La búsqueda de atributos éticos que tengan validez universal resulta ser un objetivo prioritario, siempre y cuando las distintas religiones tengan la intención de favorecer el apaciguamiento de los serios antagonismos que promueven, ya sea en forma directa o indirecta. Resulta alarmante la sucesión de conflictos que se producen a partir de la pertenencia, de pueblos y naciones, a determinadas religiones en cuanto entran en contacto con sectores que adoptan otras distintas; y que, incluso, también se producen entre sectores de una misma religión. Hans Küng hace referencia al “doble rostro de la religiones”, ya que, promoviendo el bien común, generan precisamente lo contrario, por lo que escribió al respecto:
“Muchas masacres y guerras –no sólo en el Próximo Oriente entre cristianos maronitas y musulmanes sunnitas y chiítas, entre sirios, palestinos, drusos e israelitas, sino también entre iraníes e iraquíes, entre indios y pakistaníes, hindúes y shiks, entre budistas singaleses e hindúes tamil, así como, anteriormente, entre monjes budistas y gobernantes católicos de Vietnam, o entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte –han sido y son todavía tan despiadadas y sangrientas por basarse en motivos religiosos. ¿Cuál es su lógica? Si Dios está con nosotros, con nuestra religión, nación, confesión o partido, entonces todo está permitido contra los contrarios, pues deben venir necesariamente del diablo. En nombre de Dios será preciso agredir, incendiar, destruir y matar. Pero, cuidado, que también hay ejemplos de lo contrario” (De “Proyecto de una ética mundial”-Editorial Planeta-De Agostini SA-Barcelona 1994).
Entre la gran variedad de situaciones posibles que llevan a la violencia religiosa, puede mencionarse la mutilación de la actitud religiosa, que resulta similar a la que ocurre en el individuo cuando relega sus atributos afectivos e intelectuales priorizando a su cuerpo. En el caso religioso, puede decirse que el equilibrio se logra cuando se adopta una actitud ascendente, lateral e igualitaria; ascendente en cuanto busca vincularse a Dios, o el Creador, lateral en cuanto tiene presentes a las personas que le rodean como una consecuencia de la previa vinculación ascendente, e igualitaria cuando la actitud hacia el prójimo induce la sensación de que éste es tan importante como nosotros mismos.
Cuando predomina la actitud ascendente, y se ignoran las otras, la religión pierde su sentido ético y pasa a ser una postura filosófica que por lo general hace que el “creyente” se sienta como un individuo superior al resto de la sociedad. Si el motivo de superioridad radica en su creencia personal, necesariamente considerará inferior al que adopte una creencia o postura filosófica distinta, sin que apenas intervengan los valores éticos por cuanto son dejados de lado al producirse la mutilación mencionada.
Quienes adoptan una creencia ascendente similar, conforman una especie de secta que menosprecia al resto de la humanidad, surgiendo la típica discriminación religiosa que, posteriormente, podrá dar lugar a los serios conflictos interreligiosos. Baruch de Spinoza escribió: “Pero, tanto han podido la ambición y el crimen, que se ha puesto la religión, no tanto para seguir las enseñanzas del Espíritu Santo, cuando en defender las invenciones de los hombres; más aún, la religión no se reduce a la caridad, sino a difundir discordias entre los hombres y a propagar el odio más funesto, que disimulan bajo el falso nombre de celo divino y de fervor ardiente. A estos males se añade la superstición, que enseña a los hombres a despreciar la razón y la naturaleza y a admirar y venerar únicamente lo que contradice a ambas. No hay, pues, que extrañarse de que los hombres, a fin de admirar y venerar más la escritura, procuren explicarla de suerte que parezca oponerse de plano a la razón y a la naturaleza. De ahí que sueñen que en las Sagradas Escrituras se ocultan profundísimos misterios y que se fatiguen en investigar semejantes absurdos, descuidando toda otra utilidad; y cuanto descubren en semejantes delirios, lo atribuyen al Espíritu Santo y se empeñan en defenderlo con todas sus fuerzas y con toda su pasión. Tal es, en efecto, la condición humana que, cuanto conciben los hombres por el entendimiento puro, lo defienden con sólo el entendimiento y la razón, y cuanto opinan en virtud de sus sentimientos, también lo defienden con ellos” (Del “Tratado teológico-político”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1994).
Para superar los serios errores que se comenten, varios son los teólogos que proponen la concreción y adopción de una ética de validez universal que predomine sobre las distintas creencias particulares o sectoriales para dar inicio a una etapa de paz, algo que, por el momento, parece poco posible, al menos en varios sectores del planeta. Las conclusiones de Hans Küng, que le sirven como encabezamientos de capítulos del libro mencionado, son:
1- No hay supervivencia sin una ética mundial
2- No hay paz mundial sin paz religiosa
3- No hay paz religiosa sin diálogo entre las religiones
En primer lugar, debe tenerse presente que toda ética individual ha de fundamentarse en las leyes naturales que rigen nuestro propio comportamiento, siendo las leyes naturales las mismas leyes de Dios, que rigen todo lo existente. En coincidencia con la ley natural descripta por la ciencia experimental, podemos definirla como el vínculo invariante entre causas y efectos. De ahí que debemos tomarla como referencia para otorgar validez a los múltiples Libros Sagrados de las distintas religiones que, a su vez, dan lugar a múltiples interpretaciones posteriores, por lo que, actualmente, resulta imposible establecer un mínimo diálogo si cada sector propone a su propio Libro Sagrado como la referencia a adoptar.
Una vez que consideremos la existencia de leyes naturales invariantes, accesibles a una descripción científica y aceptada por la mayor parte de las religiones, tendremos disponible el vínculo adecuado para la unificación de criterios que permitirá establecer una ética universal y de ahí la posterior unificación de religiones, al menos en lo básico y esencial.
Queda, sin embargo, un aspecto importante a considerar ya que, en algunos casos, se considera que la ley natural invariante nunca ha de ser interrumpida (deísmo, ciencia experimental) mientras que otras posturas consideran que el Creador tiene la libertad de interrumpirla ocasionalmente (teísmo). Como el porcentaje de tales interrupciones (milagros) es muy bajo, es decir, tienen una probabilidad de ocurrencia muy pequeña, sigue predominando la idea de considerar a la ley natural como la referencia a adoptar. De ahí que las decisiones y la acción humana deberán orientarse en función de dichas leyes.
Es oportuno mencionar la edición de un libro realizado por la Comisión Teológica Internacional, que puede considerarse como la postura representativa de la Iglesia Católica y cuyo título es: “En búsqueda de una ética universal: una nueva mirada sobre la Ley Natural” (Conferencia Episcopal Argentina-Oficina del Libro-Buenos Aires 2011). En dicho libro llama la atención que no ubica como concepto unificador al mandamiento del amor al prójimo, sino que sugiere la Regla de Oro: “Haced a los demás lo que querrías que te hagan a ti”, la que tiene en cuenta, en forma implícita, la actitud que debe predominar en cada hombre de manera que pueda establecer cierto autocontrol para poder observar su propio mejoramiento espiritual.
Sin embargo, resulta mejor interpretar al “Amarás al prójimo como a ti mismo” como “compartirás como propias las penas y las alegrías de quienes te rodean”, ya que nos resultará posible condicionar nuestros afectos por medio de nuestro pensamiento, como una voz interior que nos recuerda a cada instante, “debo compartir la felicidad y el sufrimiento de los demás como propios”. Por ello, tal interpretación deberá constituir una norma de acción a adoptar en forma independiente a toda posible creencia religiosa que se tenga o a cualquier postura filosófica adoptada, que es lo que, finalmente, podrá permitir establecer la ética universal.
Recordemos que toda religión debe manifestar su efectividad a través de la actitud adquirida por el hombre y no tanto por la búsqueda de una posible respuesta que debe dar el Creador a nuestros pedidos, por cuanto “Dios sabe lo que os hace falta antes de que se lo pidáis” como lo advierte el propio Cristo. Podemos decir que lo que provoca, simbólicamente, una posible respuesta de Dios ha de ser nuestro comportamiento ético (en la religión moral) antes que nuestros pedidos o súplicas (en la religión pagana).
Las Iglesias cristianas deberían aceptar la misma prioridad que Cristo otorga a sus mandamientos, especialmente el que sugiere el amor al prójimo, algo bastante más difícil de cumplir que el amor hacia un ser invisible, distante y perfecto. Si se pretende que las demás religiones acepten la exigencia ética mínima y esencial, ya no será justo esperar que también acepten el resto de la tradición cristiana. En caso contrario, cada una de las restantes religiones tratará de imponer a las demás una parte de su tradición, por lo cual se volverá a la situación conflictiva actual, o no podrá salirse de ella.
La Comisión Teológica Internacional señala: “El concepto de ley natural supone la idea de que la naturaleza es, para el hombre, portadora de un mensaje ético, y constituye una norma moral implícita que actualiza la razón humana. La visión del mundo dentro de la cual la doctrina de la ley natural se ha desarrollado y encuentra todavía hoy todo su sentido, implica por lo tanto la convicción razonada de que existe una armonía entre esas tres instancias: Dios, el hombre y la naturaleza. Desde esta perspectiva, el mundo es percibido como un todo inteligible unificado por la común referencia de los seres que lo componen a un principio divino fundador, a un Logos. Más allá del Logos impersonal e inmanente, descubierto por el estoicismo y presupuesto por las ciencias modernas de la naturaleza, el cristianismo afirma que existe el Logos personal, trascendente y creador”.
Entre los requisitos básicos que debe reunir una ideología de adaptación al orden natural, podemos mencionar los siguientes:
a) Debe inducir a una conversión ética, o religiosa
b) Debe promover cierta conversión de tipo intelectual
c) Tales conversiones deben ser masivas
La ideología que surge de los lineamientos actuales de la Psicología Social responde a tales requerimientos, si bien falta conocer la respuesta asociada al consenso mayoritario del hombre común que podrá confirmar la factibilidad de los objetivos mencionados, ya sea en forma total, o parcial, o bien será un intento fallido más que se realizó con las intenciones de revertir la profunda crisis moral que afecta a gran parte de la humanidad.
lunes, 30 de marzo de 2015
La moral social
Por lo general, se distingue entre moral individual y moral social según el ámbito de acción considerado, existiendo diferencias entre la actitud predominante en un ámbito cercano, o familiar, y aquella a nivel social. Incluso la propia predisposición respecto de un mismo individuo cambia según sea la distancia social del vínculo establecido. En cierta ocasión se realizó un estudio sociológico en el cual se le consultaba al encuestado si tendría inconvenientes en aceptar la presencia de un individuo de cierta nacionalidad bajo las siguientes tres condiciones: a) como vecino, b) como compañero de trabajo y c) como integrante de su propia familia, advirtiéndose una notable disminución de la aceptación mientras más cercano se hacía el vínculo social. Félicien Challaye escribió: “La moral social estudia los deberes del hombre para con la sociedad humana o la humanidad, y respecto a cada uno de sus miembros, o sea con relación a todos los hombres. Se justifican estos deberes describiendo la solidaridad que une al hombre con toda la humanidad pasada y con toda la humanidad presente” (De “Filosofía moral”-Editorial Labor SA-Barcelona 1936).
Existen dos posturas extremas respecto de la relación que debe existir entre la moral individual y la social. En el primer caso, se sostiene que la moral individual debe prolongarse hasta abarcar la sociedad y la humanidad. En la ética cristiana encontramos una postura que considera a la moral individual indistinguible de la moral social, ya que el “Amarás al prójimo como a ti mismo” involucra desde el individuo y su ámbito cercano, hasta abarcar a toda la sociedad, e incluso a la humanidad, tal el sentido de la palabra “prójimo”; alguien cercano que puede ser cualquiera. Puede decirse que, desde el punto de vista cristiano, no existe una diferencia esencial entre moral individual y social.
En el segundo caso, el del socialismo, consiste en la imposición de un sistema social basado en objetivos políticos y económicos, como ocurre en los sistemas colectivistas o totalitarios, donde se priorizan los objetivos sociales de manera que la ética individual queda relegada o subordinada a la ética social. Conviene, en adelante, hacer referencia al sistema marxista como representante típico de esta postura.
La moral individual busca justamente el bien individual, que no resulta diferente del bien común, ya que, al compartir todo individuo las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias, tal el sentido del amor, tiende a hacer el bien a los demás y a evitarles el mal. Por el contrario, según el marxismo, los intereses individuales se oponen a los intereses sociales, bajo la presunción de que, necesariamente, todo individuo es egoísta por naturaleza, lo que no siempre es cierto. Puede hacerse la síntesis siguiente:
a) Cristianismo: El bien individual es también el bien común o social
b) Marxismo: El bien individual se opone al bien común o social
La ética individual se fundamenta en la psicología de las actitudes, especialmente en el concepto de actitud característica, además del fundamento asociado a la tradición judeo-cristiana. El concepto de actitud, justamente, implica un vínculo entre lo individual y lo social. Este punto de partida tiene la posibilidad de incorporar un fundamento adicional que provendrá de la neurociencia. De ahí que la secuencia adoptada sea la siguiente:
Leyes psicológicas del individuo –› Ética individual –› Ética social
En el caso de la ética social marxista, se la fundamenta en ciertas “leyes de la sociología”, que ignoran completamente al individuo tanto como a su comportamiento social en condiciones de libertad, de donde se establece la siguiente secuencia:
Leyes de la sociedad -› Ética social -› Ética individual
Respecto de las afirmaciones básicas del marxismo-leninismo, Florencio José Arnaudo escribió:
1- No hay normas permanentes de la moral. La moral es relativa
2- La moral depende de las condiciones económicas y es diferente para cada época histórica y para cada clase social
3- La verdadera moral florecerá cuando se creen óptimas condiciones económicas, una vez que se haya establecido la sociedad comunista
4- Mientras tanto el correcto proceder moral consiste en colaborar con la evolución histórica y procurar por todos los medios el advenimiento de la sociedad comunista
(De “La lucha ideológica”-EUDEBA-Buenos Aires 1981)
En cuanto al “mandamiento” que corresponde a la ética individual marxista, una vez establecido el socialismo, puede citarse la siguiente expresión, que se asocia a Louis Blanc: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”.
Respecto de la supuesta ley histórica de la lucha de clases, debe advertirse que el marxismo sostiene que las ideas dominantes en todo individuo dependen de la clase social a la que pertenezca, ya que actuaría esencialmente por influencia del medio social sin que apenas influya la naturaleza humana asociada a su herencia biológica. De ahí que, cuando observan el comportamiento egoísta de algunos integrantes de la clase burguesa, lo atribuyen a la mentalidad dominante del grupo, suponiendo que afectará al resto de la misma manera, siendo éste el origen de la discriminación social que se establece cuando los atributos negativos se generalizan hacia todo el grupo. Sin embargo, podrían también generalizarse los atributos positivos. Recordemos que, en realidad, no existe una correspondencia concreta entre actitud ética y nivel económico ya sea que se trate de la burguesía o del proletariado, al menos en toda sociedad real. Alfredo Sáenz escribió:
“Así como según la doctrina cristiana hay un pecado que está en la base y el origen de todos los demás, y por eso se llama original, de manera semejante en los escritos marxistas encontramos que hay un hecho delictivo primordial, que está siempre influyendo en la historia de la humanidad, y es la explotación, la opresión. Tal es el pecado original del marxismo: todo procede de él y se explica por él. La explotación es el hecho fundamental que determina la entera vida social. Pero mientras el cristianismo propone al hombre que considere ante todo el pecado en sí mismo, el marxista ve siempre el pecado en los demás”.
“La distinción entre el «burgués» y el «proletario» es la distinción entre el mal y el bien, entre lo injusto y lo justo, entre los que merecen reproche y los que merecen alabanza. Una vez más se observa en el sistema marxista una fusión que en buena lógica resulta contradictoria entre los elementos materialistas o deterministas amorales y los elementos idealistas, de índole moral” (De “De la Rus` de Vladimir al «hombre nuevo» soviético”-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1989).
En cuanto al relativismo moral aceptado y promovido por el marxismo, mediante el cual se rechaza todo tipo de sugerencia o mandamiento ético de validez universal y atemporal, puede ponerse como contraejemplo al ya mencionado “Amarás al prójimo como a ti mismo” que, por el hecho de implicar compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, no es otra cosa que un aspecto de la empatía, que puede incluso ser estudiado por la neurociencia. Tiene validez para todos los pueblos, para todas las clases sociales y para toda época. Incluso sus benéficos efectos pueden ser comprobados por cualquiera y en cualquier momento.
Respecto a la sugerencia ética individual del marxismo, la de producir y trabajar según la capacidad propia, dependerá de las distintas personalidades, atributos o ganas de trabajar (la siembra es desigualitaria), mientras que se sugiere recibir con buen ánimo lo que satisfaga las distintas necesidades (la cosecha es igualitaria, al menos en teoría). Tal mandamiento resulta ser de índole económica antes que moral, ya que no se tiene en cuenta una previa actitud afectiva como la sugerida por el cristianismo. Como el mandamiento económico implica, en realidad, trabajar en una empresa estatal que luego distribuirá la producción “equitativamente” se anula todo incentivo para el trabajo y la innovación. De ahí que pocos tengan la voluntad suficiente para trabajar para los demás mientras que aparezca el Estado (y sus funcionarios) como el verdadero proveedor que satisface las necesidades del pueblo.
En realidad, el marxismo constituye una religión negativa, por cuanto distingue entre el bien y el mal, impone sus mandamientos económicos en favor del “bien”, requiere de sus adeptos una adhesión total y propone la formación del hombre nuevo, como una copia invertida de la religión tradicional. Nicolás Berdiaev escribió: “Sólo una religión puede tener la pretensión de encerrar en ella una verdad absoluta; sólo ella puede empeñarse en dominar a las almas. Pretensión que no abriga ningún gobierno en ninguna política. El comunismo persigue a todas las religiones porque él mismo es una religión. Considerándose como la religión auténtica, no admite falsas religiones alrededor de él. Es la religión del reino de este mundo, la negación definitiva del más allá, la negación de toda espiritualidad. El reino del comunismo no es del siglo: es un reino sagrado, «teocrático»; exige que se le rindan honores, no sólo como a César, sino también como a Dios. Un Estado así no puede tolerar ninguna Iglesia a su alrededor, a menos que no sea temporalmente y por motivos de oportunidad” (De “El cristianismo y el problema del comunismo”).
Alfredo Sáenz agrega: “Es el comunismo mismo el que considera la historia como el desarrollo de un combate entre dos ciudades, una de las cuales él integra. Escribe Berdiaev que el comunismo puede definirse psíquicamente por su tendencia a dividir el mundo en dos campos, el de Ormuz y el de Ahrimán, el reino de la luz y el reino de las tinieblas, sin matices intermedios. El reino del proletariado es el reino luminoso de Ormuz, mientras que el imperio tenebroso de Ahrimán lo constituye la burguesía. El comunismo tiene necesidad del enemigo, del mal, del capitalismo, de la burguesía, para volcar allí su odio. Sin embargo, como agrega Berdiaev, no hay que ser incauto: más allá de la burguesía y del capitalismo, el enemigo real es el cristianismo, el abanderado nato de exaltación de Dios y el menos-precio del hombre. El marxismo es más contrario al cristianismo que al capitalismo, pues en última instancia es una derivación del capitalismo, está contaminado por su espíritu de lucro y se mantiene al mismo nivel de sus intereses económicos. Es la rebelión del reino terrenal y mundano contra el reino de Dios, el reino celestial”
Existen dos posturas extremas respecto de la relación que debe existir entre la moral individual y la social. En el primer caso, se sostiene que la moral individual debe prolongarse hasta abarcar la sociedad y la humanidad. En la ética cristiana encontramos una postura que considera a la moral individual indistinguible de la moral social, ya que el “Amarás al prójimo como a ti mismo” involucra desde el individuo y su ámbito cercano, hasta abarcar a toda la sociedad, e incluso a la humanidad, tal el sentido de la palabra “prójimo”; alguien cercano que puede ser cualquiera. Puede decirse que, desde el punto de vista cristiano, no existe una diferencia esencial entre moral individual y social.
En el segundo caso, el del socialismo, consiste en la imposición de un sistema social basado en objetivos políticos y económicos, como ocurre en los sistemas colectivistas o totalitarios, donde se priorizan los objetivos sociales de manera que la ética individual queda relegada o subordinada a la ética social. Conviene, en adelante, hacer referencia al sistema marxista como representante típico de esta postura.
La moral individual busca justamente el bien individual, que no resulta diferente del bien común, ya que, al compartir todo individuo las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias, tal el sentido del amor, tiende a hacer el bien a los demás y a evitarles el mal. Por el contrario, según el marxismo, los intereses individuales se oponen a los intereses sociales, bajo la presunción de que, necesariamente, todo individuo es egoísta por naturaleza, lo que no siempre es cierto. Puede hacerse la síntesis siguiente:
a) Cristianismo: El bien individual es también el bien común o social
b) Marxismo: El bien individual se opone al bien común o social
La ética individual se fundamenta en la psicología de las actitudes, especialmente en el concepto de actitud característica, además del fundamento asociado a la tradición judeo-cristiana. El concepto de actitud, justamente, implica un vínculo entre lo individual y lo social. Este punto de partida tiene la posibilidad de incorporar un fundamento adicional que provendrá de la neurociencia. De ahí que la secuencia adoptada sea la siguiente:
Leyes psicológicas del individuo –› Ética individual –› Ética social
En el caso de la ética social marxista, se la fundamenta en ciertas “leyes de la sociología”, que ignoran completamente al individuo tanto como a su comportamiento social en condiciones de libertad, de donde se establece la siguiente secuencia:
Leyes de la sociedad -› Ética social -› Ética individual
Respecto de las afirmaciones básicas del marxismo-leninismo, Florencio José Arnaudo escribió:
1- No hay normas permanentes de la moral. La moral es relativa
2- La moral depende de las condiciones económicas y es diferente para cada época histórica y para cada clase social
3- La verdadera moral florecerá cuando se creen óptimas condiciones económicas, una vez que se haya establecido la sociedad comunista
4- Mientras tanto el correcto proceder moral consiste en colaborar con la evolución histórica y procurar por todos los medios el advenimiento de la sociedad comunista
(De “La lucha ideológica”-EUDEBA-Buenos Aires 1981)
En cuanto al “mandamiento” que corresponde a la ética individual marxista, una vez establecido el socialismo, puede citarse la siguiente expresión, que se asocia a Louis Blanc: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”.
Respecto de la supuesta ley histórica de la lucha de clases, debe advertirse que el marxismo sostiene que las ideas dominantes en todo individuo dependen de la clase social a la que pertenezca, ya que actuaría esencialmente por influencia del medio social sin que apenas influya la naturaleza humana asociada a su herencia biológica. De ahí que, cuando observan el comportamiento egoísta de algunos integrantes de la clase burguesa, lo atribuyen a la mentalidad dominante del grupo, suponiendo que afectará al resto de la misma manera, siendo éste el origen de la discriminación social que se establece cuando los atributos negativos se generalizan hacia todo el grupo. Sin embargo, podrían también generalizarse los atributos positivos. Recordemos que, en realidad, no existe una correspondencia concreta entre actitud ética y nivel económico ya sea que se trate de la burguesía o del proletariado, al menos en toda sociedad real. Alfredo Sáenz escribió:
“Así como según la doctrina cristiana hay un pecado que está en la base y el origen de todos los demás, y por eso se llama original, de manera semejante en los escritos marxistas encontramos que hay un hecho delictivo primordial, que está siempre influyendo en la historia de la humanidad, y es la explotación, la opresión. Tal es el pecado original del marxismo: todo procede de él y se explica por él. La explotación es el hecho fundamental que determina la entera vida social. Pero mientras el cristianismo propone al hombre que considere ante todo el pecado en sí mismo, el marxista ve siempre el pecado en los demás”.
“La distinción entre el «burgués» y el «proletario» es la distinción entre el mal y el bien, entre lo injusto y lo justo, entre los que merecen reproche y los que merecen alabanza. Una vez más se observa en el sistema marxista una fusión que en buena lógica resulta contradictoria entre los elementos materialistas o deterministas amorales y los elementos idealistas, de índole moral” (De “De la Rus` de Vladimir al «hombre nuevo» soviético”-Ediciones Gladius-Buenos Aires 1989).
En cuanto al relativismo moral aceptado y promovido por el marxismo, mediante el cual se rechaza todo tipo de sugerencia o mandamiento ético de validez universal y atemporal, puede ponerse como contraejemplo al ya mencionado “Amarás al prójimo como a ti mismo” que, por el hecho de implicar compartir las penas y las alegrías de los demás como propias, no es otra cosa que un aspecto de la empatía, que puede incluso ser estudiado por la neurociencia. Tiene validez para todos los pueblos, para todas las clases sociales y para toda época. Incluso sus benéficos efectos pueden ser comprobados por cualquiera y en cualquier momento.
Respecto a la sugerencia ética individual del marxismo, la de producir y trabajar según la capacidad propia, dependerá de las distintas personalidades, atributos o ganas de trabajar (la siembra es desigualitaria), mientras que se sugiere recibir con buen ánimo lo que satisfaga las distintas necesidades (la cosecha es igualitaria, al menos en teoría). Tal mandamiento resulta ser de índole económica antes que moral, ya que no se tiene en cuenta una previa actitud afectiva como la sugerida por el cristianismo. Como el mandamiento económico implica, en realidad, trabajar en una empresa estatal que luego distribuirá la producción “equitativamente” se anula todo incentivo para el trabajo y la innovación. De ahí que pocos tengan la voluntad suficiente para trabajar para los demás mientras que aparezca el Estado (y sus funcionarios) como el verdadero proveedor que satisface las necesidades del pueblo.
En realidad, el marxismo constituye una religión negativa, por cuanto distingue entre el bien y el mal, impone sus mandamientos económicos en favor del “bien”, requiere de sus adeptos una adhesión total y propone la formación del hombre nuevo, como una copia invertida de la religión tradicional. Nicolás Berdiaev escribió: “Sólo una religión puede tener la pretensión de encerrar en ella una verdad absoluta; sólo ella puede empeñarse en dominar a las almas. Pretensión que no abriga ningún gobierno en ninguna política. El comunismo persigue a todas las religiones porque él mismo es una religión. Considerándose como la religión auténtica, no admite falsas religiones alrededor de él. Es la religión del reino de este mundo, la negación definitiva del más allá, la negación de toda espiritualidad. El reino del comunismo no es del siglo: es un reino sagrado, «teocrático»; exige que se le rindan honores, no sólo como a César, sino también como a Dios. Un Estado así no puede tolerar ninguna Iglesia a su alrededor, a menos que no sea temporalmente y por motivos de oportunidad” (De “El cristianismo y el problema del comunismo”).
Alfredo Sáenz agrega: “Es el comunismo mismo el que considera la historia como el desarrollo de un combate entre dos ciudades, una de las cuales él integra. Escribe Berdiaev que el comunismo puede definirse psíquicamente por su tendencia a dividir el mundo en dos campos, el de Ormuz y el de Ahrimán, el reino de la luz y el reino de las tinieblas, sin matices intermedios. El reino del proletariado es el reino luminoso de Ormuz, mientras que el imperio tenebroso de Ahrimán lo constituye la burguesía. El comunismo tiene necesidad del enemigo, del mal, del capitalismo, de la burguesía, para volcar allí su odio. Sin embargo, como agrega Berdiaev, no hay que ser incauto: más allá de la burguesía y del capitalismo, el enemigo real es el cristianismo, el abanderado nato de exaltación de Dios y el menos-precio del hombre. El marxismo es más contrario al cristianismo que al capitalismo, pues en última instancia es una derivación del capitalismo, está contaminado por su espíritu de lucro y se mantiene al mismo nivel de sus intereses económicos. Es la rebelión del reino terrenal y mundano contra el reino de Dios, el reino celestial”
Acerca de la felicidad
El objetivo común a todos los hombres es el logro de la felicidad. Tenemos la necesidad de encontrar imperiosamente el camino que nos conduzca hacia esa meta, ya que nuestro tiempo de vida es limitado y, por lo tanto, escaso y valioso. Tal sendero se considera también como “el sentido de la vida”, y debemos encontrarlo atendiendo a nuestra propia personalidad individual como a nuestra común naturaleza humana. William James escribió: “Cómo conseguir, conservar y recuperar la felicidad es de hecho la motivación secreta de todo lo que han realizado todos los seres humanos en todos los tiempos” (Citado en “Psicología” de David G. Myers-Editorial Médica Panamericana SA-Madrid 2006).
Los psicólogos sostienen que nuestro nivel de felicidad no cambia esencialmente aun cuando ocurran en nuestra vida algunos acontecimientos importantes, de ahí que no debemos tratar de realizar proyectos que pongan en riesgo nuestra seguridad y tengamos más probabilidades de perder lo que tenemos que de ganar lo que poco nos beneficiará en el futuro. David G. Myers escribió: “La realidad es sorprendente: sobreestimamos el impacto emocional de las noticias muy malas en el largo plazo y subestimamos nuestra capacidad de adaptación. Este hallazgo, que indica que sobreestimamos la duración de las emociones, nos sacude. Incluso en menos tiempo que lo que la mayoría de las personas supone, el impacto emocional de los acontecimientos significativos se disipa. El efecto de los acontecimientos notablemente positivos también es temporario. Una vez que el ataque de euforia se esfuma, los ganadores de la lotería suelen darse cuenta de que, en general, su felicidad no ha cambiado”. Resulta oportuno mencionar una caricatura que aparece en el libro mencionado y en donde aparece un hombre rico confiándole a un amigo: “Me pondría a llorar cuando pienso en los años que perdí acumulando dinero, sólo para saber que mi disposición jovial es genética”.
Es importante dejar de tener ambiciones económicas excesivas ya que, a la larga, el ambicioso cometerá errores que tienden a perturbar el bienestar general de la sociedad. Ya en la época en que se inicia la ciencia económica (siglo XVIII), Adam Smith escribía: “La mente de cada hombre, en un tiempo largo o corto, vuelve a su estado de tranquilidad natural y habitual. En la prosperidad, después de cierto tiempo, se vuelve a caer en ese estado; en la adversidad, después de cierto tiempo, se asciende a ese estado” (De “La teoría de los sentimientos morales”).
Nuestros pensamientos condicionan nuestras emociones, que serán positivas si positivos son aquéllos. Al existir una mentalidad generalizada de la sociedad, influirá en sus integrantes y de ahí que el nivel de felicidad individual tenga relación con las ideas dominantes en la sociedad, por lo que la felicidad personal resulta ser también un fenómeno social.
Por lo general, asociamos el bien a la felicidad y a nuestra capacidad para compartir las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias. De ahí que tal aspecto de nuestra personalidad, cuando es auténtico, se lo puede transmitir a los demás; de lo contrario, sólo se lo podrá mostrar. Myers escribió: “La felicidad no es sólo sentirse bien, es hacer el bien”. “Entre los estudiantes universitarios de todo el mundo, aquellos que dicen que tienen un alto nivel de satisfacción en la vida le dan más importancia al amor que al dinero”.
Para lograr un aceptable nivel de felicidad es necesario saber valorar lo que se tiene; consiste en ser una persona agradecida antes que exigente. Implica ponerse metas accesibles de manera de vivir siempre con la sensación de haberlas cumplido, mientras que quien se impone metas inaccesibles, ha de vivir siempre con la sensación de haber fracasado. Es frecuente el caso de científicos, artistas, empresarios, etc., que logran destacarse en sus respectivas actividades sin lograr un aceptable nivel de felicidad, por lo que resulta importante tener presente la existencia de la inteligencia emocional, como una aptitud mental favorable para ese logro. Arthur Schopenhauer escribió: “Nunca pensamos en lo que tenemos, sino siempre en lo que nos falta”.
Podemos sintetizar la secuencia que va desde las actitudes individuales erróneas hasta la crisis social:
1- El hombre ignora tanto su aspecto emocional como el intelectual, por lo cual busca la felicidad en el bienestar y en las comodidades para su cuerpo.
2- Surge el consumismo, o la sociedad de consumo.
3- El que mucho consume y tiene bastante dinero, hace ostentación de su alto grado de “felicidad”.
4- El que poco consume y tiene una insuficiente cantidad de dinero, siente envidia del ostentoso.
5- El líder populista obtiene los votos de los envidiosos por cuanto promete repartir las ganancias de los ricos en forma equitativa.
Adam Smith escribió: “La humanidad está más dispuesta a simpatizar con nuestra alegría que con nuestra tristeza. Por ello, hacemos parada de nuestra riqueza y ocultamos nuestra pobreza. Si no ¿por qué nos tomaríamos tanto trabajo para parecer o ser ricos? ¿Es acaso para abastecer las necesidades de nuestra naturaleza? El salario del más modesto trabajador puede hacerlo. ¿Acaso creen los ricos que sus estómagos son mejores o que duermen mejor? No, es la vanidad y no el afecto concreto del placer lo que les interesa. En cambio, el hombre pobre se avergüenza de su pobreza. La oscuridad lo cubre pese a que está a la luz del día y nada le duele más que sentir que nadie toma noticia de él”.
En una sociedad en la que predomina la vida ética, no existe la envidia, por cuanto el logro de satisfacciones morales está al alcance de todos. Por el contrario, en la sociedad en la que predomina la vanidad y la vida estética, se supone que sólo puede ser feliz el que posee medios materiales suficientes, y por ello la envidia, con la violencia asociada, son algo corriente. En la sociedad estética, no sólo debe considerarse “materialista” al que busca al dinero como fuente de la felicidad, sino que también lo es quien se menosprecia por no disponerlo en cantidad suficiente. La mayor parte de los pensadores concuerdan en que la felicidad depende esencialmente de los afectos antes que del dinero. De ahí que podamos mencionar una síntesis que aparece en el libro de David G. Myers:
“Las investigaciones han descubierto que las personas felices tienden a: tener una autoestima alta (en los países individualistas), ser optimistas, demostrativos y agradables, tener amigos íntimos o un matrimonio satisfactorio, tener trabajo y tiempo libre de acuerdo con sus capacidades, tener una fe religiosa importante, dormir bien y hacer ejercicios físicos”. “No obstante, la felicidad parece que no está muy relacionada con otros factores como: la edad, el sexo, los niveles de educación, la paternidad (tener hijos o no), el atractivo físico”.
Existe una descripción detallada del proceso por el cual compartimos las penas y las alegrías de los demás que conviene tener presente. Mariano Grondona escribió citando a Adam Smith: “Smith comienza por considerar, primero, el sentimiento de la «simpatía». ¿Por qué habla de «sentimientos»? Esto coincide con la «escuela escocesa del sentido común», que afirma que el hombre tiene un sentido moral («moral sense») intuitivo, no «racional». Para Smith, el primero de esos sentimientos es la «simpatía». «La simpatía es aquella facultad por la cual podemos entrar en los sentimientos de otro». Por ejemplo, si yo veo a alguien que le cometen una injusticia, él siente un sentimiento de indignación y yo lo comparto, salvo que él exagere ese sentimiento, pues entonces ya no podría «entrar» ahí. Si yo experimento una sensación aguda de dolor, nada me es más grato que tú simpatices conmigo. El espectador que no padece el drama puede imaginariamente simpatizar con el verdadero actor del drama y éste recibe un consuelo, un apoyo de «simpatía». Es decir que el primer sentimiento que Smith advierte es un sentimiento de solidaridad en el hombre, que sale de sí mismo para compartir la situación de otro. ¿Cómo compatibilizar esta premisa con su presunta adhesión al egoísmo del «homo economicus»?”.
“Entonces, si yo tengo un sentimiento agudo que me aqueja, que me perturba, cuando lo expreso ante el grupo social con el cual convivo, tengo que bajar el tono de ese sentimiento porque si no lo hago los demás no pueden entrar en él. Si yo expreso «todo» el sentimiento que tengo, te impido entrar. He de expresarlo hasta donde te sea posible acompañarme. A la vez, a ti el sentimiento de simpatía te hará salir de tu indiferencia para «subir» a la altura hasta la cual yo «bajé». Esto se llama «concordia». La con-cordia (es decir, «corazones con…» otros) es un doble movimiento –de subir y bajar- hasta que se produce la armonía. Por eso dice Smith que generalmente «los hombres de mundo» son «apropiados», ya que están acostumbrados a compatibilizar sus estados de ánimo, a lograr el común denominador de la armonía. Por ello, «…es raro que la compañía de los hombres no nos ayude a aliviar nuestros dolores»”.
“Esta es la conclusión de Smith: «Por lo tanto, sentir mucho por los otros y poco por nosotros mismos, contener las afecciones egoístas e impulsar las benévolas, constituye la perfección de la naturaleza humana y es lo único que puede producir esa armonía de sentimientos y pasiones que constituye la gracia de la relación social. Y así como debes querer más a tu prójimo, debes quererte menos a ti mismo; hasta donde el prójimo te pueda querer” (De “Los pensadores de la libertad”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1986).
Los marxistas, por el contrario, no sólo predican el odio entre sectores sociales y naciones, sino que también difaman a quienes promueven actitudes cooperativas, como en el caso de Adam Smith, el realizador de “La riqueza de las naciones”, el primer tratado de economía política. En el escrito previo se advierte la postura ética básica que dicho pensador sugiere para el desarrollo posterior del proceso del mercado; actitud que no difiere esencialmente del camino a la felicidad propuesto por la mayor parte de los filósofos y científicos sociales. Mariano Grondona agrega: “«La teoría de los sentimientos morales» refuta esa imagen según la cual Smith alaba el «homo economicus»”.
Debido a una errónea interpretación del significado del amor, hay quienes suponen que debemos acostumbrarnos al sacrificio cotidiano de ayudar a los demás. En realidad, quien posee atributos favorables a la tendencia a compartir las penas y las alegrías de sus semejantes, sentirá felicidad al hacer el bien, y por ello lo hará con frecuencia. Por el contrario, para quien sea un sacrificio, es posible que con el tiempo desestime su poco efectiva tarea emprendida para lograr la felicidad. De ahí la esencial diferencia entre el altruismo (sacrificio al hacer el bien) y el amor (felicidad al hacer el bien); de donde se explica por qué el socialismo altruista no tuvo éxito mientras que el mercado solidario sí lo tiene.
Los psicólogos sostienen que nuestro nivel de felicidad no cambia esencialmente aun cuando ocurran en nuestra vida algunos acontecimientos importantes, de ahí que no debemos tratar de realizar proyectos que pongan en riesgo nuestra seguridad y tengamos más probabilidades de perder lo que tenemos que de ganar lo que poco nos beneficiará en el futuro. David G. Myers escribió: “La realidad es sorprendente: sobreestimamos el impacto emocional de las noticias muy malas en el largo plazo y subestimamos nuestra capacidad de adaptación. Este hallazgo, que indica que sobreestimamos la duración de las emociones, nos sacude. Incluso en menos tiempo que lo que la mayoría de las personas supone, el impacto emocional de los acontecimientos significativos se disipa. El efecto de los acontecimientos notablemente positivos también es temporario. Una vez que el ataque de euforia se esfuma, los ganadores de la lotería suelen darse cuenta de que, en general, su felicidad no ha cambiado”. Resulta oportuno mencionar una caricatura que aparece en el libro mencionado y en donde aparece un hombre rico confiándole a un amigo: “Me pondría a llorar cuando pienso en los años que perdí acumulando dinero, sólo para saber que mi disposición jovial es genética”.
Es importante dejar de tener ambiciones económicas excesivas ya que, a la larga, el ambicioso cometerá errores que tienden a perturbar el bienestar general de la sociedad. Ya en la época en que se inicia la ciencia económica (siglo XVIII), Adam Smith escribía: “La mente de cada hombre, en un tiempo largo o corto, vuelve a su estado de tranquilidad natural y habitual. En la prosperidad, después de cierto tiempo, se vuelve a caer en ese estado; en la adversidad, después de cierto tiempo, se asciende a ese estado” (De “La teoría de los sentimientos morales”).
Nuestros pensamientos condicionan nuestras emociones, que serán positivas si positivos son aquéllos. Al existir una mentalidad generalizada de la sociedad, influirá en sus integrantes y de ahí que el nivel de felicidad individual tenga relación con las ideas dominantes en la sociedad, por lo que la felicidad personal resulta ser también un fenómeno social.
Por lo general, asociamos el bien a la felicidad y a nuestra capacidad para compartir las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias. De ahí que tal aspecto de nuestra personalidad, cuando es auténtico, se lo puede transmitir a los demás; de lo contrario, sólo se lo podrá mostrar. Myers escribió: “La felicidad no es sólo sentirse bien, es hacer el bien”. “Entre los estudiantes universitarios de todo el mundo, aquellos que dicen que tienen un alto nivel de satisfacción en la vida le dan más importancia al amor que al dinero”.
Para lograr un aceptable nivel de felicidad es necesario saber valorar lo que se tiene; consiste en ser una persona agradecida antes que exigente. Implica ponerse metas accesibles de manera de vivir siempre con la sensación de haberlas cumplido, mientras que quien se impone metas inaccesibles, ha de vivir siempre con la sensación de haber fracasado. Es frecuente el caso de científicos, artistas, empresarios, etc., que logran destacarse en sus respectivas actividades sin lograr un aceptable nivel de felicidad, por lo que resulta importante tener presente la existencia de la inteligencia emocional, como una aptitud mental favorable para ese logro. Arthur Schopenhauer escribió: “Nunca pensamos en lo que tenemos, sino siempre en lo que nos falta”.
Podemos sintetizar la secuencia que va desde las actitudes individuales erróneas hasta la crisis social:
1- El hombre ignora tanto su aspecto emocional como el intelectual, por lo cual busca la felicidad en el bienestar y en las comodidades para su cuerpo.
2- Surge el consumismo, o la sociedad de consumo.
3- El que mucho consume y tiene bastante dinero, hace ostentación de su alto grado de “felicidad”.
4- El que poco consume y tiene una insuficiente cantidad de dinero, siente envidia del ostentoso.
5- El líder populista obtiene los votos de los envidiosos por cuanto promete repartir las ganancias de los ricos en forma equitativa.
Adam Smith escribió: “La humanidad está más dispuesta a simpatizar con nuestra alegría que con nuestra tristeza. Por ello, hacemos parada de nuestra riqueza y ocultamos nuestra pobreza. Si no ¿por qué nos tomaríamos tanto trabajo para parecer o ser ricos? ¿Es acaso para abastecer las necesidades de nuestra naturaleza? El salario del más modesto trabajador puede hacerlo. ¿Acaso creen los ricos que sus estómagos son mejores o que duermen mejor? No, es la vanidad y no el afecto concreto del placer lo que les interesa. En cambio, el hombre pobre se avergüenza de su pobreza. La oscuridad lo cubre pese a que está a la luz del día y nada le duele más que sentir que nadie toma noticia de él”.
En una sociedad en la que predomina la vida ética, no existe la envidia, por cuanto el logro de satisfacciones morales está al alcance de todos. Por el contrario, en la sociedad en la que predomina la vanidad y la vida estética, se supone que sólo puede ser feliz el que posee medios materiales suficientes, y por ello la envidia, con la violencia asociada, son algo corriente. En la sociedad estética, no sólo debe considerarse “materialista” al que busca al dinero como fuente de la felicidad, sino que también lo es quien se menosprecia por no disponerlo en cantidad suficiente. La mayor parte de los pensadores concuerdan en que la felicidad depende esencialmente de los afectos antes que del dinero. De ahí que podamos mencionar una síntesis que aparece en el libro de David G. Myers:
“Las investigaciones han descubierto que las personas felices tienden a: tener una autoestima alta (en los países individualistas), ser optimistas, demostrativos y agradables, tener amigos íntimos o un matrimonio satisfactorio, tener trabajo y tiempo libre de acuerdo con sus capacidades, tener una fe religiosa importante, dormir bien y hacer ejercicios físicos”. “No obstante, la felicidad parece que no está muy relacionada con otros factores como: la edad, el sexo, los niveles de educación, la paternidad (tener hijos o no), el atractivo físico”.
Existe una descripción detallada del proceso por el cual compartimos las penas y las alegrías de los demás que conviene tener presente. Mariano Grondona escribió citando a Adam Smith: “Smith comienza por considerar, primero, el sentimiento de la «simpatía». ¿Por qué habla de «sentimientos»? Esto coincide con la «escuela escocesa del sentido común», que afirma que el hombre tiene un sentido moral («moral sense») intuitivo, no «racional». Para Smith, el primero de esos sentimientos es la «simpatía». «La simpatía es aquella facultad por la cual podemos entrar en los sentimientos de otro». Por ejemplo, si yo veo a alguien que le cometen una injusticia, él siente un sentimiento de indignación y yo lo comparto, salvo que él exagere ese sentimiento, pues entonces ya no podría «entrar» ahí. Si yo experimento una sensación aguda de dolor, nada me es más grato que tú simpatices conmigo. El espectador que no padece el drama puede imaginariamente simpatizar con el verdadero actor del drama y éste recibe un consuelo, un apoyo de «simpatía». Es decir que el primer sentimiento que Smith advierte es un sentimiento de solidaridad en el hombre, que sale de sí mismo para compartir la situación de otro. ¿Cómo compatibilizar esta premisa con su presunta adhesión al egoísmo del «homo economicus»?”.
“Entonces, si yo tengo un sentimiento agudo que me aqueja, que me perturba, cuando lo expreso ante el grupo social con el cual convivo, tengo que bajar el tono de ese sentimiento porque si no lo hago los demás no pueden entrar en él. Si yo expreso «todo» el sentimiento que tengo, te impido entrar. He de expresarlo hasta donde te sea posible acompañarme. A la vez, a ti el sentimiento de simpatía te hará salir de tu indiferencia para «subir» a la altura hasta la cual yo «bajé». Esto se llama «concordia». La con-cordia (es decir, «corazones con…» otros) es un doble movimiento –de subir y bajar- hasta que se produce la armonía. Por eso dice Smith que generalmente «los hombres de mundo» son «apropiados», ya que están acostumbrados a compatibilizar sus estados de ánimo, a lograr el común denominador de la armonía. Por ello, «…es raro que la compañía de los hombres no nos ayude a aliviar nuestros dolores»”.
“Esta es la conclusión de Smith: «Por lo tanto, sentir mucho por los otros y poco por nosotros mismos, contener las afecciones egoístas e impulsar las benévolas, constituye la perfección de la naturaleza humana y es lo único que puede producir esa armonía de sentimientos y pasiones que constituye la gracia de la relación social. Y así como debes querer más a tu prójimo, debes quererte menos a ti mismo; hasta donde el prójimo te pueda querer” (De “Los pensadores de la libertad”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1986).
Los marxistas, por el contrario, no sólo predican el odio entre sectores sociales y naciones, sino que también difaman a quienes promueven actitudes cooperativas, como en el caso de Adam Smith, el realizador de “La riqueza de las naciones”, el primer tratado de economía política. En el escrito previo se advierte la postura ética básica que dicho pensador sugiere para el desarrollo posterior del proceso del mercado; actitud que no difiere esencialmente del camino a la felicidad propuesto por la mayor parte de los filósofos y científicos sociales. Mariano Grondona agrega: “«La teoría de los sentimientos morales» refuta esa imagen según la cual Smith alaba el «homo economicus»”.
Debido a una errónea interpretación del significado del amor, hay quienes suponen que debemos acostumbrarnos al sacrificio cotidiano de ayudar a los demás. En realidad, quien posee atributos favorables a la tendencia a compartir las penas y las alegrías de sus semejantes, sentirá felicidad al hacer el bien, y por ello lo hará con frecuencia. Por el contrario, para quien sea un sacrificio, es posible que con el tiempo desestime su poco efectiva tarea emprendida para lograr la felicidad. De ahí la esencial diferencia entre el altruismo (sacrificio al hacer el bien) y el amor (felicidad al hacer el bien); de donde se explica por qué el socialismo altruista no tuvo éxito mientras que el mercado solidario sí lo tiene.
La automutilación espiritual
La conducta de todo individuo depende bastante del medio social en donde desarrolla su vida, siendo el grupo social el que lo presiona a adoptar la escala de valores dominante. No todo individuo ha de dejarse influir por la mentalidad dominante del grupo, pero deberá hacer un gran esfuerzo de adaptación si sus ideas difieren bastante de lo que está generalizado.
Es posible advertir diferencias importantes entre las personas de, digamos, más de 70 años, por una parte, y los jóvenes actuales. Entre las diferencias más notorias se encuentra el de la escala de valores dominante ya que, por lo general, la gente de mayor edad tiende a pagar sus deudas, o cumplir con sus obligaciones, previendo la posible opinión del acreedor, o de quien hubo establecido algún pacto de tipo laboral o comercial. Tales personas tienden a pagar estrictamente lo que deben por cuanto tratan prioritariamente de mostrar a los demás, y a si mismos, que son “personas de palabra”, que tienen dignidad y que lo peor que puede pasarles es que los demás piensen que son unos estafadores, o algo semejante. Entre sus valores predomina netamente lo ético sobre lo económico, ya que prefieren carecer de alguna comodidad para su hogar que dejar de pagar sus obligaciones pactadas.
Por el contrario, entre los integrantes del grupo social que tienen varios años menos, se advierte una escala de valores distinta a la mencionada, ya que es típico encontrar a un joven que prioriza sus vacaciones, o la compra de algún dispositivo prescindible, al cumplimiento de obligaciones contraídas. Poco le importa la opinión de los demás, y la suya respecto a sí mismo, por cuanto entre sus valores es más importante la comodidad de su cuerpo y la diversión de su mente que los aspectos éticos asociados a su conducta social. Este cambio de actitud nos indica una tendencia que va desde el hombre íntegro hacia el hombre automutilado espiritualmente, también denominado “hombre light”, es decir, aquel que carece de varios de sus componentes esenciales.
Alguien podrá decir, con mucha razón, que conoce abuelos tramposos y jóvenes decentes, y que siempre “ha habido de todo”. Lo que quiere afirmarse en el tema tratado es la existencia de un creciente porcentaje de la sociedad en el que predomina la escala de valores moderna sobre la antigua, sin hacer nunca una afirmación respecto a una totalidad de personas que adhieran a una u otra escala de valores. Quienes pueden corroborar la tendencia hacia el hombre light son los docentes que llevan varios años en su tarea y que encuentran diferencias notables entre la actitud mayoritaria de hace algunas decenas de años atrás respecto de la que ahora predomina.
El deterioro ético puede observarse también en los distintos ámbitos deportivos, ya que de las épocas de Juan M. Fangio, por ejemplo, se recuerda al piloto Peter Collins cuando cede su auto para que aquél pueda ganar el campeonato mundial de 1956 (el reglamento permitía ese cambio, con la división posterior de puntos entre ambos pilotos). Collins le dice a Fangio: “Súbase Maestro; yo soy más joven y todavía tengo mucho tiempo para ganar un título…..”. Debe señalarse que Collins tenía también posibilidades de lograr el campeonato. Los autores de “Fórmula 1. La eterna pasión” escriben: “La acción del británico, además del agradecimiento de Fangio, contó con un reconocimiento general del ambiente. Pero el destino no fue justo con Collins, ya que el futuro lo estaba esperando con un trágico final [1958] sin haberle permitido concretar ese sueño de campeón resignado en Monza a favor de su veterano compañero” (De la Revista Olé-Buenos Aires 2000).
Como contrapartida tenemos el caso de Michael Schumacher, el mayor ganador de competencias y de campeonatos en Fórmula 1, a quien también se lo recuerda por haber participado en maniobras “sucias” al intentar chocar contra el auto de otro competidor para que, al quedar ambos fuera de carrera, el propio Schumacher obtuviera el campeonato mundial. Lo grave de la situación es que poco le importaba la opinión de los millones de teleespectadores que observaban la maniobra, ni siquiera le importaba su propia conciencia, ya que en la escala de valores dominante el éxito deportivo primaba sobre los valores éticos elementales. Estos hechos del automovilismo deportivo confirman lo anteriormente expuesto. Podemos hacer una síntesis de la tendencia mencionada:
1- Antes: los valores humanos, o éticos, son más importantes que el éxito económico, deportivo o profesional
2- Ahora: el éxito económico, deportivo o profesional es más importante que los valores humanos, o éticos
El hombre automutilado espiritualmente busca la felicidad, como todos, pero cree que la va a encontrar fuera de lo ético, que es como decir, fuera de los afectos humanos, y sólo en el marco de lo estrictamente material. De ahí la desnaturalización de la esencia humana, ya que el hombre mutilado por decisión propia deja de lado una parte importante de su personalidad. La crisis del individuo es el inicio de la crisis posterior de las instituciones, de la economía, de la política, de la educación y de todo lo demás. Enrique Rojas escribió:
“Desde hace ya unos años me preocupan los derroteros por los que se dirige la sociedad opulenta del bienestar en Occidente, y también porque su influencia en el resto de los continentes abre camino, crea opinión y propone argumentos. Es una sociedad, en cierta medida, que está enferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva por bandera una tetralogía nihilista: hedonismo-consumismo-permisividad-relatividad. Todos ellos enhebrados por el materialismo. Un individuo así se parece mucho a los denominados productos light de nuestros días: comidas sin calorías y sin grasas, cerveza sin alcohol, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, Coca-Cola sin cafeína y sin azúcar, mantequilla sin grasa….y un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones”. “El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo materialmente casi todo. Esto es lo grave”.
Respecto de los valores o tendencias mencionadas, el citado autor las define de la siguiente forma:
a) Materialismo: hace que un individuo tenga cierto reconocimiento social por el único hecho de ganar mucho dinero.
b) Hedonismo: pasarlo bien a costa de lo que sea es el nuevo código de comportamiento, lo que apunta hacia la muerte de los ideales, el vacío de sentido y la búsqueda de una serie de sensaciones cada vez más nuevas y excitantes.
c) Permisividad: arrasa los mejores propósitos e ideales.
d) Revolución sin finalidad y sin programa: la ética permisiva sustituye a la moral, lo cual engendra un desconcierto generalizado.
e) Relativismo: todo es relativo, con lo que se cae en la absolutización de lo relativo; brotan así unas reglas presididas por la subjetividad.
f) Consumismo: representa la fórmula posmoderna de la libertad.
El hombre automutilado espiritualmente no sólo lo es por separar lo ético de su propia esencia, sino también lo intelectual. Posiblemente en este caso tenga algo que ver la enorme cantidad de información que dispone diariamente a través de los medios masivos de comunicación y que, por ello, se sienta apabullado sin tener un adecuado criterio de selección. Enrique Rojas escribió al respecto:
“Se trata de un hombre relativamente bien informado, pero con escasa educación humana, muy entregado al pragmatismo, por una parte, y a bastantes tópicos, por otra. Todo le interesa, pero a nivel superficial; no es capaz de hacer la síntesis de aquello que percibe, y, en consecuencia, se ha ido convirtiendo en un sujeto trivial, ligero, frívolo, que lo acepta todo, pero que carece de unos criterios sólidos en su conducta. Todo se torna en él etéreo, leve, volátil, banal, permisivo. Ha visto tantos cambios, tan rápidos y en un tiempo tan corto, que empieza a no saber a qué atenerse o, lo que es lo mismo, hace suyas las afirmaciones como «Todo vale», «Qué más da» o «Las cosas han cambiado». Y así nos encontramos con un buen profesional en su tema, que conoce bien la tarea que tiene entre manos, pero que fuera de ese contexto va a la deriva, sin ideas claras, atrapado –como está- en un mundo lleno de información, que le distrae, pero que poco a poco le convierte en un hombre superficial, indiferente, permisivo, en el que anida un gran vacío moral”. (De “El hombre light”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2007).
Ante la evidente crisis del hombre, y la posterior crisis de la sociedad, resulta necesario salir de la automutilación hasta llegar a la integridad espiritual, haciendo al individuo consciente de que su naturaleza humana implica también los aspectos afectivos y los intelectuales. Sin embargo, existen muchos sectores que observan las cosas de una forma opuesta, es decir, suponen que es el “sistema de producción” el que está mal elegido (el capitalismo) y que el individuo entra en crisis debido a las deficiencias del sistema, por lo cual debe nuevamente intentarse una salida con el socialismo.
En primer lugar, debemos decir que la economía de mercado, o capitalismo, es un sistema de producción y de distribución que puede responder de la mejor forma, o de la menos mala si se quiere, ante las demandas de los consumidores. Luego, si tal demanda consiste en cosas inútiles o superfluas, que fomentan la decadencia espiritual del hombre, no es un problema del método que resulta eficaz para responder a esas demandas, sino que el problema radica en el consumidor y su estado de crisis.
Pongamos como ejemplo el caso del individuo que vive tan sólo para la novedad tecnológica en materia de computación y de comunicaciones, dedicando casi el 100% de su cerebro y de su tiempo a tal actividad, olvidando los atributos espirituales y sociales del hombre. Es evidente que su elección de vida necesita mejorar bastante, pero resulta inadmisible culpar a los fabricantes de celulares y de computadoras, incluidas las propagandas respectivas, como factores del deterioro de tal individuo.
Si hay algo pernicioso en el sistema capitalista, resulta conveniente indagar en los libros de los “ideólogos del liberalismo” para encontrar allí la “fuente de la maldad” que tiende a destruir las sociedades actuales. Y allí encontraremos el trabajo de economistas que describen los mecanismos que vinculan los medios de producción con el consumo dando sugerencias de cómo optimizar tal proceso. Por lo general, no olvidan sugerir que los educadores y los intelectuales deben tratar de que los hombres se encaminen por la senda de la ética para que sus demandas sean orientadas por valores dignos de la esencia básica del hombre, ya que es el consumidor el que comanda, en definitiva, el sistema productivo.
Es posible advertir diferencias importantes entre las personas de, digamos, más de 70 años, por una parte, y los jóvenes actuales. Entre las diferencias más notorias se encuentra el de la escala de valores dominante ya que, por lo general, la gente de mayor edad tiende a pagar sus deudas, o cumplir con sus obligaciones, previendo la posible opinión del acreedor, o de quien hubo establecido algún pacto de tipo laboral o comercial. Tales personas tienden a pagar estrictamente lo que deben por cuanto tratan prioritariamente de mostrar a los demás, y a si mismos, que son “personas de palabra”, que tienen dignidad y que lo peor que puede pasarles es que los demás piensen que son unos estafadores, o algo semejante. Entre sus valores predomina netamente lo ético sobre lo económico, ya que prefieren carecer de alguna comodidad para su hogar que dejar de pagar sus obligaciones pactadas.
Por el contrario, entre los integrantes del grupo social que tienen varios años menos, se advierte una escala de valores distinta a la mencionada, ya que es típico encontrar a un joven que prioriza sus vacaciones, o la compra de algún dispositivo prescindible, al cumplimiento de obligaciones contraídas. Poco le importa la opinión de los demás, y la suya respecto a sí mismo, por cuanto entre sus valores es más importante la comodidad de su cuerpo y la diversión de su mente que los aspectos éticos asociados a su conducta social. Este cambio de actitud nos indica una tendencia que va desde el hombre íntegro hacia el hombre automutilado espiritualmente, también denominado “hombre light”, es decir, aquel que carece de varios de sus componentes esenciales.
Alguien podrá decir, con mucha razón, que conoce abuelos tramposos y jóvenes decentes, y que siempre “ha habido de todo”. Lo que quiere afirmarse en el tema tratado es la existencia de un creciente porcentaje de la sociedad en el que predomina la escala de valores moderna sobre la antigua, sin hacer nunca una afirmación respecto a una totalidad de personas que adhieran a una u otra escala de valores. Quienes pueden corroborar la tendencia hacia el hombre light son los docentes que llevan varios años en su tarea y que encuentran diferencias notables entre la actitud mayoritaria de hace algunas decenas de años atrás respecto de la que ahora predomina.
El deterioro ético puede observarse también en los distintos ámbitos deportivos, ya que de las épocas de Juan M. Fangio, por ejemplo, se recuerda al piloto Peter Collins cuando cede su auto para que aquél pueda ganar el campeonato mundial de 1956 (el reglamento permitía ese cambio, con la división posterior de puntos entre ambos pilotos). Collins le dice a Fangio: “Súbase Maestro; yo soy más joven y todavía tengo mucho tiempo para ganar un título…..”. Debe señalarse que Collins tenía también posibilidades de lograr el campeonato. Los autores de “Fórmula 1. La eterna pasión” escriben: “La acción del británico, además del agradecimiento de Fangio, contó con un reconocimiento general del ambiente. Pero el destino no fue justo con Collins, ya que el futuro lo estaba esperando con un trágico final [1958] sin haberle permitido concretar ese sueño de campeón resignado en Monza a favor de su veterano compañero” (De la Revista Olé-Buenos Aires 2000).
Como contrapartida tenemos el caso de Michael Schumacher, el mayor ganador de competencias y de campeonatos en Fórmula 1, a quien también se lo recuerda por haber participado en maniobras “sucias” al intentar chocar contra el auto de otro competidor para que, al quedar ambos fuera de carrera, el propio Schumacher obtuviera el campeonato mundial. Lo grave de la situación es que poco le importaba la opinión de los millones de teleespectadores que observaban la maniobra, ni siquiera le importaba su propia conciencia, ya que en la escala de valores dominante el éxito deportivo primaba sobre los valores éticos elementales. Estos hechos del automovilismo deportivo confirman lo anteriormente expuesto. Podemos hacer una síntesis de la tendencia mencionada:
1- Antes: los valores humanos, o éticos, son más importantes que el éxito económico, deportivo o profesional
2- Ahora: el éxito económico, deportivo o profesional es más importante que los valores humanos, o éticos
El hombre automutilado espiritualmente busca la felicidad, como todos, pero cree que la va a encontrar fuera de lo ético, que es como decir, fuera de los afectos humanos, y sólo en el marco de lo estrictamente material. De ahí la desnaturalización de la esencia humana, ya que el hombre mutilado por decisión propia deja de lado una parte importante de su personalidad. La crisis del individuo es el inicio de la crisis posterior de las instituciones, de la economía, de la política, de la educación y de todo lo demás. Enrique Rojas escribió:
“Desde hace ya unos años me preocupan los derroteros por los que se dirige la sociedad opulenta del bienestar en Occidente, y también porque su influencia en el resto de los continentes abre camino, crea opinión y propone argumentos. Es una sociedad, en cierta medida, que está enferma, de la cual emerge el hombre light, un sujeto que lleva por bandera una tetralogía nihilista: hedonismo-consumismo-permisividad-relatividad. Todos ellos enhebrados por el materialismo. Un individuo así se parece mucho a los denominados productos light de nuestros días: comidas sin calorías y sin grasas, cerveza sin alcohol, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, Coca-Cola sin cafeína y sin azúcar, mantequilla sin grasa….y un hombre sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones”. “El hombre light carece de referentes, tiene un gran vacío moral y no es feliz, aun teniendo materialmente casi todo. Esto es lo grave”.
Respecto de los valores o tendencias mencionadas, el citado autor las define de la siguiente forma:
a) Materialismo: hace que un individuo tenga cierto reconocimiento social por el único hecho de ganar mucho dinero.
b) Hedonismo: pasarlo bien a costa de lo que sea es el nuevo código de comportamiento, lo que apunta hacia la muerte de los ideales, el vacío de sentido y la búsqueda de una serie de sensaciones cada vez más nuevas y excitantes.
c) Permisividad: arrasa los mejores propósitos e ideales.
d) Revolución sin finalidad y sin programa: la ética permisiva sustituye a la moral, lo cual engendra un desconcierto generalizado.
e) Relativismo: todo es relativo, con lo que se cae en la absolutización de lo relativo; brotan así unas reglas presididas por la subjetividad.
f) Consumismo: representa la fórmula posmoderna de la libertad.
El hombre automutilado espiritualmente no sólo lo es por separar lo ético de su propia esencia, sino también lo intelectual. Posiblemente en este caso tenga algo que ver la enorme cantidad de información que dispone diariamente a través de los medios masivos de comunicación y que, por ello, se sienta apabullado sin tener un adecuado criterio de selección. Enrique Rojas escribió al respecto:
“Se trata de un hombre relativamente bien informado, pero con escasa educación humana, muy entregado al pragmatismo, por una parte, y a bastantes tópicos, por otra. Todo le interesa, pero a nivel superficial; no es capaz de hacer la síntesis de aquello que percibe, y, en consecuencia, se ha ido convirtiendo en un sujeto trivial, ligero, frívolo, que lo acepta todo, pero que carece de unos criterios sólidos en su conducta. Todo se torna en él etéreo, leve, volátil, banal, permisivo. Ha visto tantos cambios, tan rápidos y en un tiempo tan corto, que empieza a no saber a qué atenerse o, lo que es lo mismo, hace suyas las afirmaciones como «Todo vale», «Qué más da» o «Las cosas han cambiado». Y así nos encontramos con un buen profesional en su tema, que conoce bien la tarea que tiene entre manos, pero que fuera de ese contexto va a la deriva, sin ideas claras, atrapado –como está- en un mundo lleno de información, que le distrae, pero que poco a poco le convierte en un hombre superficial, indiferente, permisivo, en el que anida un gran vacío moral”. (De “El hombre light”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2007).
Ante la evidente crisis del hombre, y la posterior crisis de la sociedad, resulta necesario salir de la automutilación hasta llegar a la integridad espiritual, haciendo al individuo consciente de que su naturaleza humana implica también los aspectos afectivos y los intelectuales. Sin embargo, existen muchos sectores que observan las cosas de una forma opuesta, es decir, suponen que es el “sistema de producción” el que está mal elegido (el capitalismo) y que el individuo entra en crisis debido a las deficiencias del sistema, por lo cual debe nuevamente intentarse una salida con el socialismo.
En primer lugar, debemos decir que la economía de mercado, o capitalismo, es un sistema de producción y de distribución que puede responder de la mejor forma, o de la menos mala si se quiere, ante las demandas de los consumidores. Luego, si tal demanda consiste en cosas inútiles o superfluas, que fomentan la decadencia espiritual del hombre, no es un problema del método que resulta eficaz para responder a esas demandas, sino que el problema radica en el consumidor y su estado de crisis.
Pongamos como ejemplo el caso del individuo que vive tan sólo para la novedad tecnológica en materia de computación y de comunicaciones, dedicando casi el 100% de su cerebro y de su tiempo a tal actividad, olvidando los atributos espirituales y sociales del hombre. Es evidente que su elección de vida necesita mejorar bastante, pero resulta inadmisible culpar a los fabricantes de celulares y de computadoras, incluidas las propagandas respectivas, como factores del deterioro de tal individuo.
Si hay algo pernicioso en el sistema capitalista, resulta conveniente indagar en los libros de los “ideólogos del liberalismo” para encontrar allí la “fuente de la maldad” que tiende a destruir las sociedades actuales. Y allí encontraremos el trabajo de economistas que describen los mecanismos que vinculan los medios de producción con el consumo dando sugerencias de cómo optimizar tal proceso. Por lo general, no olvidan sugerir que los educadores y los intelectuales deben tratar de que los hombres se encaminen por la senda de la ética para que sus demandas sean orientadas por valores dignos de la esencia básica del hombre, ya que es el consumidor el que comanda, en definitiva, el sistema productivo.
El Bien y la Verdad
Es deseable disponer de descripciones de tipo axiomático, como ocurre en el caso de algunas de las ramas de la ciencia experimental, ya que posibilitan tener en la mente unos pocos principios básicos desde los cuales se podrá luego deducir una gran variedad de fenómenos relacionados. De esa forma tendremos la sensación de que, mientras mayor sea nuestro conocimiento, menor cantidad de información tendremos almacenada en nuestra memoria.
En el caso del comportamiento humano, es necesario también disponer de un conocimiento sintetizado en unos pocos principios de manera de que puedan orientarnos con seguridad hacia el mejoramiento individual y social. Ello implica que debemos encontrar una “teoría de las virtudes” que nos indique cuáles son las esenciales y cómo podremos tratar de consolidarlas. Además, si podemos describirlas aceptablemente, su seguimiento nos dará un concreto sentido de la vida, asociado a nuestra naturaleza humana, al cual se le agregarán los sentidos de la vida particulares asociados a la vocación laboral, intelectual, artística, etc., de cada individuo.
Las dos dimensiones básicas del hombre están asociadas, por una parte, a los afectos, emociones o sentimientos, que son el fundamento de nuestro comportamiento ético, y al conocimiento, o descripción del mundo real, que es el fundamento de nuestro quehacer intelectual, por otra parte. Para el primero debemos disponer de una “teoría del comportamiento”, o “teoría de la acción ética”, mientras que para el segundo debemos disponer de una “teoría del conocimiento”.
El ideal supremo de la ética es el Bien, mientras que el ideal supremo del conocimiento es la Verdad. De ahí que esos dos grandes objetivos, que se han buscado a lo largo de la historia, determinan dos tipos principales de hombres: los santos, quienes buscan el Bien con preponderancia, y los sabios, quienes buscan la Verdad. De ahí que ambos son (o han sido) los ejemplos personales que se trató de seguir. Mahatma Gandhi escribió: “No tengo nada nuevo que enseñar al mundo. La verdad y la no violencia son tan antiguas como las montañas. Toda mi obra consiste en haber experimentado con ambas en una escala tan vasta como me fue posible. Al hacerlo, me he equivocado algunas veces y he aprendido de mis errores. La vida y sus problemas se han convertido así, para mí, en sucesivos experimentos en la práctica de la verdad y la no violencia” (De “Mahatma Gandhi. Pensamientos escogidos”-R. Attenborough-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).
Si el Bien y la Verdad son los ideales que debemos alcanzar, se deduce que lo opuesto, el mal y la mentira serán los ideales negativos que debemos rechazar. Recordemos que la historia de la humanidad, desde el punto de vista de la Biblia, no es otra cosa que la lucha histórica entre el Bien y la Verdad, por una parte, en contra del mal y de la mentira, por la otra. Incluso en dicho Libro Sagrado se contempla un futuro feliz con el triunfo del Bien y de la Verdad, pero dicho triunfo no debe esperarse de brazos cruzados, ya que habrá de conseguirse mediante el afianzamiento de nuestro conocimiento sobre el comportamiento humano, y su posterior difusión, aspecto que depende de todos y de cada uno de nosotros.
Debemos entonces definir el Bien desde la perspectiva que nos dan las ciencias sociales, en especial la Psicología Social. Para ello debemos mencionar la existencia de cuatro componentes afectivas básicas que conforman nuestra actitud característica, tales el amor, el odio, el egoísmo y la indiferencia. El Bien ha de estar asociado a la actitud del amor por el cual compartimos las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias. Esta definición deja de lado la diferencia entre el bien propio y el ajeno, o el bien común, por cuanto no existe uno sin el otro. Esta actitud forma parte del fenómeno general de la empatía, por el cual nos ubicamos afectivamente en la posición de los demás compartiendo su alegría o su dolor.
En cuanto a la verdad, podemos decir que se trata de un conocimiento que difiere poco, o nada, de la realidad que se está describiendo, aunque pocas veces llegamos a esa situación. Ésta es la verdad científica, mientras que la Verdad (con mayúscula, para diferenciarla de la anterior) ha de ser la descripción asociada al camino hacia una óptima actitud ética del hombre, que le ha de permitir encontrar un sentido pleno de la vida e incluso la vida eterna según el cristianismo. Debido a que, lo que resulta accesible a nuestras decisiones, es la elección de una actitud afectiva y de una cognitiva, la verdad que proviene de la ciencia social no ha de diferir esencialmente de la Verdad sugerida por la religión cristiana.
Uno de los personajes históricos cuya vida fue orientada por una capacidad de amar cuyo alcance fue bastante más allá del ámbito familiar, fue San Francisco de Asís, respecto del cual René Fülöp-Miller escribió: “El breve lapso de veintidós años, que abarca su vida de santidad, puede ser considerado como el periodo más glorioso en la historia de la Iglesia y el de mayor peso e importancia que la suma de todas sus otras pretensiones a la fama. Fueron años de plena realización humana, más verdadero que cualesquiera otros de las vidas humanas anteriores y posteriores a la suya, pues en la vida mundana de Francisco un vínculo común de alegría deshizo todos los contrastes y todas las contradicciones. El mundo interior y el exterior; el hombre y la naturaleza; el pensamiento y la acción; la humildad y el poder; la renunciación y la abundancia, todos ellos fueron hechos para unir. El abismo entre el hombre y Dios fue superado. La época de la inocencia que precedió a la caída había sido recobrada: el amor lo había logrado. El mismo amor, que había hecho de Jesús de Nazareth el mediador entre Dios y el hombre, había renacido en Francisco, había una vez más tomado la forma de hombre, y había hecho de Francisco el mediador entre Cristo y sus fieles” (De “Santos que conmovieron al mundo”-Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1946).
La decadencia de la cristiandad se debe, en parte, a que, en lugar de tomar como ejemplo la vida de los santos, se los transforma en seres milagrosos que nos beneficiarán de alguna manera ante nuestros pedidos, casi como si fueran amuletos de la buena suerte. Y quien vea en los santos un ejemplo ético, sobre todas las cosas, sin tener en cuenta algún fenómeno de tipo sobrenatural, será considerado despectivamente como “ateo”, “no creyente”, o con algún des-calificativo similar.
Aceptando la teoría del conocimiento propuesta por Karl Popper, principalmente, el método de prueba y error resulta ser el proceso básico para adquirir todo nuevo conocimiento, ya sea en el ámbito de la ciencia o en el caso del conocimiento cotidiano de cada hombre. De ahí la necesidad de considerar el error como una diferencia entre un modelo mental establecido y una referencia de comparación. También en el caso de las ideologías, o de los sistemas filosóficos, ocurre algo similar. De ahí que debamos elegir una referencia entre unas pocas posibles y que constituyen las componentes cognitivas de nuestra actitud característica, y que son: la referencia en la realidad, en uno mismo, en otra persona o en lo que acepta la mayoría, de donde se elige a la primera por producir los mejores resultados, por cuanto es la referencia que se adopta en el método científico.
Si el Bien y la Verdad son los dos objetivos prioritarios a alcanzar, los restantes logros éticos se darán como consecuencias de ellos. Así, si consideramos los objetivos asociados a los ideales democráticos, como son la libertad y la igualdad, o los derechos a la vida, puede observarse que no difieren esencialmente del ideal asociado con el “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Si se generalizara la adopción y el cumplimiento de tal mandato bíblico, resurgiría el ideal de libertad, por cuanto ningún político a cargo del Estado, o ningún líder en situación dominante en cualquier grupo social, habrían de aprovecharse de su situación para restringir la libertad de quienes ocupan peldaños inferiores en una cierta escala jerárquica. Además, el sentimiento de igualdad habría de resurgir justamente al compartir todo individuo las penas y las alegrías ajenas como propias.
Si en los mandamientos bíblicos vienen implícitos tanto el sentido de la vida como las directivas para lograrlo a través de la unificación de las virtudes humanas, surge el interrogante de porqué son rechazados por parte de quienes promueven la igualdad social, o la indiferencia de quienes proponen la libertad del individuo respecto de los demás hombres. Una de las razones es que los seguidores y difusores del cristianismo han interpretado que la religión es una cuestión de actitud filosófica antes que de acción ética, y que todo resulta misterioso e inaccesible a la razón. Incluso quien trate de interpretar el mandamiento citado en base a algo concreto, como el fenómeno de la empatía, es alguien sospechoso que se está entrometiendo en lo sagrado, cometiendo un sacrilegio.
En cuanto a los opositores al Bien y a la Verdad, encontramos dos “adversarios” de importancia, además del mencionado “enemigo” interno:
a) El relativismo moral, cognitivo y cultural
b) Las ideologías totalitarias
Los distintos relativismos se basan en el rechazo del Bien y de la Verdad objetivos, es decir, con igual validez para todos los hombres y para todas las épocas. Como el Bien, asociado al amor, y la Verdad, asociada al conocimiento de la ley natural, están ligados a la naturaleza humana, y forman parte de la ciencia experimental, “heredan” los atributos de la ley natural, esto es, resultan invariables para todos los pueblos y vigentes para todos los tiempos.
Quienes niegan toda validez al Bien y a la Verdad objetivos, tienden a reemplazarlos por el mal y la mentira, apareciendo el odio como sustituto del amor, siendo el odio una especie de “empatía negativa” por cuanto transforma las alegrías ajenas en sufrimiento propio y el sufrimiento ajeno en alegría propia.
Las ideologías totalitarias son esencialmente promotoras y difusoras del odio y la mentira. Dividen a los pueblos en dos sectores: el sector A, los adeptos, y el sector B, el enemigo real o imaginario. Estimulan el odio en los integrantes del sector A, degradándolos ya que son usados con fines innobles, y atacan y descalifican a los integrantes del sector B, que son las víctimas restantes. La diferencia entre los enemigos elegidos caracteriza al tipo de totalitarismo, pudiendo ser un grupo étnico (nazismo), un sector de la sociedad (marxismo), los extranjeros (nacionalismos), la oligarquía (peronismo) o simplemente los opositores (kirchnerismo). Todos los totalitarismos necesitan imperiosamente alimentar diariamente a las masas con la ración de odio que necesitan para sentirse importantes y para tener un sentido de la vida que no han encontrado todavía.
En el caso del comportamiento humano, es necesario también disponer de un conocimiento sintetizado en unos pocos principios de manera de que puedan orientarnos con seguridad hacia el mejoramiento individual y social. Ello implica que debemos encontrar una “teoría de las virtudes” que nos indique cuáles son las esenciales y cómo podremos tratar de consolidarlas. Además, si podemos describirlas aceptablemente, su seguimiento nos dará un concreto sentido de la vida, asociado a nuestra naturaleza humana, al cual se le agregarán los sentidos de la vida particulares asociados a la vocación laboral, intelectual, artística, etc., de cada individuo.
Las dos dimensiones básicas del hombre están asociadas, por una parte, a los afectos, emociones o sentimientos, que son el fundamento de nuestro comportamiento ético, y al conocimiento, o descripción del mundo real, que es el fundamento de nuestro quehacer intelectual, por otra parte. Para el primero debemos disponer de una “teoría del comportamiento”, o “teoría de la acción ética”, mientras que para el segundo debemos disponer de una “teoría del conocimiento”.
El ideal supremo de la ética es el Bien, mientras que el ideal supremo del conocimiento es la Verdad. De ahí que esos dos grandes objetivos, que se han buscado a lo largo de la historia, determinan dos tipos principales de hombres: los santos, quienes buscan el Bien con preponderancia, y los sabios, quienes buscan la Verdad. De ahí que ambos son (o han sido) los ejemplos personales que se trató de seguir. Mahatma Gandhi escribió: “No tengo nada nuevo que enseñar al mundo. La verdad y la no violencia son tan antiguas como las montañas. Toda mi obra consiste en haber experimentado con ambas en una escala tan vasta como me fue posible. Al hacerlo, me he equivocado algunas veces y he aprendido de mis errores. La vida y sus problemas se han convertido así, para mí, en sucesivos experimentos en la práctica de la verdad y la no violencia” (De “Mahatma Gandhi. Pensamientos escogidos”-R. Attenborough-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1983).
Si el Bien y la Verdad son los ideales que debemos alcanzar, se deduce que lo opuesto, el mal y la mentira serán los ideales negativos que debemos rechazar. Recordemos que la historia de la humanidad, desde el punto de vista de la Biblia, no es otra cosa que la lucha histórica entre el Bien y la Verdad, por una parte, en contra del mal y de la mentira, por la otra. Incluso en dicho Libro Sagrado se contempla un futuro feliz con el triunfo del Bien y de la Verdad, pero dicho triunfo no debe esperarse de brazos cruzados, ya que habrá de conseguirse mediante el afianzamiento de nuestro conocimiento sobre el comportamiento humano, y su posterior difusión, aspecto que depende de todos y de cada uno de nosotros.
Debemos entonces definir el Bien desde la perspectiva que nos dan las ciencias sociales, en especial la Psicología Social. Para ello debemos mencionar la existencia de cuatro componentes afectivas básicas que conforman nuestra actitud característica, tales el amor, el odio, el egoísmo y la indiferencia. El Bien ha de estar asociado a la actitud del amor por el cual compartimos las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias. Esta definición deja de lado la diferencia entre el bien propio y el ajeno, o el bien común, por cuanto no existe uno sin el otro. Esta actitud forma parte del fenómeno general de la empatía, por el cual nos ubicamos afectivamente en la posición de los demás compartiendo su alegría o su dolor.
En cuanto a la verdad, podemos decir que se trata de un conocimiento que difiere poco, o nada, de la realidad que se está describiendo, aunque pocas veces llegamos a esa situación. Ésta es la verdad científica, mientras que la Verdad (con mayúscula, para diferenciarla de la anterior) ha de ser la descripción asociada al camino hacia una óptima actitud ética del hombre, que le ha de permitir encontrar un sentido pleno de la vida e incluso la vida eterna según el cristianismo. Debido a que, lo que resulta accesible a nuestras decisiones, es la elección de una actitud afectiva y de una cognitiva, la verdad que proviene de la ciencia social no ha de diferir esencialmente de la Verdad sugerida por la religión cristiana.
Uno de los personajes históricos cuya vida fue orientada por una capacidad de amar cuyo alcance fue bastante más allá del ámbito familiar, fue San Francisco de Asís, respecto del cual René Fülöp-Miller escribió: “El breve lapso de veintidós años, que abarca su vida de santidad, puede ser considerado como el periodo más glorioso en la historia de la Iglesia y el de mayor peso e importancia que la suma de todas sus otras pretensiones a la fama. Fueron años de plena realización humana, más verdadero que cualesquiera otros de las vidas humanas anteriores y posteriores a la suya, pues en la vida mundana de Francisco un vínculo común de alegría deshizo todos los contrastes y todas las contradicciones. El mundo interior y el exterior; el hombre y la naturaleza; el pensamiento y la acción; la humildad y el poder; la renunciación y la abundancia, todos ellos fueron hechos para unir. El abismo entre el hombre y Dios fue superado. La época de la inocencia que precedió a la caída había sido recobrada: el amor lo había logrado. El mismo amor, que había hecho de Jesús de Nazareth el mediador entre Dios y el hombre, había renacido en Francisco, había una vez más tomado la forma de hombre, y había hecho de Francisco el mediador entre Cristo y sus fieles” (De “Santos que conmovieron al mundo”-Espasa-Calpe Argentina SA-Buenos Aires 1946).
La decadencia de la cristiandad se debe, en parte, a que, en lugar de tomar como ejemplo la vida de los santos, se los transforma en seres milagrosos que nos beneficiarán de alguna manera ante nuestros pedidos, casi como si fueran amuletos de la buena suerte. Y quien vea en los santos un ejemplo ético, sobre todas las cosas, sin tener en cuenta algún fenómeno de tipo sobrenatural, será considerado despectivamente como “ateo”, “no creyente”, o con algún des-calificativo similar.
Aceptando la teoría del conocimiento propuesta por Karl Popper, principalmente, el método de prueba y error resulta ser el proceso básico para adquirir todo nuevo conocimiento, ya sea en el ámbito de la ciencia o en el caso del conocimiento cotidiano de cada hombre. De ahí la necesidad de considerar el error como una diferencia entre un modelo mental establecido y una referencia de comparación. También en el caso de las ideologías, o de los sistemas filosóficos, ocurre algo similar. De ahí que debamos elegir una referencia entre unas pocas posibles y que constituyen las componentes cognitivas de nuestra actitud característica, y que son: la referencia en la realidad, en uno mismo, en otra persona o en lo que acepta la mayoría, de donde se elige a la primera por producir los mejores resultados, por cuanto es la referencia que se adopta en el método científico.
Si el Bien y la Verdad son los dos objetivos prioritarios a alcanzar, los restantes logros éticos se darán como consecuencias de ellos. Así, si consideramos los objetivos asociados a los ideales democráticos, como son la libertad y la igualdad, o los derechos a la vida, puede observarse que no difieren esencialmente del ideal asociado con el “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Si se generalizara la adopción y el cumplimiento de tal mandato bíblico, resurgiría el ideal de libertad, por cuanto ningún político a cargo del Estado, o ningún líder en situación dominante en cualquier grupo social, habrían de aprovecharse de su situación para restringir la libertad de quienes ocupan peldaños inferiores en una cierta escala jerárquica. Además, el sentimiento de igualdad habría de resurgir justamente al compartir todo individuo las penas y las alegrías ajenas como propias.
Si en los mandamientos bíblicos vienen implícitos tanto el sentido de la vida como las directivas para lograrlo a través de la unificación de las virtudes humanas, surge el interrogante de porqué son rechazados por parte de quienes promueven la igualdad social, o la indiferencia de quienes proponen la libertad del individuo respecto de los demás hombres. Una de las razones es que los seguidores y difusores del cristianismo han interpretado que la religión es una cuestión de actitud filosófica antes que de acción ética, y que todo resulta misterioso e inaccesible a la razón. Incluso quien trate de interpretar el mandamiento citado en base a algo concreto, como el fenómeno de la empatía, es alguien sospechoso que se está entrometiendo en lo sagrado, cometiendo un sacrilegio.
En cuanto a los opositores al Bien y a la Verdad, encontramos dos “adversarios” de importancia, además del mencionado “enemigo” interno:
a) El relativismo moral, cognitivo y cultural
b) Las ideologías totalitarias
Los distintos relativismos se basan en el rechazo del Bien y de la Verdad objetivos, es decir, con igual validez para todos los hombres y para todas las épocas. Como el Bien, asociado al amor, y la Verdad, asociada al conocimiento de la ley natural, están ligados a la naturaleza humana, y forman parte de la ciencia experimental, “heredan” los atributos de la ley natural, esto es, resultan invariables para todos los pueblos y vigentes para todos los tiempos.
Quienes niegan toda validez al Bien y a la Verdad objetivos, tienden a reemplazarlos por el mal y la mentira, apareciendo el odio como sustituto del amor, siendo el odio una especie de “empatía negativa” por cuanto transforma las alegrías ajenas en sufrimiento propio y el sufrimiento ajeno en alegría propia.
Las ideologías totalitarias son esencialmente promotoras y difusoras del odio y la mentira. Dividen a los pueblos en dos sectores: el sector A, los adeptos, y el sector B, el enemigo real o imaginario. Estimulan el odio en los integrantes del sector A, degradándolos ya que son usados con fines innobles, y atacan y descalifican a los integrantes del sector B, que son las víctimas restantes. La diferencia entre los enemigos elegidos caracteriza al tipo de totalitarismo, pudiendo ser un grupo étnico (nazismo), un sector de la sociedad (marxismo), los extranjeros (nacionalismos), la oligarquía (peronismo) o simplemente los opositores (kirchnerismo). Todos los totalitarismos necesitan imperiosamente alimentar diariamente a las masas con la ración de odio que necesitan para sentirse importantes y para tener un sentido de la vida que no han encontrado todavía.
Moral individual y social
Uno de los grandes interrogantes, respeto del comportamiento humano, radica en el conocimiento de los respectivos porcentajes de incidencia que tienen sobre cada individuo tanto la herencia genética como la influencia social recibida. Si actuáramos sólo por nuestra herencia genética, quedaría poco margen para una mejora mediante la educación, mientras que si actuáramos sólo por influencia social, se abriría la posibilidad de que algunos hombres trataran de rediseñar al ser humano según sus propios criterios personales. Tales extremos han sido puestos en práctica con las trágicas consecuencias conocidas, como ha sido el caso del nazismo, que suponía que la raza determina totalmente al individuo y que todo posible mejoramiento habría de obtenerse eliminando las razas “incorrectas”. Por otra parte, para el marxismo, la influencia social determina totalmente al individuo, de ahí la posibilidad de crear artificialmente al “hombre nuevo”, soviético o socialista, tratando de eliminar a la clase social “incorrecta”, como también a las ideas, costumbres, cultura y religión que la caracterizan.
La naturaleza humana se muestra como una mezcla equilibrada de herencia genética y de influencia social, lo que permite lograr mejoras individuales, y luego sociales, sin tener que eliminar las razas o las clases sociales “incorrectas”. Todo tipo de mejoramiento que dependa del hombre ha de ser parte del proceso de la evolución cultural de la humanidad, siendo la moral una resultante de tal proceso.
Si bien muchas veces se considera en forma indistinta a los términos moral y ética, en nuestro caso les daremos los siguientes significados: consideraremos como ética a las sugerencias o normas de conducta propuestas desde la religión, la filosofía o las ciencias sociales, mientras que moral será el grado de acatamiento que la sociedad otorga al planteamiento ético previamente aceptado.
Luego, como los planteamientos éticos se han de aproximar en mayor o menor medida a cierta ética natural implícita en nuestros propios atributos humanos, un alto grado de acatamiento puede no resultar adecuado para el hombre si la ética propuesta apenas contempla la naturaleza humana. De ahí que el resultado óptimo dependerá tanto de la elección de una ética adecuada como del correspondiente acatamiento a la misma.
Recordemos que nuestro cerebro se ha ido formando en el tiempo a través del lento proceso de la evolución biológica. Luego de la capa inferior (cerebro reptiliano) aparece el cerebro límbico, en donde encontramos el origen de nuestras emociones. De ahí que las componentes afectivas básicas de nuestra actitud característica surgirán desde ese nivel. Finalmente, aparece el neocórtex, al cual se asocia nuestra capacidad de razonamiento y del procesamiento de la información percibida por nuestros sentidos.
A partir de esta descripción básica de la naturaleza humana, podemos decir que nuestro comportamiento ético, es decir, nuestra moral, proviene de nuestra actitud afectiva predominante que surge desde el cerebro límbico. Sin embargo, tal actitud ha de ser modificada desde el neocórtex, que es por donde se introdujo la ética propuesta por algunos pensadores y que fue adoptada por la sociedad, o por cada individuo.
Como la actitud del amor existe en cada uno de nosotros desde nuestro nacimiento, como también el odio, el egoísmo y la negligencia, la propuesta ética más frecuente radica justamente en hacer que nuestro razonamiento trate de “convencer” a nuestro cerebro límbico, depósito de nuestros sentimientos, que el amor es la actitud que produce los mejores resultados. Jeremy Rifkin escribió: “La persona moral es serena, distante y desinteresada, y se guía por la obligación moral y la razón en lugar de guiarse por la emoción y la pasión” (De “La civilización empática”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2010).
Nuestra respuesta moral ha de ser susceptible de recibir premios y castigos. Si nuestro razonamiento sabe distinguir adecuadamente las causas de tales recompensas y penalidades, es posible que podamos crecer humanamente. Si, por el contrario, nuestro neocórtex no resulta tan eficaz en esa tarea, seguramente seguiremos recibiendo castigos en exceso y premios en forma muy limitada.
Así como el razonamiento nos permite ser conscientes de la realidad cotidiana en la cual estamos inmersos, disponemos de procesos cerebrales que nos permiten ser conscientes de los efectos que nuestras acciones producirán en los demás. Este es el fundamento de la conciencia moral que nos premia o nos castiga según resulten nuestras acciones.
Los límites que nos imponemos en nuestro desempeño social surgen principalmente de la conciencia moral, por la cual tenemos un conocimiento bastante preciso de los efectos que en los demás ocasionarán nuestras acciones. Aunque, muchas veces, aun sabiendo que los efectos de nuestras decisiones serán negativos para los demás, lo mismo serán adoptadas. En este caso podemos decir que, voluntariamente, se ha actuado de mala fe, o bien se ha actuado perjudicando a alguien motivado por cierta ventaja personal que puede lograrse.
La conciencia moral está muy ligada a la empatía, siendo la empatía el proceso por el cual nos ubicamos imaginariamente en el lugar de otra persona y así podemos vislumbrar lo que ha de sentir ante una acción de nuestra parte. Luego, la conciencia moral es el proceso mental cognitivo que se produce a partir de los sentimientos vislumbrados previamente. De ahí que existen personas, especialmente las que cometen delitos, que tienen muy poca empatía y de ahí que tampoco pueda en ellos desarrollarse la conciencia moral en la forma adecuada a una vida social normal. Règis Jolivet escribió:
“El hecho moral revela, si se lo analiza, todo un complejo conjunto de elementos racionales (juicios), afectivos (sentimiento) y activos (voluntad). Los juicios preceden y siguen al acto moral. Antes del acto, enuncian (en dependencia del juicio universal y evidente de que hay que hacer el bien y evitar el mal) que tal acto es bueno o malo, y debe o puede ser realizado o debe ser evitado. Después del acto, la conciencia aprueba o reprocha, según que el acto realizado sea considerado bueno o malo; ella evalúa en consecuencia el aumento o la disminución del valor moral del agente y la recompensa o el castigo merecidos por ese acto bueno o malo; y enuncia la obligación de reparar el perjuicio causado al prójimo, o el derecho de obtener para sí la satisfacción requerida por la justicia”.
“Lo que caracteriza la conciencia moral, y lo que la distingue absolutamente de la conciencia psicológica, que es pura y simple aprehensión de los hechos internos, es que esa conciencia se comporta como un legislador y un juez, y no como un simple testigo; que decide lo que se debe hacer en cada caso; y que a su vez está dominada por un ideal de moralidad, con relación al cual ella pronuncia la responsabilidad del sujeto moral”.
“El hecho moral es universal en la humanidad y caracteriza a la especie humana. Esto no significa evidentemente que la conducta humana esté siempre y necesariamente conforme con las leyes de la Moral, sino sólo que siempre y en todas partes, han admitido los hombres la existencia de valores morales, distintos de los valores materiales, y se han sentido sujetos a leyes morales, distintas de las leyes físicas y que enuncian un ideal de conducta. De modo que, renunciar a estas nociones equivaldría a renunciar a la humanidad y descender al nivel de los brutos carentes de razón” (De “Tratado de Filosofía Moral”-Ediciones Carlos Lohlè-Buenos Aires 1966).
Existen diferencias entre el comportamiento individual a nivel familiar y el del mismo individuo a nivel social. En el primer caso predomina la cercanía afectiva de las personas involucradas, por lo que poco les cuesta mostrar lo mejor de uno mismo, mientras que en el vínculo con personas lejanas al medio familiar generalmente predomina una escala de valores más distante.
Cuando Cristo propone el “amarás el prójimo como a ti mismo”, que podemos considerar como un “compartirás las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias”, trata de generalizar la actitud que brindamos a nuestros familiares hasta que involucre a todos los integrantes de la sociedad e incluso de la humanidad. En ello radica esencialmente la idea del Reino de Dios; la humanidad funcionando como una familia. Recordemos que ser cristiano, ante todo, significa parecerse a Cristo, o al menos, tratar de hacerlo. Jeremy Rifkin escribió: “En el caso de Jesús nos hallamos ante una persona que opta conscientemente por sentir empatía con sus semejantes, no sólo con sus parientes más próximos, sino con todos los seres humanos, incluso los más humildes. Más que cualquier otra, la historia de Jesús es una historia de igualdad emocional”.
Nótese que la ética cristiana borra las diferencias entre lo individual y lo social, por lo que no existe una ética individual distinta de una social, ya que toda sugerencia destinada a orientar nuestro comportamiento sólo tiene sentido cuando va dirigida a un individuo. Por el contrario, tiene sentido hablar de una moral individual y de una moral social por cuanto el grado de acatamiento de la sugerencia ética ha de ser distinto en los diversos individuos y en las distintas circunstancias.
Cuando existe poco convencimiento, respecto de la efectividad del cumplimiento de las normas sugeridas por cierta ética previamente adoptada, surge la hipocresía, actitud por la cual fingimos actuar en forma acorde a dicha ética. Si bien este comportamiento no es el más aconsejable, resta todavía aquel en el cual se desconoce la validez de toda ética propuesta por lo cual el individuo cae en la actitud cínica, reacción típica de quienes son partidarios del relativismo moral.
Entre las distintas posturas adoptadas respecto de la moralidad intrínseca de la naturaleza humana, encontramos las dos extremas que afirman que el ser humano es naturalmente bueno, por una parte, y naturalmente perverso, por otra parte. Considerando como los atributos básicos del hombre a las componentes afectivas de nuestra actitud característica, es decir, amor, odio, egoísmo, negligencia, podemos decir que, potencialmente, la naturaleza humana no es buena ni mala, pudiendo predominar las actitudes malas sobre la restante, o a la inversa. Sin embargo, como resulta posible considerar al sufrimiento humano como una medida de nuestra desadaptación al orden natural, podemos decir que dicho orden nos presiona, mediante ese sufrimiento, a lograr mayores niveles de adaptación. De ahí que en el futuro, cuando seamos plenamente conscientes de nuestra naturaleza humana, es posible que prevalezca el bien sobre el mal. El triunfo del bien sobre el mal no es sólo un deseo de los hombres, sino también una tendencia implícita en las leyes naturales que rigen nuestra conducta. De nosotros depende su efectiva realización.
La naturaleza humana se muestra como una mezcla equilibrada de herencia genética y de influencia social, lo que permite lograr mejoras individuales, y luego sociales, sin tener que eliminar las razas o las clases sociales “incorrectas”. Todo tipo de mejoramiento que dependa del hombre ha de ser parte del proceso de la evolución cultural de la humanidad, siendo la moral una resultante de tal proceso.
Si bien muchas veces se considera en forma indistinta a los términos moral y ética, en nuestro caso les daremos los siguientes significados: consideraremos como ética a las sugerencias o normas de conducta propuestas desde la religión, la filosofía o las ciencias sociales, mientras que moral será el grado de acatamiento que la sociedad otorga al planteamiento ético previamente aceptado.
Luego, como los planteamientos éticos se han de aproximar en mayor o menor medida a cierta ética natural implícita en nuestros propios atributos humanos, un alto grado de acatamiento puede no resultar adecuado para el hombre si la ética propuesta apenas contempla la naturaleza humana. De ahí que el resultado óptimo dependerá tanto de la elección de una ética adecuada como del correspondiente acatamiento a la misma.
Recordemos que nuestro cerebro se ha ido formando en el tiempo a través del lento proceso de la evolución biológica. Luego de la capa inferior (cerebro reptiliano) aparece el cerebro límbico, en donde encontramos el origen de nuestras emociones. De ahí que las componentes afectivas básicas de nuestra actitud característica surgirán desde ese nivel. Finalmente, aparece el neocórtex, al cual se asocia nuestra capacidad de razonamiento y del procesamiento de la información percibida por nuestros sentidos.
A partir de esta descripción básica de la naturaleza humana, podemos decir que nuestro comportamiento ético, es decir, nuestra moral, proviene de nuestra actitud afectiva predominante que surge desde el cerebro límbico. Sin embargo, tal actitud ha de ser modificada desde el neocórtex, que es por donde se introdujo la ética propuesta por algunos pensadores y que fue adoptada por la sociedad, o por cada individuo.
Como la actitud del amor existe en cada uno de nosotros desde nuestro nacimiento, como también el odio, el egoísmo y la negligencia, la propuesta ética más frecuente radica justamente en hacer que nuestro razonamiento trate de “convencer” a nuestro cerebro límbico, depósito de nuestros sentimientos, que el amor es la actitud que produce los mejores resultados. Jeremy Rifkin escribió: “La persona moral es serena, distante y desinteresada, y se guía por la obligación moral y la razón en lugar de guiarse por la emoción y la pasión” (De “La civilización empática”-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2010).
Nuestra respuesta moral ha de ser susceptible de recibir premios y castigos. Si nuestro razonamiento sabe distinguir adecuadamente las causas de tales recompensas y penalidades, es posible que podamos crecer humanamente. Si, por el contrario, nuestro neocórtex no resulta tan eficaz en esa tarea, seguramente seguiremos recibiendo castigos en exceso y premios en forma muy limitada.
Así como el razonamiento nos permite ser conscientes de la realidad cotidiana en la cual estamos inmersos, disponemos de procesos cerebrales que nos permiten ser conscientes de los efectos que nuestras acciones producirán en los demás. Este es el fundamento de la conciencia moral que nos premia o nos castiga según resulten nuestras acciones.
Los límites que nos imponemos en nuestro desempeño social surgen principalmente de la conciencia moral, por la cual tenemos un conocimiento bastante preciso de los efectos que en los demás ocasionarán nuestras acciones. Aunque, muchas veces, aun sabiendo que los efectos de nuestras decisiones serán negativos para los demás, lo mismo serán adoptadas. En este caso podemos decir que, voluntariamente, se ha actuado de mala fe, o bien se ha actuado perjudicando a alguien motivado por cierta ventaja personal que puede lograrse.
La conciencia moral está muy ligada a la empatía, siendo la empatía el proceso por el cual nos ubicamos imaginariamente en el lugar de otra persona y así podemos vislumbrar lo que ha de sentir ante una acción de nuestra parte. Luego, la conciencia moral es el proceso mental cognitivo que se produce a partir de los sentimientos vislumbrados previamente. De ahí que existen personas, especialmente las que cometen delitos, que tienen muy poca empatía y de ahí que tampoco pueda en ellos desarrollarse la conciencia moral en la forma adecuada a una vida social normal. Règis Jolivet escribió:
“El hecho moral revela, si se lo analiza, todo un complejo conjunto de elementos racionales (juicios), afectivos (sentimiento) y activos (voluntad). Los juicios preceden y siguen al acto moral. Antes del acto, enuncian (en dependencia del juicio universal y evidente de que hay que hacer el bien y evitar el mal) que tal acto es bueno o malo, y debe o puede ser realizado o debe ser evitado. Después del acto, la conciencia aprueba o reprocha, según que el acto realizado sea considerado bueno o malo; ella evalúa en consecuencia el aumento o la disminución del valor moral del agente y la recompensa o el castigo merecidos por ese acto bueno o malo; y enuncia la obligación de reparar el perjuicio causado al prójimo, o el derecho de obtener para sí la satisfacción requerida por la justicia”.
“Lo que caracteriza la conciencia moral, y lo que la distingue absolutamente de la conciencia psicológica, que es pura y simple aprehensión de los hechos internos, es que esa conciencia se comporta como un legislador y un juez, y no como un simple testigo; que decide lo que se debe hacer en cada caso; y que a su vez está dominada por un ideal de moralidad, con relación al cual ella pronuncia la responsabilidad del sujeto moral”.
“El hecho moral es universal en la humanidad y caracteriza a la especie humana. Esto no significa evidentemente que la conducta humana esté siempre y necesariamente conforme con las leyes de la Moral, sino sólo que siempre y en todas partes, han admitido los hombres la existencia de valores morales, distintos de los valores materiales, y se han sentido sujetos a leyes morales, distintas de las leyes físicas y que enuncian un ideal de conducta. De modo que, renunciar a estas nociones equivaldría a renunciar a la humanidad y descender al nivel de los brutos carentes de razón” (De “Tratado de Filosofía Moral”-Ediciones Carlos Lohlè-Buenos Aires 1966).
Existen diferencias entre el comportamiento individual a nivel familiar y el del mismo individuo a nivel social. En el primer caso predomina la cercanía afectiva de las personas involucradas, por lo que poco les cuesta mostrar lo mejor de uno mismo, mientras que en el vínculo con personas lejanas al medio familiar generalmente predomina una escala de valores más distante.
Cuando Cristo propone el “amarás el prójimo como a ti mismo”, que podemos considerar como un “compartirás las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias”, trata de generalizar la actitud que brindamos a nuestros familiares hasta que involucre a todos los integrantes de la sociedad e incluso de la humanidad. En ello radica esencialmente la idea del Reino de Dios; la humanidad funcionando como una familia. Recordemos que ser cristiano, ante todo, significa parecerse a Cristo, o al menos, tratar de hacerlo. Jeremy Rifkin escribió: “En el caso de Jesús nos hallamos ante una persona que opta conscientemente por sentir empatía con sus semejantes, no sólo con sus parientes más próximos, sino con todos los seres humanos, incluso los más humildes. Más que cualquier otra, la historia de Jesús es una historia de igualdad emocional”.
Nótese que la ética cristiana borra las diferencias entre lo individual y lo social, por lo que no existe una ética individual distinta de una social, ya que toda sugerencia destinada a orientar nuestro comportamiento sólo tiene sentido cuando va dirigida a un individuo. Por el contrario, tiene sentido hablar de una moral individual y de una moral social por cuanto el grado de acatamiento de la sugerencia ética ha de ser distinto en los diversos individuos y en las distintas circunstancias.
Cuando existe poco convencimiento, respecto de la efectividad del cumplimiento de las normas sugeridas por cierta ética previamente adoptada, surge la hipocresía, actitud por la cual fingimos actuar en forma acorde a dicha ética. Si bien este comportamiento no es el más aconsejable, resta todavía aquel en el cual se desconoce la validez de toda ética propuesta por lo cual el individuo cae en la actitud cínica, reacción típica de quienes son partidarios del relativismo moral.
Entre las distintas posturas adoptadas respecto de la moralidad intrínseca de la naturaleza humana, encontramos las dos extremas que afirman que el ser humano es naturalmente bueno, por una parte, y naturalmente perverso, por otra parte. Considerando como los atributos básicos del hombre a las componentes afectivas de nuestra actitud característica, es decir, amor, odio, egoísmo, negligencia, podemos decir que, potencialmente, la naturaleza humana no es buena ni mala, pudiendo predominar las actitudes malas sobre la restante, o a la inversa. Sin embargo, como resulta posible considerar al sufrimiento humano como una medida de nuestra desadaptación al orden natural, podemos decir que dicho orden nos presiona, mediante ese sufrimiento, a lograr mayores niveles de adaptación. De ahí que en el futuro, cuando seamos plenamente conscientes de nuestra naturaleza humana, es posible que prevalezca el bien sobre el mal. El triunfo del bien sobre el mal no es sólo un deseo de los hombres, sino también una tendencia implícita en las leyes naturales que rigen nuestra conducta. De nosotros depende su efectiva realización.
Amor vs. altruismo
La vinculación de un individuo con la sociedad a la que pertenece, presenta dos casos extremos (además de otros intermedios). En el primer caso tenemos al individuo que se identifica con la actitud del amor y por ello trata de compartir las penas y las alegrías de quienes le rodean, ya sea que formen parte de la sociedad en que vive o bien que formen parte de la humanidad toda. En el segundo caso tenemos el habitante de una sociedad conflictiva en la cual trata de colaborar con los integrantes de su propio grupo, pero en actitud hostil hacia los restantes componentes de la sociedad tanto como hacia los habitantes de otros países.
Mientras que el amor es una actitud que surge en el proceso de la evolución biológica, como una mejora adaptativa orientada principalmente a promover la actitud cooperativa en los pequeños grupos humanos, el amor cristiano, por el cual se sugiere generalizar tal actitud a todo el género humano, es la mejora más importante que podremos lograr dentro del marco de la evolución cultural de la humanidad.
En cambio, el altruismo se ha promovido en las naciones totalitarias para ser adoptado en beneficio principalmente de los políticos que dirigen al Estado, mientras que, simultáneamente, se predicaba el odio hacia los sectores rebeldes como así también hacia países democráticos. También el altruismo fue (o es) promovido por sectas religiosas que proponen sacrificarse por los miembros adherentes mientras que en forma simultánea promueven el desprecio o la indiferencia hacia los considerados “infieles”.
La palabra “altruismo” deriva de la palabra latina “alter” (otro), quien ha de ser el destinatario prioritario de nuestras decisiones favorables; de ahí que podríamos hablar de “otroísmo”, o mejor, de “altruismo”. Nótese que se trata de una actitud distinta del amor (de lo contrario estaríamos hablando simplemente de tal actitud). Mientras que en el amor existe un beneficio simultáneo entre ambas partes intervinientes, siendo éste un beneficio afectivo, en el altruismo se sostiene que uno debe hacer el bien al otro aun a costa de un malestar o sufrimiento propio.
Al compartir las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias, trataremos de que le ocurra lo bueno a la persona amada, para compartir ese éxito, mientras que trataremos de evitarle lo malo, para no compartir el sufrimiento. De ahí que siempre estaremos dispuestos a favorecer el Bien de los demás y a desalentar las acciones que llevan al Mal. Por el contrario, si beneficiar a alguien nos ocasiona cierto sufrimiento, o indiferencia, se advierte que no existe el amor en grado suficiente. Demás está decir que tendremos poca predisposición a favorecer el Bien y evitar el Mal, por cuanto no compartiremos sus efectos. Nicolás Berdiaev escribió: “Se habla de altruismo cuando el amor se enfría y muere” (De “El sentido de la Creación”-Ediciones Lohlé SA-Buenos Aires 1978).
La palabra “altruismo” aparece primeramente en los escritos de Auguste Comte, quien trató de promover una actitud opuesta al egoísmo en la búsqueda de una ética social, que trascendiera la ética egoísta prevaleciente a nivel familiar y personal. Sin embargo, no tuvo presente que en el “Amarás al prójimo como a ti mismo” ya viene expresada en forma explícita tanto la moral individual como la social, que es otra forma de decir que en realidad existe una sola actitud ética en el individuo, al menos predominante sobre otras actitudes. Auguste Comte escribió: “Las afecciones domésticas se convierten en los únicos intermediarios espontáneos entre el egoísmo y el altruismo, de modo que proporcionan la base esencial del gran problema humano. A partir de ahí, su verdadero perfeccionamiento debe consistir, en general, en convertirse cada vez en más sociales y menos personales, sin perder nada de su intensidad” (Citado en “Diccionario del lenguaje filosófico”-Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).
El error (o la omisión) de Comte se debió, posiblemente, a no saber interpretar adecuadamente el significado del mandamiento cristiano mencionado. Y esto se debe a que, por lo general, a cada expresión bíblica se la rodea de misterios y de complejidades que la hacen ininteligible e impracticable. Además, quienes se propongan aclarar o simplificar tales significados, posiblemente serán considerados como sacrílegos o herejes. Afortunadamente disponemos de la definición del amor enunciada en el siglo XVII por Baruch de Spinoza: “El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada” (De “Ética”-Fondo de Cultura Económica-México 1985).
Podría decirse que el altruismo es un anti-egoísmo ya que la actitud egoísta implica beneficiarse uno mismo sin interesarle los demás, mientras que el anti-egoísmo implica beneficiar a los demás sin interesarse por uno mismo. La actitud egoísta es la causa de muchos males, mientras que el altruismo es en realidad un absurdo. El beneficiario del sacrificio ajeno, no se sentirá bien por esa situación, ya que está permitiendo el malestar de otro. Por ello, a la larga, el altruismo no resulta conveniente.
La puesta en práctica del altruismo, en gran escala, estuvo asociada al marxismo, bajo regímenes socialistas. El lema básico del socialismo es: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad” (Louis Blanc). Ello implica que cada uno debe esforzarse en el propio trabajo para compensar el trabajo deficiente, o nulo, de quienes no pueden o no quieren hacerlo. Luego, si las necesidades básicas serán similares en las distintas personas, vendrá la distribución igualitaria. Se debe sembrar en forma desigual para que, mediante el altruismo, la cosecha se reparta en forma igualitaria. Mariano Grondona escribió: “De esta manera, los que rinden más pueden recibir menos si su necesidad es menor; a la inversa, los que rinden menos pueden recibir más si lo necesitan. Aquí, en esta norma de contenido ético, está la esencia del socialismo” (De “Las condiciones culturales del desarrollo económico”-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1999).
Debido a que en la naturaleza humana no existe una actitud natural como el altruismo, a la corta o a la larga, no será aceptado por una sociedad real. Como son muy escasas las personas que habrán de organizar una empresa, por ejemplo, para, luego, compartir sus beneficios gustosamente con individuos que hicieron muy poco, o nada, para establecerla, la actividad productiva tenderá a caer severamente y será necesaria la amenaza de las armas para que la población trabaje en un nivel aceptable. Andrei D. Sajarov escribe respecto de la ex Unión Soviética: “Sin duda, ni nuestro rendimiento de la producción es el mayor del mundo, ni puede esperar alcanzar en lo inmediato los coeficientes que a este respecto ostentan los países capitalistas adelantados. La nuestra es una economía permanentemente militarizada a un nivel inverosímil en tiempos de paz, que resulta opresiva para la población y peligrosa para el resto del mundo” (De “Mi país y el mundo”-Editorial Noguer SA-Barcelona 1976).
Muchas fueron las victimas producidas bajo los intentos de cambiar la naturaleza humana por la “naturaleza artificial” propuesta por el marxismo. Recordemos que Marx había escrito que “los filósofos hasta ahora han interpretado la naturaleza; desde ahora debemos transformarla”. Andrei D. Sajarov escribió: “Apagados los hornos de Auschwitz, millares de criaturas, sin embargo, dejaban a diario sus vidas en las gélidas minas de Kolima, de Norilsk y de Vorkuta, no menos que en las incontables brigadas estalinistas «de la muerte» (mano de obra procedente de los presidios y destinada a la realización de grandes proyectos públicos). En esos instantes, las víctimas del Gulag alcanzaban ya la espantosa cifra de veinte millones”.
Pareciera que el marxismo predicara una “ética superior” a la cristiana, ya que el altruismo equivale a proponer “amar al prójimo más que a uno mismo”. Sin embargo, para llegar al socialismo, el marxismo sugiere primeramente la eliminación de la clase social incorrecta (la burguesía, o el empresariado) inculcando el odio colectivo. Supone que el individuo habrá de pasar, casi por arte de magia y luego de la revolución, desde el odio intenso hacia una actitud en la cual habrá de amar al prójimo más que a sí mismo.
El altruismo es utilizado en los regímenes colectivistas como un justificativo para que el habitante común se sacrifique, sin protestar, por el Estado (concretamente por quienes dirigen al Estado). No es de extrañar que se realice una generalizada explotación laboral por parte del Estado hacia los trabajadores comunes. Sin embargo, como “el Estado es de todos” no lo consideran de esa manera. Hilda Molina, médica cubana, escribe sobre su país: “Los bribones jefes de la región y de la provincia, integrantes de la elite de poder y también adictos al acoso sexual, se movían con prepotencia en sus jeeps soviéticos impartiendo órdenes y exigiéndonos a nosotros, sus esclavos, más productividad y mayores sacrificios. Una vez finalizada su cotidiana payasada, nos abandonaban a nuestra suerte y marchaban a sus hogares donde, sin que les temblaran las conciencias, comían y dormían cómodamente junto a sus familias”. “Resulta absolutamente imposible lograr un mínimo de paz y de sosiego en un tormentoso ambiente de odio, de ese odio sempiterno que es precisamente la base de sustentación de los regimenes totalitarios” (De “Mi verdad”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2010).
Muchas penurias pasaron los soldados de Napoleón en el verano de Egipto y en el invierno de Rusia, y todo por dar cumplimiento a las ilimitadas ambiciones de poder de un personaje siniestro e irresponsable. También bajo los sistemas totalitarios del siglo XX la vida del individuo era considerada sólo como un engranaje que podía ser reemplazado sin inconvenientes por cualquier otro y cuya importancia residía solamente en ser una pequeña parte de una máquina completa. Para llegar a esa situación, el individuo masificado debía estar convencido previamente que poco importaba perder la vida como tampoco importaba la vida de quienes se oponían a esos objetivos.
La enajenación mental (alienación) del individuo, respecto del mundo real, resulta ser el primer objetivo que se impone el ideólogo totalitario. Hilda Molina escribió: “Porque sólo después de un largo y agónico proceso de maduración y al cabo de múltiples horas de análisis y meditación, yo comencé a conocer la maléfica naturaleza de ese régimen. Hasta entonces permanecí inerme frente al enajenante, prolongado y minucioso proceso de manipulación sentimental, de inoculación de terror y de chantaje psicológico al que han sometido al pueblo cubano, y que ha transformado en marionetas a millones de seres pensantes”
Mientras que el amor es una actitud que surge en el proceso de la evolución biológica, como una mejora adaptativa orientada principalmente a promover la actitud cooperativa en los pequeños grupos humanos, el amor cristiano, por el cual se sugiere generalizar tal actitud a todo el género humano, es la mejora más importante que podremos lograr dentro del marco de la evolución cultural de la humanidad.
En cambio, el altruismo se ha promovido en las naciones totalitarias para ser adoptado en beneficio principalmente de los políticos que dirigen al Estado, mientras que, simultáneamente, se predicaba el odio hacia los sectores rebeldes como así también hacia países democráticos. También el altruismo fue (o es) promovido por sectas religiosas que proponen sacrificarse por los miembros adherentes mientras que en forma simultánea promueven el desprecio o la indiferencia hacia los considerados “infieles”.
La palabra “altruismo” deriva de la palabra latina “alter” (otro), quien ha de ser el destinatario prioritario de nuestras decisiones favorables; de ahí que podríamos hablar de “otroísmo”, o mejor, de “altruismo”. Nótese que se trata de una actitud distinta del amor (de lo contrario estaríamos hablando simplemente de tal actitud). Mientras que en el amor existe un beneficio simultáneo entre ambas partes intervinientes, siendo éste un beneficio afectivo, en el altruismo se sostiene que uno debe hacer el bien al otro aun a costa de un malestar o sufrimiento propio.
Al compartir las penas y las alegrías de los demás como si fuesen propias, trataremos de que le ocurra lo bueno a la persona amada, para compartir ese éxito, mientras que trataremos de evitarle lo malo, para no compartir el sufrimiento. De ahí que siempre estaremos dispuestos a favorecer el Bien de los demás y a desalentar las acciones que llevan al Mal. Por el contrario, si beneficiar a alguien nos ocasiona cierto sufrimiento, o indiferencia, se advierte que no existe el amor en grado suficiente. Demás está decir que tendremos poca predisposición a favorecer el Bien y evitar el Mal, por cuanto no compartiremos sus efectos. Nicolás Berdiaev escribió: “Se habla de altruismo cuando el amor se enfría y muere” (De “El sentido de la Creación”-Ediciones Lohlé SA-Buenos Aires 1978).
La palabra “altruismo” aparece primeramente en los escritos de Auguste Comte, quien trató de promover una actitud opuesta al egoísmo en la búsqueda de una ética social, que trascendiera la ética egoísta prevaleciente a nivel familiar y personal. Sin embargo, no tuvo presente que en el “Amarás al prójimo como a ti mismo” ya viene expresada en forma explícita tanto la moral individual como la social, que es otra forma de decir que en realidad existe una sola actitud ética en el individuo, al menos predominante sobre otras actitudes. Auguste Comte escribió: “Las afecciones domésticas se convierten en los únicos intermediarios espontáneos entre el egoísmo y el altruismo, de modo que proporcionan la base esencial del gran problema humano. A partir de ahí, su verdadero perfeccionamiento debe consistir, en general, en convertirse cada vez en más sociales y menos personales, sin perder nada de su intensidad” (Citado en “Diccionario del lenguaje filosófico”-Paul Foulquié-Editorial Labor SA-Barcelona 1967).
El error (o la omisión) de Comte se debió, posiblemente, a no saber interpretar adecuadamente el significado del mandamiento cristiano mencionado. Y esto se debe a que, por lo general, a cada expresión bíblica se la rodea de misterios y de complejidades que la hacen ininteligible e impracticable. Además, quienes se propongan aclarar o simplificar tales significados, posiblemente serán considerados como sacrílegos o herejes. Afortunadamente disponemos de la definición del amor enunciada en el siglo XVII por Baruch de Spinoza: “El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada” (De “Ética”-Fondo de Cultura Económica-México 1985).
Podría decirse que el altruismo es un anti-egoísmo ya que la actitud egoísta implica beneficiarse uno mismo sin interesarle los demás, mientras que el anti-egoísmo implica beneficiar a los demás sin interesarse por uno mismo. La actitud egoísta es la causa de muchos males, mientras que el altruismo es en realidad un absurdo. El beneficiario del sacrificio ajeno, no se sentirá bien por esa situación, ya que está permitiendo el malestar de otro. Por ello, a la larga, el altruismo no resulta conveniente.
La puesta en práctica del altruismo, en gran escala, estuvo asociada al marxismo, bajo regímenes socialistas. El lema básico del socialismo es: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad” (Louis Blanc). Ello implica que cada uno debe esforzarse en el propio trabajo para compensar el trabajo deficiente, o nulo, de quienes no pueden o no quieren hacerlo. Luego, si las necesidades básicas serán similares en las distintas personas, vendrá la distribución igualitaria. Se debe sembrar en forma desigual para que, mediante el altruismo, la cosecha se reparta en forma igualitaria. Mariano Grondona escribió: “De esta manera, los que rinden más pueden recibir menos si su necesidad es menor; a la inversa, los que rinden menos pueden recibir más si lo necesitan. Aquí, en esta norma de contenido ético, está la esencia del socialismo” (De “Las condiciones culturales del desarrollo económico”-Editorial Planeta Argentina SAIC-Buenos Aires 1999).
Debido a que en la naturaleza humana no existe una actitud natural como el altruismo, a la corta o a la larga, no será aceptado por una sociedad real. Como son muy escasas las personas que habrán de organizar una empresa, por ejemplo, para, luego, compartir sus beneficios gustosamente con individuos que hicieron muy poco, o nada, para establecerla, la actividad productiva tenderá a caer severamente y será necesaria la amenaza de las armas para que la población trabaje en un nivel aceptable. Andrei D. Sajarov escribe respecto de la ex Unión Soviética: “Sin duda, ni nuestro rendimiento de la producción es el mayor del mundo, ni puede esperar alcanzar en lo inmediato los coeficientes que a este respecto ostentan los países capitalistas adelantados. La nuestra es una economía permanentemente militarizada a un nivel inverosímil en tiempos de paz, que resulta opresiva para la población y peligrosa para el resto del mundo” (De “Mi país y el mundo”-Editorial Noguer SA-Barcelona 1976).
Muchas fueron las victimas producidas bajo los intentos de cambiar la naturaleza humana por la “naturaleza artificial” propuesta por el marxismo. Recordemos que Marx había escrito que “los filósofos hasta ahora han interpretado la naturaleza; desde ahora debemos transformarla”. Andrei D. Sajarov escribió: “Apagados los hornos de Auschwitz, millares de criaturas, sin embargo, dejaban a diario sus vidas en las gélidas minas de Kolima, de Norilsk y de Vorkuta, no menos que en las incontables brigadas estalinistas «de la muerte» (mano de obra procedente de los presidios y destinada a la realización de grandes proyectos públicos). En esos instantes, las víctimas del Gulag alcanzaban ya la espantosa cifra de veinte millones”.
Pareciera que el marxismo predicara una “ética superior” a la cristiana, ya que el altruismo equivale a proponer “amar al prójimo más que a uno mismo”. Sin embargo, para llegar al socialismo, el marxismo sugiere primeramente la eliminación de la clase social incorrecta (la burguesía, o el empresariado) inculcando el odio colectivo. Supone que el individuo habrá de pasar, casi por arte de magia y luego de la revolución, desde el odio intenso hacia una actitud en la cual habrá de amar al prójimo más que a sí mismo.
El altruismo es utilizado en los regímenes colectivistas como un justificativo para que el habitante común se sacrifique, sin protestar, por el Estado (concretamente por quienes dirigen al Estado). No es de extrañar que se realice una generalizada explotación laboral por parte del Estado hacia los trabajadores comunes. Sin embargo, como “el Estado es de todos” no lo consideran de esa manera. Hilda Molina, médica cubana, escribe sobre su país: “Los bribones jefes de la región y de la provincia, integrantes de la elite de poder y también adictos al acoso sexual, se movían con prepotencia en sus jeeps soviéticos impartiendo órdenes y exigiéndonos a nosotros, sus esclavos, más productividad y mayores sacrificios. Una vez finalizada su cotidiana payasada, nos abandonaban a nuestra suerte y marchaban a sus hogares donde, sin que les temblaran las conciencias, comían y dormían cómodamente junto a sus familias”. “Resulta absolutamente imposible lograr un mínimo de paz y de sosiego en un tormentoso ambiente de odio, de ese odio sempiterno que es precisamente la base de sustentación de los regimenes totalitarios” (De “Mi verdad”-Grupo Editorial Planeta SAIC-Buenos Aires 2010).
Muchas penurias pasaron los soldados de Napoleón en el verano de Egipto y en el invierno de Rusia, y todo por dar cumplimiento a las ilimitadas ambiciones de poder de un personaje siniestro e irresponsable. También bajo los sistemas totalitarios del siglo XX la vida del individuo era considerada sólo como un engranaje que podía ser reemplazado sin inconvenientes por cualquier otro y cuya importancia residía solamente en ser una pequeña parte de una máquina completa. Para llegar a esa situación, el individuo masificado debía estar convencido previamente que poco importaba perder la vida como tampoco importaba la vida de quienes se oponían a esos objetivos.
La enajenación mental (alienación) del individuo, respecto del mundo real, resulta ser el primer objetivo que se impone el ideólogo totalitario. Hilda Molina escribió: “Porque sólo después de un largo y agónico proceso de maduración y al cabo de múltiples horas de análisis y meditación, yo comencé a conocer la maléfica naturaleza de ese régimen. Hasta entonces permanecí inerme frente al enajenante, prolongado y minucioso proceso de manipulación sentimental, de inoculación de terror y de chantaje psicológico al que han sometido al pueblo cubano, y que ha transformado en marionetas a millones de seres pensantes”
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