintas religiones y de ahí el origen de los conflictos y antagonismos. El “creyente” actual parece decir; «creo en Dios pero no acato sus leyes», siendo una forma de rebelión de tipo religioso. El paganismo implica, justamente, el desconocimiento de las leyes de Dios tratando de desplazarlas por pedidos directos de sus intervenciones para que nos resulten favorables. Una de las consecuencias de esta tendencia es el rápido avance del islamismo sobre Europa, con la poco disimulada obsesión de conquistarla para someterla sin apenas tratar de adaptarse a las costumbres locales, constituyendo un totalitarismo teológico que pretende dominar a todo ciudadano europeo.

Por otra parte, quienes no creen en la existencia de un orden económico espontáneo, tal como el mercado, tratan de reemplazarlo por decisiones provenientes de quienes dirigen al Estado, que es el aspecto común a los distintos totalitarismos. En forma similar, quienes no creen en la existencia de un orden social espontáneo, tratan de suplantarlo por distintas propuestas que surgen bajo la previa aceptación de los diversos relativismos, como el moral, el cognitivo y el cultural.

Si desestimamos el sentido de la vida que nos impone el orden natural al inducir nuestra adaptación al mismo, y si desestimamos la búsqueda del Bien y de la Verdad, precisamente porque el relativismo adoptado nos indica que tales conceptos no existen, entonces hemos abierto las puertas que favorecen la entrada a nuestra vida del vacío existencial, que resulta ser un aspecto que impide lograr un aceptable nivel de felicidad.

Podemos decir que el verdadero ateismo implica que el hombre se aleja, desconoce o niega las leyes naturales o las leyes de Dios. Con ello favorece la ausencia de un sentido objetivo de la vida, promoviendo el relativismo moral, cognitivo y cultural, como a los totalitarismos políticos y teológicos, por lo cual se atenta contra toda posible adaptación al orden natural. D. Barbedette escribió: “Hay una ley natural, grabada por Dios, en el corazón del hombre”.

“1- Prueba de conciencia: la conciencia se manifiesta a cada uno como una luz y un orden de la naturaleza, y aun si se quiere como un imperativo categórico, gracias al cual distinguimos lo que es bien de lo que es mal, lo que se debe hacer de lo que se debe evitar. En efecto, cada vez que obedecemos a esta luz interior, nuestra conciencia queda satisfecha, y cada vez que la violamos nos tortura el aguijón de los remordimientos”.
“2- Prueba de razón: En todas las criaturas hay principios que las llevan no solamente a realizar sus operaciones propias, sino también a adaptarlas a su fin. Ahora bien, el hombre no es de una condición inferior a la de los animales; así es que tiene una luz, gracias a la cual conoce su fin; y esa luz es la ley natural. De otra manera la naturaleza fallaría en las cosas necesarias, y de Dios mismo habría que dudar si Él se manifestara como Dios y dueño supremo del mundo sin hacerle conocer su ley”.
“3- Prueba indirecta: sacada de las consecuencias funestas de la opinión contraria. Si se rechaza la existencia de la ley natural, no le queda ya a la moralidad ningún fundamento, o tal fundamento depende del antojo del hombre, y por lo mismo no es ni estable ni inmutable. En efecto, todo lo que depende de mero arbitrio, es convencional y puede ser cambiado por los hombres mismos. De suerte que el robo, el engaño, el homicidio y todos los otros crímenes podrían venir a ser ora permitidos, ora prohibidos: consecuencias contrarias la buen sentido” (De “Ética o Filosofía moral”-Editorial Tradición SA-México 1974).

La ética universal como prioridad de la religión

La búsqueda de atributos éticos que tengan validez universal resulta ser un objetivo prioritario, siempre y cuando las distintas religiones tengan la intención de favorecer el apaciguamiento de los serios antagonismos que promueven, ya sea en forma directa o indirecta. Resulta alarmante la sucesión de conflictos que se producen a partir de la pertenencia, de pueblos y naciones, a determinadas religiones en cuanto entran en contacto con sectores que adoptan otras distintas; y que, incluso, también se producen entre sectores de una misma religión. Hans Küng hace referencia al “doble rostro de la religiones”, ya que, promoviendo el bien común, generan precisamente lo contrario, por lo que escribió al respecto:

“Muchas masacres y guerras –no sólo en el Próximo Oriente entre cristianos maronitas y musulmanes sunnitas y chiítas, entre sirios, palestinos, drusos e israelitas, sino también entre iraníes e iraquíes, entre indios y pakistaníes, hindúes y shiks, entre budistas singaleses e hindúes tamil, así como, anteriormente, entre monjes budistas y gobernantes católicos de Vietnam, o entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte –han sido y son todavía tan despiadadas y sangrientas por basarse en motivos religiosos. ¿Cuál es su lógica? Si Dios está con nosotros, con nuestra religión, nación, confesión o partido, entonces todo está permitido contra los contrarios, pues deben venir necesariamente del diablo. En nombre de Dios será preciso agredir, incendiar, destruir y matar. Pero, cuidado, que también hay ejemplos de lo contrario” (De “Proyecto de una ética mundial”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1994).

Entre la gran variedad de situaciones posibles que llevan a la violencia religiosa, puede mencionarse la mutilación de la actitud religiosa, que resulta similar a la que ocurre en el individuo cuando relega sus atributos afectivos e intelectuales priorizando a su cuerpo. En el caso religioso, puede decirse que el equilibrio se logra cuando se adopta una actitud ascendente, lateral e igualitaria; ascendente en cuanto busca vincularse a Dios, o el Creador, lateral en cuanto tiene presentes a las personas que le rodean como una consecuencia de la previa vinculación ascendente, e igualitaria cuando la actitud hacia el prójimo induce la sensación de que éste es tan importante como nosotros mismos.

Cuando predomina la actitud ascendente, y se ignoran las otras, la religión pierde su sentido ético y pasa a ser una postura filosófica que por lo general hace que el “creyente” se sienta como un individuo superior al resto de la sociedad. Si el motivo de superioridad radica en su creencia personal, necesariamente considerará inferior al que adopte una creencia o postura filosófica distinta, sin que apenas intervengan los valores éticos por cuanto son dejados de lado al producirse la mutilación mencionada.

Quienes adoptan una creencia ascendente similar, conforman una especie de secta que menosprecia al resto de la humanidad, surgiendo la típica discriminación religiosa que, posteriormente, podrá dar lugar a los serios conflictos interreligiosos. Baruch de Spinoza escribió: “Pero, tanto han podido la ambición y el crimen, que se ha puesto la religión, no tanto para seguir las enseñanzas del Espíritu Santo, cuando en defender las invenciones de los hombres; más aún, la religión no se reduce a la caridad, sino a difundir discordias entre los hombres y a propagar el odio más funesto, que disimulan bajo el falso nombre de celo divino y de fervor ardiente. A estos males se añade la superstición, que enseña a los hombres a despreciar la razón y la naturaleza y a admirar y venerar únicamente lo que contradice a ambas. No hay, pues, que extrañarse de que los hombres, a fin de admirar y venerar más la escritura, procuren explicarla de suerte que parezca oponerse de plano a la razón y a la naturaleza. De ahí que sueñen que en las Sagradas Escrituras se ocultan profundísimos misterios y que se fatiguen en investigar semejantes absurdos, descuidando toda otra utilidad; y cuanto descubren en semejantes delirios, lo atribuyen al Espíritu Santo y se empeñan en defenderlo con todas sus fuerzas y con toda su pasión. Tal es, en efecto, la condición humana que, cuanto conciben los hombres por el entendimiento puro, lo defienden con sólo el entendimiento y la razón, y cuanto opinan en virtud de sus sentimientos, también lo defienden con ellos” (Del “Tratado teológico-político”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1994).

Para superar los serios errores que se comenten, varios son los teólogos que proponen la concreción y adopción de una ética de validez universal que predomine sobre las distintas creencias particulares o sectoriales para dar inicio a una etapa de paz, algo que, por el momento, parece poco posible, al menos en varios sectores del planeta. Las conclusiones de Hans Küng, que le sirven como encabezamientos de capítulos del libro mencionado, son:

1- No hay supervivencia sin una ética mundial
2- No hay paz mundial sin paz religiosa
3- No hay paz religiosa sin diálogo entre las religiones

En primer lugar, debe tenerse presente que toda ética individual ha de fundamentarse en las leyes naturales que rigen nuestro propio comportamiento, siendo las leyes naturales las mismas leyes de Dios, que rigen todo lo existente. En coincidencia con la ley natural descripta por la ciencia experimental, podemos definirla como el vínculo invariante entre causas y efectos. De ahí que debemos tomarla como referencia para otorgar validez a los múltiples Libros Sagrados de las distintas religiones que, a su vez, dan lugar a múltiples interpretaciones posteriores, por lo que, actualmente, resulta imposible establecer un mínimo diálogo si cada sector propone a su propio Libro Sagrado como la referencia a adoptar.

Una vez que consideremos la existencia de leyes naturales invariantes, accesibles a una descripción científica y aceptada por la mayor parte de las religiones, tendremos disponible el vínculo adecuado para la unificación de criterios que permitirá establecer una ética universal y de ahí la posterior unificación de religiones, al menos en lo básico y esencial.

Queda, sin embargo, un aspecto importante a considerar ya que, en algunos casos, se considera que la ley natural invariante nunca ha de ser interrumpida (deísmo, ciencia experimental) mientras que otras posturas consideran que el Creador tiene la libertad de interrumpirla ocasionalmente (teísmo). Como el porcentaje de tales interrupciones (milagros) es muy bajo, es decir, tienen una probabilidad de ocurrencia muy pequeña, sigue predominando la idea de considerar a la ley natural como la referencia a adoptar. De ahí que las decisiones y la acción humana deberán orientarse en función de dichas leyes.

Es oportuno mencionar la edición de un libro realizado por la Comisión Teológica Internacional, que puede considerarse como la postura representativa de la Iglesia Católica y cuyo título es: “En búsqueda de una ética universal: una nueva mirada sobre la Ley Natural” (Conferencia Episcopal Argentina-Oficina del Libro-Buenos Aires 2011). En dicho libro llama la atención que no ubica como concepto unificador al mandamiento del amor al prójimo, sino que sugiere la Regla de Oro: “Haced a los demás lo que querrías que te hagan a ti”, la que tiene en cuenta, en forma implícita, la actitud que debe predominar en cada hombre de manera que pueda establecer cierto autocontrol para poder observar su propio mejoramiento espiritual.

Sin embargo, resulta mejor interpretar al “Amarás al prójimo como a ti mismo” como “compartirás como propias las penas y las alegrías de quienes te rodean”, ya que nos resultará posible condicionar nuestros afectos por medio de nuestro pensamiento, como una voz interior que nos recuerda a cada instante, “debo compartir la felicidad y el sufrimiento de los demás como propios”. Por ello, tal interpretación deberá constituir una norma de acción a adoptar en forma independiente a toda posible creencia religiosa que se tenga o a cualquier postura filosófica adoptada, que es lo que, finalmente, podrá permitir establecer la ética universal.

Recordemos que toda religión debe manifestar su efectividad a través de la actitud adquirida por el hombre y no tanto por la búsqueda de una posible respuesta que debe dar el Creador a nuestros pedidos, por cuanto “Dios sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis” como lo advierte el propio Cristo. Podemos decir que lo que provoca, simbólicamente, una posible respuesta de Dios ha de ser nuestro comportamiento ético (en la religión moral) antes que nuestros pedidos o súplicas (en la religión pagana).

Las Iglesias cristianas deberían aceptar la misma prioridad que Cristo otorga a sus mandamientos, especialmente el que sugiere el amor al prójimo, algo bastante más difícil de cumplir que el amor hacia un ser invisible, distante y perfecto. Si se pretende que las demás religiones acepten la exigencia ética mínima y esencial, ya no será justo esperar que también acepten el resto de la tradición cristiana. En caso contrario, cada una de las restantes religiones tratará de imponer a las demás una parte de su tradición, por lo cual se volverá a la situación conflictiva actual, o no podrá salirse de ella.

La Comisión Teológica Internacional señala: “El concepto de ley natural supone la idea de que la naturaleza es, para el hombre, portadora de un mensaje ético, y constituye una norma moral implícita que actualiza la razón humana. La visión del mundo dentro de la cual la doctrina de la ley natural se ha desarrollado y encuentra todavía hoy todo su sentido, implica por lo tanto la convicción razonada de que existe una armonía entre esas tres instancias: Dios, el hombre y la naturaleza. Desde esta perspectiva, el mundo es percibido como un todo inteligible unificado por la común referencia de los seres que lo componen a un principio divino fundador, a un Logos. Más allá del Logos impersonal e inmanente, descubierto por el estoicismo y presupuesto por las ciencias modernas de la naturaleza, el cristianismo afirma que existe el Logos personal, trascendente y creador”.

Entre los requisitos básicos que debe reunir una ideología de adaptación al orden natural, podemos mencionar los siguientes:

a) Debe inducir a una conversión ética, o religiosa
b) Debe promover cierta conversión de tipo intelectual
c) Tales conversiones deben ser masivas

La ideología que surge de los lineamientos actuales de la Psicología Social responde a tales requerimientos, si bien falta conocer la respuesta asociada al consenso mayoritario del hombre común que podrá confirmar la factibilidad de los objetivos mencionados, ya sea en forma total, o parcial, o bien será un intento fallido más que se realizó con las intenciones de revertir la profunda crisis moral que afecta a gran parte de la humanidad.

La moral social

Por lo general, se distingue entre moral individual y moral social según el ámbito de acción considerado, existiendo diferencias entre la actitud predominante en un ámbito cercano, o familiar, y aquella a nivel social. Incluso la propia predisposición respecto de un mismo individuo cambia según sea la distancia social del vínculo establecido. En cierta ocasión se realizó un estudio sociológico en el cual se le consultaba al encuestado si tendría inconvenientes en aceptar la presencia de un individuo de cierta nacionalidad bajo las siguientes tres condiciones: a) como vecino, b) como compañero de trabajo y c) como integrante de su propia familia, advirtiéndose una notable disminución de la aceptación mientras más cercano se hacía el vínculo social. Félicien Challaye escribió: “La moral social estudia los deberes del hombre para con la sociedad humana o la humanidad, y respecto a cada uno de sus miembros, o sea con relación a todos los hombres. Se justifican estos deberes describiendo la solidaridad que une al hombre con toda la humanidad pasada y con toda la humanidad presente” (De “Filosofía moral”-Editorial Labor SA-Barcelona 1936).

Existen dos posturas extremas respecto de la relación que debe existir entre la moral individual y la social. En el primer caso, se sostiene que la moral individual debe prolongarse hasta abarcar la sociedad y la humanidad. En la ética cristiana encontramos una postura que considera a la moral individual indistinguible de la moral social, ya que el “Amarás al prójimo como a ti mismo” involucra desde el individuo y su ámbito cercano, hasta abarcar a toda la sociedad, e incluso a la humanidad, tal el sentido de la palabra “prójimo”; alguien cercano que puede ser cualquiera. Puede decirse que, desde el punto de vista cristiano, no existe una diferencia esencial entre moral individual y social.

En el segundo caso, el del socialismo, consiste en la imposición de un sistema social basado en objetivos políticos y económicos, como ocurre en los sistemas colectivistas o totalitarios, donde se priorizan los objetivos sociales de manera que la ética individual queda relegada o subordinada a la ética social. Conviene, en adelante, hacer referencia al sistema marxista como representante típico de esta postura.

La moral individual busca justamente el bien individual, que no resulta diferente del bien común, ya que, al compartir todo individuo las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias, tal el sentido del amor, tiende a hacer el bien a los demás y a evitarles el mal. Por el contrario, según el marxismo, los intereses individuales se oponen a los intereses sociales, bajo la presunción de que, necesariamente, todo individuo es egoísta por naturaleza, lo que no siempre es cierto. Puede hacerse la síntesis siguiente:

a) Cristianismo: El bien individual es también el bien común o social
b) Marxismo: El bien individual se opone al bien común o social

La ética individual se fundamenta en la psicología de las actitudes, especialmente en el concepto de actitud característica, además del fundamento asociado a la tradición judeo-cristiana. El concepto de actitud, justamente, implica un vínculo entre lo individual y lo social. Este punto de partida tiene la posibilidad de incorporar un fundamento adicional que provendrá de la neurociencia. De ahí que la secuencia adoptada sea la siguiente:

Leyes psicológicas del individuo –› Ética individual –› Ética social

En el caso de la ética social marxista, se la fundamenta en ciertas “leyes de la sociología”, que ignoran completamente al individuo tanto como a su comportamiento social en condiciones de libertad, de donde se establece la siguiente secuencia:

Leyes de la sociedad -› Ética social -› Ética individual

Respecto de las afirmaciones básicas del marxismo-leninismo, Florencio José Arnaudo escribió:

1- No hay normas permanentes de la moral. La moral es relativa
2- La moral depende de las condiciones económicas y es diferente para cada época histórica y para cada clase social
3- La verdadera moral florecerá cuando se creen óptimas condiciones económicas, una vez que se haya establecido la sociedad comunista
4- Mientras tanto el correcto proceder moral consiste en colaborar con la evolución histórica y procurar por todos los medios el advenimiento de la sociedad comunista
(De “La lucha ideológica”-EUDEBA-Buenos Aires 1981)

En cuanto al “mandamiento” que corresponde a la ética individual marxista, una vez establecido el socialismo, puede citarse la siguiente expresión, que se asocia a Louis Blanc: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”.

Respecto de la supuesta ley histórica de la lucha de clases, debe advertirse que el marxismo sostiene que las ideas dominantes en todo individuo dependen de la clase social a la que pertenezca, ya que actuaría esencialmente por influencia del medio social sin que apenas influya la naturaleza humana asociada a su herencia biológica. De ahí que, cuando observan el comportamiento egoísta de algunos integrantes de la clase burguesa, lo atribuyen a la mentalidad dominante del grupo, suponiendo que afectará al resto de la misma manera, siendo éste el origen de la discriminación social que se establece cuando los atributos negativos se generalizan hacia todo el grupo. Sin embargo, podrían también generalizarse los atributos positivos. Recordemos que, en realidad, no existe una correspondencia concreta entre actitud ética y nivel económico ya sea que se trate de la burguesía o del proletariado, al menos en toda sociedad real. Alfredo Sáenz escribió:

“Así como según la doctrina cristiana hay un pecado que está en la base y el origen de todos los demás, y por eso se llama original, de manera semejante en los escritos marxistas encontramos que hay un hecho delictivo primordial, que está siempre influyendo en la historia de la humanidad, y es la explotación, la opresión. Tal es el pecado original del marxismo: todo procede de él y se explica por él. La explotación es el hecho fundamental que determina la entera vida social. Pero mientras el cristianismo propone al hombre que considere ante todo el pecado en sí mismo, el marxista ve siempre el pecado en los demás”.

“La distinción entre el «burgués» y el «proletario» es la distinción entre el mal y el bien, entre lo injusto y lo justo, entre los que merecen reproche y los que merecen alabanza. Una vez más se observa en el sistema marxista una fusión que en buena lógica resulta contradictoria entre los elementos materialistas o deterministas amorales y los elementos idealistas, de índole moral” (De “De la Rus` de Vladimir al «hombre nuevo» soviético”-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1989).

En cuanto al relativismo moral aceptado y promovido por el marxismo, mediante el cual se rechaza todo tipo de sugerencia o mandamiento ético de validez universal y atemporal, puede ponerse como contraejemplo al ya mencionado “Amarás al prójimo como a ti mismo” que, por el hecho de implicar compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, no es otra cosa que un aspecto de la empatía, que puede incluso ser estudiado por la neurociencia. Tiene validez para todos los pueblos, para todas las clases sociales y para toda época. Incluso sus benéficos efectos pueden ser comprobados por cualquiera y en cualquier momento.

Respecto a la sugerencia ética individual del marxismo, la de producir y trabajar según la capacidad propia, dependerá de las distintas personalidades, atributos o ganas de trabajar (la siembra es desigualitaria), mientras que se sugiere recibir con buen ánimo lo que satisfaga las distintas necesidades (la cosecha es igualitaria, al menos en teoría). Tal mandamiento resulta ser de índole económica antes que moral, ya que no se tiene en cuenta una previa actitud afectiva como la sugerida por el cristianismo. Como el mandamiento económico implica, en realidad, trabajar en una empresa estatal que luego distribuirá la producción “equitativamente” se anula todo incentivo para el trabajo y la innovación. De ahí que pocos tengan la voluntad suficiente para trabajar para los demás mientras que aparezca el Estado (y sus funcionarios) como el verdadero proveedor que satisface las necesidades del pueblo.

En realidad, el marxismo constituye una religión negativa, por cuanto distingue entre el bien y el mal, impone sus mandamientos económicos en favor del “bien”, requiere de sus adeptos una adhesión total y propone la formación del hombre nuevo, como una copia invertida de la religión tradicional. Nicolás Berdiaev escribió: “Sólo una religión puede tener la pretensión de encerrar en ella una verdad absoluta; sólo ella puede empeñarse en dominar a las almas. Pretensión que no abriga ningún gobierno en ninguna política. El comunismo persigue a todas las religiones porque él mismo es una religión. Considerándose como la religión auténtica, no admite falsas religiones alrededor de él. Es la religión del reino de este mundo, la negación definitiva del más allá, la negación de toda espiritualidad. El reino del comunismo no es del siglo: es un reino sagrado, «teocrático»; exige que se le rindan honores, no sólo como a César, sino también como a Dios. Un Estado así no puede tolerar ninguna Iglesia a su alrededor, a menos que no sea temporalmente y por motivos de oportunidad” (De “El cristianismo y el problema del comunismo”).

Alfredo Sáenz agrega: “Es el comunismo mismo el que considera la historia como el desarrollo de un combate entre dos ciudades, una de las cuales él integra. Escribe Berdiaev que el comunismo puede definirse psíquicamente por su tendencia a dividir el mundo en dos campos, el de Ormuz y el de Ahrimán, el reino de la luz y el reino de las tinieblas, sin matices intermedios. El reino del proletariado es el reino luminoso de Ormuz, mientras que el imperio tenebroso de Ahrimán lo constituye la burguesía. El comunismo tiene necesidad del enemigo, del mal, del capitalismo, de la burguesía, para volcar allí su odio. Sin embargo, como agrega Berdiaev, no hay que ser incauto: más allá de la burguesía y del capitalismo, el enemigo real es el cristianismo, el abanderado nato de exaltación de Dios y el menos-precio del hombre. El marxismo es más contrario al cristianismo que al capitalismo, pues en última instancia es una derivación del capitalismo, está contaminado por su espíritu de lucro y se mantiene al mismo nivel de sus intereses económicos. Es la rebelión del reino terrenal y mundano contra el reino de Dios, el reino celestial”